Voz, radio y desamor

6 «LLAMADA PERDIDA»

Esta vez soy yo quien ha decidido no regresar a casa todavía, a pesar de que Bruno insiste en que he bebido demasiado, me veo fatal y mañana debo trabajar. Hasta Dania concuerda y evito su mala cara llevándome otra copa a los labios.

            Ha sido idea de Dania y los gemelos reunirnos al terminar el concierto de piano para ponernos al día, y Bruno eligió el lugar. Estaba convencida de que ir a un bar me ayudaría a animarme, pero vea donde vea solo encuentro parejas enamoradas. Dos veces decido que es suficiente, pero ¿qué haré al llegar a casa? Al menos aquí tengo compañía y música tan fuerte como para silenciar cualquier pensamiento aberrante.  

            Es un bar amplio; el diseño rústico contrasta con la lista de canciones modernas, la mayoría obtenidas del top semanal de La Radiosa. Hay una mesa larga que se curva en los extremos y divide la zona del barman y los barriles huecos en los que reposan las botellas, y el resto del negocio.

            Por fortuna, los efectos del alcohol comienzan a aparecer mas no lo suficiente para dejar de sentirme patética y humillada por lo de hoy. ¡Mi novio con mi mejor amiga! El hombre con quien estuve a punto de mudarme. Qué idiota fui.  

Creo que digo lo último en voz alta porque Bruno apoya su cabeza en el recoveco de mi cuello.

—No eres ninguna idiota.

—Já… —Mis pulmones se desinflan—. Gracias. ¿Dónde está Dania?

—¿Dania? —Debe gritar para ganarle a la música. Estira el cuello para buscarla entre la multitud y luego señala al otro extremo de la barra; está junto a uno de los gemelos y ambos entrecruzan sus brazos para probar la bebida del otro—. ¿La llamo?

—No.

Bruno bosteza y yo vuelvo a distraerme con el trago entre mis manos. La última vez que vi la hora, en el celular de Dania al tomarnos una foto, faltaban quince minutos para la medianoche. A las ocho me espera el señor López en el trabajo. Quizá… quizá Bruno tiene razón y lo mejor es ir a casa, de todos modos los párpados ya me pesan. Levanto la mirada y giro hacia él; sin embargo, es a Ilán a quien veo. Retira la copa vacía y me ofrece una nueva, con un líquido rosa que combina con mi vestido.

—¿Dónde está tu amigo?

Me encojo de hombros. La verdad es que no sé cómo ha podido desaparecer.

—¿Te importa si te acompaño? —pregunta.

Mis ojos se dirigen hacia la pequeña cicatriz que parte la barba de Ilán en dos y luego se deslizan hacia Dania. Está a cinco o diez metros, enfrascada en la conversación con quien ahora distingo como Valentino. Contesto con un breve «ya me iba», pero él se ríe y pone la bebida a mi lado. Pestañea lento y se tambalea cuando se sienta a mi lado; debe estar tan o más ebrio que yo.

Me mira los labios y esquivo su mirada: así lo hacía Luca cuando estaba a punto de besarme. Su recuerdo provoca una nueva oleada de lágrimas a las que Ilán no sabe cómo reaccionar; mis hombros se sacuden producto de los espasmos que fracaso en mantener a raya y para cuando me doy cuenta, tengo la cabeza escondida entre las manos y el cabello húmedo pegado por el llanto.

Ilán me acaricia la espalda. Está atrapado conmigo: sabe que irse lo haría ver como un patán.

—Ya, ya.

Pero yo no puedo terminar y ya. Este instante es lo único que necesito para liberarme: ¡he soportado todo el maldito día!

—¿Quieres que llame a Bruno?

Pienso en lo animado que se encontraba por el evento y en el suave zapateo mientras seguía el ritmo de la música; si lo llamo, dejaría lo que estuviera haciendo en un instante y estaría a mi lado hasta la mañana. No quiero fastidiarle la velada. Muevo la cabeza a los lados y escucho a Ilán exhalar.

—¿Te llevo a casa?

A fin de cuentas creo que es la mejor opción.

—Un auto. —Arrastro las palabras. ¿Cuánto he bebido?

—En seguida.

Desaparece y los minutos pasan hasta que dejo de esperarlo; me sorprendo cuando regresa luego de casi veinte minutos a mitad de una llamada. Cubre el micrófono y se inclina hacia mi oído; cuando se acerca un perfume amaderado que se me hace conocido se me cuela en la nariz.

—Es el conductor. Está afuera.

—Gracias —respondo y procedo a marcharme, pero Ilán pasa su mano por detrás de mi espalda y me toma de la cintura.

—Dije que te acompañaría.

Vuelvo a echar un vistazo por si encuentro a Bruno, pero con las tenues luces del bar es imposible; camino hasta donde había visto a Dania y le pido que le diga a Bruno que estoy bien y solo he ido a casa.

Dania mira a mi costado: Ilán le sonríe y ella tuerce los labios hacia abajo.

—¿Tan pronto? —¿Pronto? Apenas tendré unas cuantas horas de descanso antes de tener que levantarme e ir al trabajo; ¿quién va a un bar en medio de la semana? Siento que mis mejillas se calientan cuando ella se dirige a Ilán y le palmea el hombro—. La dejo a tu cargo.

—Descuida, Dani.

—Y tú —me dice—, avísame apenas llegues a casa.

Ilán se sienta en el asiento del copiloto y después de indicarle la dirección, disfruto del silencio que reina en el recorrido, solo interrumpido por el bajo volumen de la suave música de la radio. Me adormezco y pego la frente a la ventana; el cristal vibra y amortigua los ruidos de los pocos autos y motos que pasan a nuestro lado. El cansancio por todos los sucesos de hoy cae de golpe y temo que no podré separarme del tapiz.




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