CAPÍTULO 26
ENCUENTRO CON EL PASADO
La entrada a Dilom nunca se había sentido tan pesada para Christian. Al cruzar el arco principal junto a los mercenarios de Celia, la presencia de Azael arriba, en lo alto de la catedral, se sentía como una presión física sobre sus hombros. Los soldados de la Orden miraban con extrañeza a los recién llegados; sus armaduras negras y tácticas contrastaban con las túnicas blancas y las corazas plateadas de los Guardianes.
Layla los esperaba en el vestíbulo del consejo. Sus ojos, enrojecidos por el llanto silencioso de horas antes, se abrieron de par en par al reconocer el emblema de la calavera y el rayo.
—La Facción Sagrada… —susurró Layla, su voz cargada de una nostalgia amarga—. Pensé que todos ustedes habían perecido en el asedio de las Tierras Muertas.
Celia dio un paso al frente, quitándose el casco y dejando que su cabello oscuro cayera sobre sus hombros. Su mirada no cedía ante la autoridad de Layla.
—Las malas hierbas son difíciles de arrancar, señora Layla —respondió Celia con una sonrisa gélida—. Y menos cuando el mundo se vuelve un nido de monstruos y "santos" asesinos. Necesito hablar con usted. Ahora.
Layla miró hacia arriba, hacia las bóvedas donde la luz celestial de Azael aún se filtraba.
—No aquí —sentenció Layla—. Sus ojos están en todas partes. Síganme.
Los condujo a una sala subterránea, un antiguo búnker de comunicaciones reforzado con plomo y tecnología de interferencia que los Guardianes usaban para planes de contingencia. Una vez que la puerta de acero se selló, el silencio fue absoluto.
Celia no perdió el tiempo. Se apoyó contra una mesa de mapas y clavó su mirada en la líder de Dilom.
—Dame la ubicación exacta de la base Lycan. Mis hombres y yo terminaremos lo que la Orden no ha podido hacer en décadas. Queremos sus cabezas.
Layla guardó silencio por un momento. Luego, una risa seca y carente de alegría escapó de sus labios, transformándose rápidamente en una mueca de ironía.
—¿Ubicación? Celia, si yo hubiera querido exterminar a los Lycans, ya lo habría hecho hace años. Pero las cosas no son tan simples como tu odio te dicta. El verdadero enemigo son los Valpuris. Con el despertar de los nuevos Ancestrales, enfrentarlos es una tarea casi suicida, incluso para un ejército organizado.
Layla se acercó a la mesa; sus manos temblaban mientras recordaba la masacre del sector sur.
—Cometimos un error imperdonable —continuó Layla, y esta vez las lágrimas de impotencia comenzaron a rodar por sus mejillas—. Invocamos a un ángel pensando que sería nuestro escudo, pero Azael no tiene nada de celestial en su alma. Lo vi, Celia. Vi cómo mató a niños que no habían hecho nada más que nacer con la sangre equivocada. Sé que son criaturas de la noche, sé que son el enemigo… pero no merecían morir así. Ningún niño merece ese final a manos de un "salvador".
Celia guardó silencio, observando el desmoronamiento de la mujer frente a ella. El aire en la habitación se volvió denso.
—Si quieres ir allá a matarlos, piénsalo bien —advirtió Layla, secándose las lágrimas con rabia—. Piensa quién se enfrentará a Azael cuando él decida que nosotros somos los siguientes en su lista de "limpieza".
Celia frunció el ceño, procesando las palabras. Su pragmatismo de mercenaria empezó a desplazar su sed de sangre inicial. Si el ángel era el genocida que Layla describía, entonces los Lycans ya no eran el objetivo principal; eran el único contrapeso posible.
—Te ayudaré —dijo Celia finalmente—. Ayudaré a llamar a ese tal Rock. Imagino que debe ser alguien sumamente fuerte si crees que puede mirar a ese ángel a la cara.
—Rock es fuerte, sí —asintió Layla, recuperando un poco la compostura—. Es una bestia de guerra. Pero incluso existen seres más poderosos que él. Durante mucho tiempo pensamos que Tony era el alfa definitivo, el más fuerte de los Lycans. Pero los informes de inteligencia y los espías que vieron la guerra de Lycans y Valpuris dicen que Kan es el más fuerte.
—¿Kan? —preguntó Celia con interés.
—Kan es el verdadero Alfa, el más fuerte de todos los Lycans de los que se tiene registro. Pero hay una complicación —Layla bajó la voz—. Es el hermano de sangre de Vladimir, uno de los Ancestrales que los Valpuris despertaron. La guerra se está convirtiendo en un asunto de familia, y nosotros estamos atrapados en medio.
Celia apretó el puño sobre la mesa.
—No se diga más. Iremos a la base de la Legión con mi equipo. Pero necesito refuerzos. No puedo entrar en territorio de lobos solo con doce hombres. Dame a tus mejores soldados.
Layla asintió, pero su rostro mostraba una preocupación evidente.
—Te daré una escolta de la Orden. Pero deben ser cautelosos. Si Azael sospecha que estamos pactando con las criaturas de la noche, no solo los purgará a ellos, sino también a nosotros.
De repente, la puerta del búnker se abrió ligeramente. Samaria entró con paso firme, su rostro reflejando una determinación que no admitía réplicas.
—Yo iré con ellos, madre —dijo Samaria.
—¡De ninguna manera! —exclamó Layla—. Ya es suficiente riesgo que Christian esté involucrado. No voy a perderte a ti también en un nido de lobos.
Celia intervino antes de que Layla pudiera seguir protestando. Observó a la joven Samaria de arriba abajo, reconociendo en sus ojos la misma chispa de rebelión que ella tuvo alguna vez.
—No te preocupes, Layla. Yo la cuidaré —dijo Celia con una voz sorprendentemente suave—. Ya es hora de que la chica vea el mundo tal cual es. Si sobrevive a este viaje, dejará de ser una niña y se convertirá en una adulta. Necesita forjarse en el fuego.
Layla miró a su hija y luego a Celia. Sabía que si enviaba a Christian, Azael sospecharía de inmediato de su ausencia prolongada, ya que Christian era uno de los pilares de la seguridad en Dilom. Samaria era más prescindible ante los ojos del ángel, una simple civil. Con el corazón pesado, Layla bajó la cabeza en señal de aceptación.
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Editado: 11.02.2026