CAPÍTULO 27
RASTROS
El bosque que rodeaba las fronteras de Dilom se volvía más denso con cada paso, una catedral de árboles muertos que devoraba la luz del día. Samaria caminaba en el centro del convoy de mercenarios, sintiendo el frío metal de su daga contra la palma de su mano. Celia, a la cabeza, se movía con una precisión mecánica, pero sus sentidos estaban en alerta máxima.
De repente, Celia levantó la mano y el grupo se detuvo en un silencio absoluto. Señaló hacia una formación rocosa que había sido partida por la mitad, como si un rayo de calor extremo la hubiera atravesado.
—Miren eso —susurró Celia, acercándose a los restos.
En el suelo, entre la piedra fundida y los minerales carbonizados, resaltaba algo inusual de encontrar en esas zonas. Era una escama de Dragón del tamaño de la palma de una mano, de un color jade con reflejos dorados, tan dura que parecía forjada en el núcleo de un volcán.
—Parece ser... ¿una escama de Dragón? —preguntó uno de los mercenarios, con la voz cargada de un temor genuino—. No se ha visto un rastro así en un largo tiempo. Es raro ver a los hijos de ese dragón por aquí. ¿Qué demonios hace uno tan cerca de estas zonas?
Celia recogió el fragmento, que aún conservaba un calor residual.
—Significa que se viene algo grande —sentenció ella con gravedad—. Si los Dragones han bajado de las cumbres, es porque tal vez vuelva a pasar esa guerra que acabó con todo.
Continuaron la marcha bajo una atmósfera de presagio. Para romper la tensión, Samaria mencionó que ella nunca conoció a su padre y que ese era el motivo por el cual su madre la protegía tanto. Celia, en un momento de vulnerabilidad, se llevó la mano al cuello y sacó, por debajo de su armadura, un pequeño collar de plata, desgastado y antiguo, que apretó con intensidad.
—Mi padre me dejó esto cuando apenas era una niña de cinco años —dijo Celia con amargura—. Hay recuerdos que a veces uno no desea recordar porque el dolor sigue ahí, como una espina clavada en el corazón. Por eso hay padres que simplemente no deberían ser padres. Él me dejó sola cuando más lo necesité. Siempre pensé que había muerto, pero en el fondo, me dolía más saber que simplemente no volvió.
De pronto, un gruñido profundo puso en alerta a la Facción Sagrada. De la niebla surgió lentamente una silueta colosal. Rock apareció en su forma Lycan completa, una mole de músculos e intimidación que exhalaba nubes de vapor caliente por su hocico con cada respiración. El calor que emanaba de su cuerpo era tal que la nieve a sus pies comenzaba a derretirse.
—¿Qué hacen estos humanos aquí? —rugió Rock. Su voz era un trueno que parecía salir de lo más profundo de un volcán.
A espaldas de Rock, decenas de pares de ojos dorados comenzaron a brillar entre la maleza. Los soldados del Escuadrón 7 estaban allí, rodeándolos, listos para un banquete de carne humana. Los mercenarios apuntaron sus armas con manos temblorosas, pero nadie se atrevió a disparar. El aire estaba saturado de una tensión de que ambos bandos se maten entre sí.
Celia dio un paso al frente, manteniendo su fusil bajo, pero con la voz firme.
—¡Buscamos a Rock! —gritó ella, desafiando a la bestia—. ¡Dinos dónde está o muéstranos el camino!
Rock soltó una carcajada ronca, un sonido que era mitad burla y mitad amenaza.
—¿Y quién lo pregunta? ¿Acaso los humanos ahora sí quieren tregua? —respondió la bestia, dando un paso amenazador hacia adelante.
En ese instante, el pánico venció a la razón. Uno de los soldados de Celia, un recluta joven cuyos nervios estallaron ante la presión de los ojos dorados que los acechaban, apretó el gatillo. El disparo rasgó el silencio del bosque y la bala impactó en el pecho de un Lycan que cayó desmoronado. El estallido de la matanza empezó en segundos.
—¡DISPAREN! —gritó Celia.
La bestia se lanzó al suelo, corriendo en cuatro patas con una velocidad inhumana. Samaria no tuvo tiempo de reaccionar; Rock la embistió como un camión de carga, lanzándola violentamente contra un tronco. Celia, viendo a su compañera caer, soltó su arma y saltó con una agilidad desesperada sobre la espalda del enorme Lycan. Forcejeó con la masa de músculos vivientes, pero Rock era demasiado fuerte. Con un movimiento brusco, el Lycan la agarró por el pecho y la lanzó contra el suelo.
Rock se encimó sobre ella, inmovilizándola con sus enormes garras. Abrió sus fauces, revelando hileras de dientes afilados, y rugió con tal fuerza que el aliento caliente quemó las mejillas de Celia. Estaba a milímetros de arrancarle la cabeza de un mordisco.
Pero entonces, el tiempo pareció congelarse.
En medio del forcejeo, la vestimenta de Celia se había rasgado, dejando el pequeño collar de plata colgando a la vista. El brillo del metal golpeó las pupilas de Rock. La bestia se detuvo en seco. Sus ojos ámbar se dilataron y su respiración pesada se cortó. El recuerdo de una vida humana, de una cuna y de una promesa hecha en una noche de desesperación, lo golpeó como un rayo.
—Ese collar... —la voz de Rock salió como un susurro roto, mientras sus garras temblaban sobre los hombros de Celia.
En ese momento, Rock soltó un aullido tan profundo que los Lycans dejaron de atacar. Ante el asombro de todos, la enorme bestia comenzó a encogerse, regresando a su forma humana. Rock quedó allí, en shock y sin poder moverse.
—Me convertí en este monstruo para tener la fuerza de buscarte y protegerte... y casi uso esa misma fuerza para matarte con mis propias manos —logró decir con el alma rota.
Sus ojos de intimidación cambiaron a unos ojos llorosos, llenos de una alegría nostálgica al ver, después de tantos años, el rostro de su hija.
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Editado: 01.03.2026