CAPÍTULO 28
AMOR DE PADRE
El silencio que siguió a la transformación de Rock era tan denso que podía cortarse. El guerrero que hace un instante era una bestia de pesadilla, ahora era solo un hombre arrodillado en la nieve, vulnerable y con el alma expuesta. Rock, con las manos temblando, intentó gatear hacia Celia, buscando confirmar que el fantasma de su pasado era real.
—Celia... mi pequeña... —balbuceó Rock, estirando una mano.
Celia no se movió. Su mente se había bloqueado, atrapada entre el recuerdo del hombre que la arrullaba y la imagen del monstruo que casi le arranca la cabeza. Sin embargo, para Samaria, la escena era muy distinta. Ella solo veía a un hombre extraño y peligroso acechando a su compañera.
En un arrebato de instinto protector, Samaria gritó y saltó sobre la espalda de Rock, rodeando su cuello con sus brazos para inmovilizarlo.
—¡Aléjate de ella, maldito monstruo! —chilló Samaria, apretando con todas sus fuerzas.
Pero el ímpetu duró apenas unos segundos. Al estar en contacto directo con la piel del hombre, Samaria sintió el calor corporal excesivo y, al bajar la vista, se dio cuenta de la realidad. Rock, al haber regresado a su forma humana de manera repentina, no llevaba un solo hilo de ropa encima.
—¡Ah! ¡Por todos los dioses! —gritó Samaria, su rostro poniéndose rojo como un tomate. Soltó a Rock como si quemara y se tapó los ojos con ambas manos—. ¡Está desnudo! ¡Está completamente desnudo! ¡Mercenarios, hagan algo!
El momento de tensión épica se rompió en mil pedazos. Los soldados de la Facción Sagrada, confundidos y avergonzados, bajaron las armas rápidamente. Uno de ellos corrió y lanzó una capa táctica de fibra de carbono sobre los hombros de Rock, quien apenas parecía notar su propia desnudez, pues su mirada seguía anclada en su hija.
Rock se puso en pie, ajustándose la capa. Su presencia seguía siendo imponente, incluso en forma humana. Miró a los soldados y luego a las dos jóvenes con una seriedad renovada.
—Los llevaré a la Legión de Lycans —sentenció Rock, recuperando su tono de mando—. Nuestro Alfa, Tony, hablará con ustedes. Por lo que veo, los humanos finalmente han entendido que necesitan de nosotros para no extinguirse.
El camino de regreso a la base fue extraño. Celia caminaba en silencio, manteniendo una distancia prudencial, pero no podía evitar mirar de reojo a Rock. Observaba sus cicatrices, su forma de caminar pesada y segura, tratando de encontrar en ese guerrero rudo al padre que un día la cargó en hombros. Rock, por su parte, caminaba con la espalda recta, sintiendo el peso de la mirada de su hija como si fuera fuego.
Al llegar a la base de la Legión, el ambiente cambió. No era un campamento desorganizado; era una fortaleza de guerreros preparados para el fin del mundo. Rock las guió directamente hacia el gran salón, donde Tony las esperaba en su trono. La autoridad de Tony llenaba la habitación; sus ojos dorados analizaron a Samaria y Celia con una mezcla de curiosidad y desdén.
Samaria, recuperando su orgullo como hija de la líder de Dilom, dio un paso al frente y relató todo: la invocación del ángel, la masacre de los niños y la naturaleza genocida de Azael.
Tony escuchaba en silencio, aunque sus garras arañaban inconscientemente los brazos de su trono, dejando surcos profundos en la madera. La furia hervía en su sangre; él sabía que los humanos eran imprudentes, pero invocar a un ángel era una estupidez de proporciones bíblicas.
—Han traído una plaga peor que la que intentaban curar —dijo Tony con voz grave—. Pero la Legión no permitirá que ese ser purgue estas tierras a su antojo. Tendrán nuestra ayuda, pero no seremos sus peones. Debo avisar a los otros Alfas para coordinar un ataque masivo. Esperen mi señal en Dilom.
Cuando Samaria y Celia se disponían a salir para emprender el regreso, Rock se interpuso en el camino de Celia. La miró a los ojos con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
—Celia —dijo él, y esta vez su voz no tenía rastro de la bestia—. "Sé que para ti soy un extraño, un monstruo que lleva el nombre de tu padre. Pero escúchame bien: no importa si me odias o si nunca me perdonas, mientras yo respire, ninguna luz celestial ni sombra terrenal te tocará. Te protegeré con mi vida, porque para eso vendí mi humanidad".
Sin esperar respuesta, Rock se dio la vuelta. Celia se quedó allí, con el corazón acelerado, antes de seguir a Samaria de regreso a la ciudad de los hombres.
Dentro del salón, Tony pidió que todos se marcharan. Necesitaba soledad para lo que venía. Cerró los ojos y buscó la frecuencia mental de Kan, el Alfa de Alfas.
"Kan, tenemos un problema en Dilom. Los humanos han invocado a un ángel... y no es un protector. Es un ejecutor" transmitió Tony por telepatía.
La respuesta de Kan no tardó en llegar, cargada de una pesadez que Tony rara vez sentía en su líder.
"Reúne a todos, Tony" respondió Kan. "Los ángeles no son simples soldados. Su poder es devastador, seres que se comparan incluso con el nivel de Lucian".
Tony abrió los ojos de golpe, su respiración se entrecortó. ¿Lucian? Sabía que existía un ser de leyenda, el Príncipe de la Soberbia, cuyo poder era tan vasto que incluso Kan y Vladimir palidecían ante su sombra. Si un ángel estaba a ese nivel, la guerra que se avecinaba no sería una batalla, sino un apocalipsis.
Horas más tarde, Rock se encontraba sentado en una roca al borde de una cascada cerca de la base. El sonido del agua golpeando las piedras era lo único que calmaba el ruido en su cabeza. Bastian, uno de sus compañeros más cercanos, se acercó y se sentó a su lado.
—No deberías darle tantas vueltas, Rock —dijo Bastian, mirando el horizonte—. Has perdido demasiado tiempo buscándola como para perderte ahora en tus propios pensamientos.
Rock soltó una sonrisa triste, algo raro en su rostro curtido.
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Editado: 01.03.2026