War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 30 - PRIMER LLAMADO

CAPÍTULO 30

PRIMER LLAMADO

​El campo de batalla en Dilom se había convertido en un escenario de desesperación absoluta. Sariel y Azael, actuando bajo una sincronía perfecta que desafiaba cualquier lógica de combate, comenzaron a moverse en una coordinación tan letal que la balanza se inclinó violentamente a su favor. Cada vez que Kan, el Alfa de Alfas, lograba asestar un golpe que debería haber sido definitivo, Sariel intervenía. Con un simple gesto, el ángel del tiempo retrocedía los segundos necesarios para que cualquier herida en Azael se cerrara antes de existir, permitiéndole contraatacar con una fuerza renovada. Kan, a pesar de su resistencia legendaria, comenzó a sentir el peso de una pelea que no podía ganar; no importa cuánto daño hiciera, el tiempo siempre estaba del lado del cielo.

​Mientras tanto, en las calles de la ciudad, el caos no era menor. Las gárgolas invocadas por Azael atacaban sin descanso a los demás Lycans del Escuadrón 7. Aunque las bestias de piedra eran individualmente inferiores a la fuerza bruta de los Lycans, los superaban por una abrumadora situación numérica. Las gárgolas no conocían el dolor ni el cansancio, y su asedio constante estaba agotando las fuerzas de la Legión, que se veía obligada a retroceder palmo a palmo entre los escombros de los edificios.

​Justo cuando la esperanza parecía extinguirse y una gárgola masiva se lanzaba a toda velocidad desde las alturas para embestir a un Lycan que ya no podía defenderse, un destello de acero cruzó el aire. Un personaje apareció de la nada, su espada cortando con una precisión quirúrgica la mitad del cuerpo de piedra de la criatura, que se deshizo en fragmentos antes de tocar el suelo.

​Tony, quien estaba cubierto de polvo y sangre, levantó la mirada con asombro. Frente a él, con una presencia imponente y elegante, reconoció a las figuras que los habían ayudado en el pasado. Eran Boris, Demian y Orion, los vampiros que habían conocido durante su travesía en Perú. Su llegada no era una coincidencia, sino un refuerzo vital que la resistencia necesitaba desesperadamente.

​—A veces, los monstruos de la noche son los únicos que saben cómo enfrentar a la luz que ciega —murmuró Boris, envainando su espada mientras Demian y Orion se lanzaban al combate contra las gárgolas restantes.

​Pero la verdadera conmoción ocurrió en las alturas. Kan estaba a punto de recibir un ataque directo de Azael que amenazaba con terminar la contienda de forma permanente. En ese instante crítico, un impacto de energía oscura y potente sacudió el lugar, haciendo que todos levantaran la mirada. Desde el cielo, unas alas negras y densas se divisaban entre la humareda de la batalla. Era Vladimir, descendiendo con la elegancia de un depredador antiguo para salvar a su hermano.

​—Parece que necesitas ayuda, pulgoso —dijo Vladimir con su habitual tono cargado de sarcasmo, aterrizando suavemente frente a un Kan herido.

​—Te daría las gracias... pero estarías alardeando después, chupa sangre —respondió Kan, soltando unas risas pausadas y pesadas debido al cansancio y el dolor acumulado en sus costados.

​La tensión del momento era palpable. Kan, agotado por el desgaste de enfrentarse a la manipulación temporal de Sariel, terminó cayendo de espaldas al suelo, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el cielo nublado por la ceniza. Vladimir lo observó con una mezcla de burla y una preocupación que raramente mostraba.

​—¿Sigues vivo? —le preguntó Vladimir, manteniendo su guardia activa mientras vigilaba los movimientos de los ángeles que flotaban sobre ellos.

​—Sí... solo necesito descansar —respondió Kan con la voz ronca, tratando de estabilizar su ritmo cardíaco.

​—No me asustes así, maldito viejo —dijo Vladimir, riéndose levemente mientras su aura oscura comenzaba a expandirse, preparándose para lo que sabía que sería el verdadero inicio del apocalipsis.

​A lo lejos, Sariel y Azael observaban la escena con una confianza que no se había quebrado. Sariel mantenía sus manos extendidas, terminando de curar las últimas raspaduras en la armadura de Azael. La llegada de los vampiros era un inconveniente, pero para ellos, no era más que un retraso en lo inevitable.

​—La esperanza de los mortales es una llama que brilla más fuerte justo antes de ser extinguida por el viento del cielo —sentenció Sariel, mirando a Vladimir con desdén mientras se preparaba para elevar la batalla a un nivel que ninguno de los presentes estaba listo para enfrentar.

Sariel y Azael observaban desde las alturas con una calma que resultaba insultante. A pesar de la llegada de Vladimir y los valpuris que se recuperaban, los ángeles no mostraban ni un ápice de preocupación; por el contrario, sus rostros reflejaban la confianza de quien posee las llaves del destino. Sariel, con un movimiento fluido de sus dedos, terminó de restaurar la energía de Azael, eliminando cualquier rastro de fatiga.

​—Va siendo hora de equilibrar esto —dijo Sariel, su voz resonando no en el aire, sino directamente en las mentes de todos los combatientes—. Los humanos y las bestias han jugado a ser reyes por demasiado tiempo. Te toca, Azael. Es momento de que conozcan la verdadera jerarquía del miedo.

​Sariel cerró los ojos y cruzó sus manos sobre el pecho en una postura de oración profunda. El aire alrededor de él comenzó a vibrar con una frecuencia tan alta que los cristales de las ventanas de Dilom estallaron en mil pedazos. Una luz blanca, pura y asfixiante, empezó a brotar de sus poros, mientras el cielo sobre la ciudad se fracturaba en cuatro puntos cardinales.

​Azael, con una sonrisa de victoria absoluta, descendió hacia la azotea de la catedral. Empuñó su espada con ambas manos y la clavó con fuerza en el centro de un antiguo sello sagrado tallado en la piedra.

​—"Cuando el primer sello se agrieta, el hombre tiembla, pero cuando el llamado suena, el cielo mismo desciende a reclamar su trono" —proclamó Azael.



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 01.03.2026

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