CAPÍTULO 31
EL SACRIFICIO DE UNA MADRE
El cielo sobre Dilom ya no era un lugar de esperanza, sino una herida abierta de luz blanca y estéril. Los cuatro ángeles guerreros —Castiel, Ramiel, Ezequiel y Uriel— no descendieron para salvar, sino para podar lo que ellos consideraban una rama podrida de la creación. Uriel, sosteniendo su espada flamígera, trazó un arco en el aire y una lluvia de ascuas divinas cayó sobre los distritos residenciales. El fuego no distinguía entre el pelaje de un Lycan o la piel de un niño; para el cielo, todo lo que estuviera en Dilom estaba contaminado.
Layla, la líder de la Facción Dilom, observaba con horror desde la plaza central. Sus manos, que tantas veces se unieron en oración, ahora temblaban sobre el guardamonte de su fusil. Frente a ella, el joven recluta que había disparado el primer tiro en el bosque —aquel que inició toda esta cadena de desgracias— cayó de rodillas. El joven lloraba, sollozando súplicas de perdón mientras alzaba la mirada hacia Castiel, quien descendía lentamente con su escudo dorado.
—¡Miguel, perdóname! —gritó el recluta, extendiendo sus manos hacia la luz—. ¡Hice lo que creí correcto! ¡Limpié la tierra de monstruos para Ti!
Castiel se detuvo a pocos metros. Su rostro, una máscara de mármol perfecta y carente de cualquier rastro de empatía, no mostró ni un ápice de consuelo. El ángel alzó su escudo y, con un movimiento carente de esfuerzo, lo dejó caer sobre el joven. No hubo un juicio, solo el sonido seco de la piedra y el metal aplastando la vida. El recluta murió bajo el peso de la misma divinidad a la que le dedicó su existencia.
—"La intención del impuro no limpia el acto de la desobediencia" —sentenció la voz de Castiel, resonando como un trueno en los oídos de Layla.
Ese fue el punto de quiebre. Leyla sintió cómo su fe, construida durante décadas, se convertía en ceniza amarga. Miró a los civiles que eran vaporizados por el fuego de Uriel y luego a los ángeles que llamaban "protectores".
—¡Apunten a los cielos! —rugio Layla, su voz quebrándose por la rabia y el dolor—. ¡Fuego contra los ángeles! ¡Ya no somos sus sirvientes, somos su resistencia!
Los soldados de la Facción Dilom, tras un segundo de shock absoluto, obedecieron. Por primera vez en la historia de Dilom, las balas humanas buscaron las alas de los celestiales. El estruendo de los fusiles pesados llenó el aire, creando una cortina de plomo que chocaba inútilmente contra la barrera de luz de los ángeles.
En medio del caos, Rock apareció como un vendaval. En su forma humana pero con una fuerza sobrenatural, despedazó a una gárgola que estaba por alcanzar a Samaria. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaron desesperadamente a Celia. Cuando la encontró, la sujetó del brazo con tal firmeza que ella soltó un quejido.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Rock.
—¡Mi madre está allá! ¡No la dejaré! —respondió Samaria, tratando de reaccionar e ir ayudar a su madre.
Rock la atrajo hacia sí, protegiéndola con su cuerpo de una explosión cercana.
—"Pasé veinte años buscándo a mi hija en cada rincón oscuro de este mundo, Samaria. No te salve para verte morir asi tan facil, tu madre estaría muy triste si te pasa algo" —le gritó Rock, su voz cargada de una desesperación paternal que Samaria nunca había escuchado—. "Si quieres que el sacrificio de tu madre valga algo, ¡tienes que vivir!".
Bastian llegó a su lado, cubriendo la retaguardia con su rifle de asalto. Miró a Rock y luego a las chicas, asintiendo con una gravedad que olía a despedida.
—Llévatelas, Rock. Yo ayudaré a Layla a contener a Castiel el tiempo suficiente para que el transporte de escape salga por el muro norte —dijo Bastian, recargando su arma con manos firmes.
—Bastian, es un suicidio... —intentó decir Rock, pero su amigo puso una mano sobre su hombro.
—"un Lycan no muere cuando deja de respirar, muere cuando deja de proteger a su manada" —replicó Bastian con una sonrisa triste—. "Ve. Sé el padre que ella necesita. Yo seré el escudo que ustedes necesitan".
Bastian se lanzó hacia el centro de la plaza, donde Layla ya estaba siendo rodeada por el fuego de Uriel. Rock, con el corazón desgarrado entre el deber de guerrero y el amor de padre, cargó a Celia sobre su hombro y a Samaria de su cintura comenzó a correr hacia las sombras de los callejones, alejándose de la luz que lo destruía todo.
El aire en la plaza central se volvió irrespirable, saturado por el olor a ozono y a piedra calcinada. Layla, vaciando el cargador de su fusil contra la armadura de Castiel, sabía que sus balas eran poco más que picaduras de insecto para un ángel, pero su objetivo no era matar a un dios, sino comprarle segundos a su hija. A su lado, Bastian irrumpió como un huracán de garras y colmillos. El Lycan se transformó a medias en plena carrera, sus músculos desgarrando su ropa mientras se lanzaba contra una gárgola que intentaba flanquear a Layla, destrozándole la cabeza de un solo zarpazo.
—¡Layla, muévete! —rugió Bastian, su voz distorsionada por la transformación—. ¡El transporte no esperará!
—¡No me iré hasta que el último civil cruce el muro! —respondió Layla, recargando con manos sangrantes—. "Un líder no abandona el barco cuando el cielo decide hundirlo".
Castiel alzó su escudo dorado una vez más. El brillo era tan intenso que las sombras de Dilom parecieron quemarse. Con un golpe seco contra el suelo, una onda expansiva de luz sagrada barrió la plaza. Los soldados humanos salieron despedidos como muñecos de trapo. Bastian, haciendo gala de su fuerza veterana, clavó sus garras en el pavimento para no ser arrastrado, pero el calor de la onda expansiva le abrasó el pelaje.
Uriel, desde las alturas, fijó su mirada en ellos. Para el ángel de la retribución, el valor de aquellos seres no era más que una insolencia. Descendió como un meteoro, su espada flamígera silbando en un arco descendente.