War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 33 - EL JUICIO DE LA SOBERBIA

CAPÍTULO 33

EL JUICIO DE LA SOBERBIA

​El descenso al Abismo de la Soberbia no fue un camino de tierra y roca, sino una caída hacia un vacío de obsidiana donde las leyes de la física parecían suplicar clemencia. Los seis Príncipes —Kan, Vladimir, Samira, Draken, Roshun y Grogmar— caminaban sobre un puente de cristal negro que flotaba sobre una nada absoluta. No había antorchas, pero el aire mismo emitía un brillo frío y purpúreo que delineaba sus siluetas. Rock se había quedado atrás, en la seguridad de las Criptas, y en mucho tiempo, los pecados estaban solos, sin ejércitos, enfrentando el silencio que precede a la verdadera divinidad oscura.

​Al final del puente, una puerta ciclópea de platino y sombras bloqueaba el paso. No tenía cerraduras ni manijas. Antes de que Vladimir pudiera dar un paso para inspeccionarla, una presencia gélida y elegante se materializó frente a ellos.

​—Bienvenidos, Príncipes Caídos —dijo una voz que sonaba como el filo de una guadaña arrastrándose por el mármol.

​De las sombras emergió un ser tétrico. Su figura era imponente, una armadura de placas grabada con runas que parecían susurrar lamentos de guerreros olvidados. Su rostro era un cráneo humano tallado en obsidiana pura, cuyos ojos brillaban con un fuego azulado y sereno. A diferencia de los demonios salvajes que habían enfrentado antes, no gruñó ni mostró sed de sangre. Se llevó una mano al pecho y realizó una reverencia perfecta, una muestra de etiqueta marcial que descolocó a más de uno.

​—Mi nombre es Arthas, Mi señor Lucian no recibe mendigos de esperanza —continuó Arthas, poniéndose firme mientras desenvainaba un hacha de verdugo cuyo mango era de hueso de dragón—. Este es el umbral de la Soberbia. Para entrar, deben demostrar que su voluntad es más alta que su desesperación. Yo soy su verdugo, y mi deber es juzgar si sus cabezas son dignas de permanecer sobre sus hombros.

​—Quítate de en medio, idiota —rugió Grogmar, dando un paso al frente con el hambre brillando en sus ojos—. No tengo tiempo para reverencias.

​Grogmar lanzó un puñetazo que habría pulverizado una montaña, pero Arthas no se movió. Con un movimiento facil, casi coreográfico, el verdugo desvió el golpe con el plano de su hacha y golpeó el pecho del Príncipe de la Gula con el pomo, enviándolo a retroceder diez metros.

​—La fuerza sin propósito es solo ruido, Príncipe Grogmar —sentenció Arthas con una calma insultante.

​En ese momento, una risa suave y melodiosa resonó desde las alturas. Marla descendió lentamente, flotando como una pluma de cuervo. Su piel gris ceniza contrastaba con su vestido de seda oscura, y sus ojos, profundos como galaxias, se fijaron en Arthas con una adoración evidente. Se posicionó detrás del verdugo, apoyando sus manos sobre los hombros de la armadura rúnica.

​—Déjalos, mi caballero —susurró Marla al oído de Arthas, aunque su voz fue escuchada por todos—. Se ven tan desesperados. Han perdido sus hogares, sus súbditos... casi parecen humanos en su agonía.

​—Es mi deber, Marla, mi vida —respondió Arthas, suavizando ligeramente su tono solo para ella—. No pueden entrar al salón del Rey con el hedor de la derrota sobre ellos. Debo purificarlos en combate.

​Marla sonrió y miró a los pecados con desdén.

​—Entonces hazlo, mi amor. Enséñales que la lealtad es el único pecado que el Cielo nunca entenderá. Yo seré tu apoyo en esta danza.

​Samira lanzó un beso de energía purpúrea hacia Marla, pero la demonio simplemente movió un dedo y el ataque se disolvió en el aire. Draken y Vladimir intercambiaron una mirada de preocupación; el nivel de poder de Arthas ya era inquietante, pero la presencia de Marla actuaba como un catalizador que estabilizaba la energía del Abismo a favor del verdugo.

​Roshun, fiel a su naturaleza, se dejó caer sentado en el suelo, apoyando la espalda contra el puente de cristal.

​—Esto va a tomar un tiempo —murmuró Roshun, cerrando los ojos—. Avísenme cuando la puerta se abra. No pienso gastar energía peleando con alguien que solo quiere jugar a los soldados.

​—¡Roshun, maldito perezoso, ayúdanos! —gritó Draken, esquivando un tajo lateral de Arthas que cortó el aire con tal presión que el cristal bajo sus pies se agrietó.

​Arthas se movía con la precisión de un relojero. No peleaba con ira, sino con una caballerosidad letal. Cada vez que Kan intentaba una apertura, Arthas se interponía, protegiendo a Marla con su propio cuerpo mientras lanzaba contraataques que obligaban a los Príncipes a retroceder. Era un nivel de maestría que rivalizaba con los mismos Arcángeles.

​Vladimir invocó sus sombras para apresar los pies del verdugo, pero Marla soltó un pulso de luz negra que quemó las sombras al instante.

​—Nadie toca a mi caballero —dijo Marla con una voz que de repente se volvió gélida.

​Puso sus manos sobre la espalda de Arthas y un aura de Soberbia Pura envolvió al verdugo. La armadura de Arthas comenzó a emitir un calor negro, y su hacha creció en tamaño, envuelta en llamas oscuras. La potencia del guardián se duplicó en un instante, alcanzando un nivel que hacía temblar el Abismo.

​Kan, que hasta ahora había intentado pelear con estrategia, sintió cómo el calor de la frustración se convertía en un incendio dentro de su pecho. Vio a sus hermanos siendo repelidos, vio la indiferencia de Roshun y recordó las ruinas de Dilom.

​—Basta... —dijo Kan en un susurro que silenció el estruendo del hacha de Arthas contra el suelo.

​El Príncipe de la Ira cerró los puños. Su piel empezó a agrietarse, dejando ver un brillo rojo incandescente que parecía lava fluyendo bajo su carne.

​—Arthas, eres un guerrero honorable —dijo Kan, dando un paso al frente mientras el puente de cristal empezaba a derretirse bajo sus pies—. Pero no tienes idea de lo que es la verdadera furia. No vine aquí para ser juzgado por un sirviente. ¡Vine por Lucian!



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 21.03.2026

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