War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 34 - EL JURAMENTO DE LOS SIETE

CAPÍTULO 34

EL JURAMENTO DE LOS SIETE

​En el salón infinito del Trono de la Soberbia, el tiempo parecía haberse detenido. Lucian descendió los mil peldaños con una gracia que desafiaba la gravedad, deteniéndose frente a Kan. Sus ojos negros recorrieron a sus hermanos con una mezcla de decepción y cálculo.

​—¿Entrenar? —preguntó Vladimir, arqueando una ceja—. Somos los siete pilares del castigo. Hemos gobernado legiones.

​—Han gobernado escombros —interrumpió Lucian, y su voz hizo que las paredes del abismo vibraran—. Miguel no enviará mensajeros la próxima vez. Vendrá con la Espada de la Creación. Si salen a pelear así, solo serán mártires de una causa perdida. Y yo no me arrodillo ante los mártires.

​Lucian extendió su mano hacia el centro del salón. El suelo de espejo se resquebrajó, revelando una espiral descendente que emanaba un aura de quietud absoluta.

​—La Chronos Infernus —dijo Lucian con gran firmeza—. Un año allí dentro es un suspiro en el mundo exterior. Allí, sus cuerpos no envejecerán, pero sus almas serán forjadas de nuevo. Si sobreviven, despertarán el poder que el Diablo nos otorgó y que ustedes olvidaron por comodidad. Aprenderán a mejorar su aura y su poder interior, o morirán en el intento.

​Los Príncipes intercambiaron miradas. Kan asintió, seguido por Samira y un inusualmente serio Roshun. El pacto estaba sellado. Los siete descendieron a la cámara donde el tiempo era un año equivalía a un dia completo, dejando el destino de los sobrevivientes en manos de sus generales y amigos.

​Mientras tanto, en las Criptas de la Avaricia, la paz era una mentira que estaba a punto de romperse. Rock estaba revisando el perímetro junto a Tony y los generales cuando un olor a ozono y santidad impregnó el aire frío del refugio subterráneo.

​—¡Están aquí! —gritó Zill, desenvainando sus armas mientras las sombras de la entrada estallaban en un resplandor blanco.

​No fue un asedio lento; fue una ejecución quirúrgica. Un escuadrón de ángeles, liderados por una presencia que aún no mostraba el rostro, atravesó las defensas de los soldados de Vladimir como si fueran papel.

​—¡Protejan a Celia y a la pequeña Samaria! —rugió Rock, lanzándose hacia la vanguardia mientras su cuerpo se tensaba para la batalla.

​En medio del caos, Phove, uno de los Lycans más leales de la manada de Kan, se interpuso entre un proyectil de luz sólida y el grupo de civiles. El impacto le atravesó el pecho, pero Phove no cayó de inmediato. Con un último rugido, sujetó al ángel agresor por el cuello y lo estrelló contra una columna de oro antes de que la vida abandonara sus ojos.

​—¡PHOVE! —gritó Luka, intentando llegar a su compañero, pero el fuego cruzado era incesante.

​Cerca de la zona de suministros, Alia estaba coordinando a los refugiados cuando una ráfaga de lanzas celestiales descendió del techo abovedado. Rock vio el peligro y corrió, pero estaba demasiado lejos. Alia, viendo que Celia estaba en la trayectoria de una de las lanzas, empujó a la joven humana con todas sus fuerzas.

​El silencio se apoderó de la sala por un segundo cuando la lanza de luz atravesó el abdomen de Alia, clavándola contra el suelo de mármol.

​—¡Lia! —Tony se lanzó hacia ella, despedazando a dos ángeles en su camino, pero al llegar, la sangre que brotaba de la herida de la mujer Lycan era un río imparable.

​Alia miró a Tony, con la respiración entrecortada y una sonrisa triste. Sus manos, antes firmes y guerreras, ahora temblaban mientras buscaban la mano de Tony.

​—Cuida... a la manada... —susurró Alia, antes de que su mirada se perdiera en el vacío.

​Tony soltó un aullido de dolor puro que hizo que incluso los ángeles vacilaran. Había perdido a sus generales más cercanos, a sus hermanos de sangre. Rock llegó al lado de ellos, sintiendo que el mundo se le venía encima una vez más. Miró a Celia, que estaba en el suelo, temblando pero viva gracias al sacrificio de Alia.

​—Tony... —dijo Rock con la voz rota—. Tenemos que movernos. ¡Vienen más!

​—No me voy a ir —respondió Tony, poniéndose en pie lentamente. Sus ojos ya no eran los mismos; eran dos rendijas de odio puro—. Zill, Luka, saquen a los chicos de aquí. Rock, quédate conmigo.

​Rock asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad. Los Príncipes estaban en su entrenamiento divino, ajenos al hecho de que su refugio se estaba convirtiendo en un cementerio.

​—Por Phove... por Alia... —murmuró Rock, apretando sus puños hasta que sus nudillos crujieron—. Hoy no habrá piedad para las alas blancas.

. . . . .

Dentro de la Chronos Infernus, el aire era denso como el mercurio. Los siete Príncipes flotaban en un espacio donde el arriba y el abajo carecían de sentido. Lucian observaba a sus hermanos mientras el poder del Abismo comenzaba a filtrarse en sus poros, obligándolos a enfrentar versiones de sí mismos hechas de sombras.

​—¿Por qué ahora, Kan? —preguntó Lucian, rompiendo el silencio sepulcral mientras cruzaba los brazos con elegancia—. ¿Por qué sacarme de mi letargo por una simple incursión angelical? Miguel siempre ha sido un jardinero obsesivo, esto no es nuevo.

​Kan, cuyo cuerpo humeaba mientras luchaba contra la presión de la cámara, clavó su mirada en el Hijo del Diablo.

​—No es solo una incursión, Lucian. El Cielo ha enloquecido porque algo ha ocurrido que desafía sus leyes fundamentales. Luka, un Lycan de la manada de Tony, y Sasa, una Valpuri de las filas de Vladimir... tendran un hijo.

​El silencio que siguió fue más pesado que la gravedad de la cámara. Vladimir cansado de la densidad aun asi asintio las palabras de Kan; era un secreto que habían guardado bajo llave. Lucian, por primera vez, mostró una chispa de sorpresa genuina en sus ojos negros.

​—¿Un híbrido? —susurró Lucian—. Eso es... imposible. La sangre de lycan y la esencia de valpuri se anulan. El equilibrio de las razas es absoluto.



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 21.03.2026

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