War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 36 - EL RITUAL CELESTIAL

CAPÍTULO 36

EL RITUAL CELESTIAL

​El ambiente en las Criptas de la Avaricia cambió drásticamente. El peso de la oscuridad de los Siete Príncipes chocaba contra la luz cegadora que empezaba a emanar de los cuatro ángeles. Lucian, manteniendo a una Lia inconsciente en los brazos de Rock, dio un paso al frente. Su presencia era como un agujero negro que devoraba la luminosidad del salón, pero incluso él entrecerró los ojos ante lo que estaba ocurriendo.

​Castiel, Ramiel, Ezequiel y Uriel no solo estaban rezando; estaban deshaciendo su propia esencia. Sus armaduras de oro comenzaron a agrietarse, no por ataques externos, sino por la presión de la energía que fluía desde sus núcleos. El cántico sagrado, una frecuencia que hacía que los dientes de los demonios vibraran y el mármol se pulverizara, subió de volumen hasta volverse un rugido ensordecedor.

​—¡Atrás! —ordenó Lucian con una autoridad que no admitía réplicas.

​Rock, cargando a Lia, retrocedió hacia el túnel donde Luka y Sasa observaban con horror. Kan, con sus venas inyectadas en fuego líquido, y Vladimir, rodeado de un aura de sombras y ojos carmesí, se mantuvieron firmes a los flancos de Lucian. Roshun, Grogmar, Samira y Draken se posicionaron en semicírculo, cada uno liberando una fracción de su nueva aura para contener la onda expansiva de luz que amenazaba con borrarlos.

​—Están usando su propia existencia como combustible —observó Vladimir, su voz gélida resonando sobre el cántico—. Si terminan ese ritual, no habrá nada que rescatar... solo quedará escombros.

​En el centro del salón, los cuatro cuerpos celestiales comenzaron a estirarse y deformarse. Ramiel y Ezequiel se convirtieron en torrentes de electricidad y fuego blanco, mientras Castiel y Uriel formaban la estructura sólida de una esfera de energía pura que latía como un corazón gigante. Azael, el Arcángel del Destino, observaba desde la retaguardia con una expresión de fanatismo gélido.

​—"Por la gloria del que no tiene nombre, por la purificación de lo impuro... ¡Que el Coloso de la Justicia camine sobre la tierra!" —gritó Azael, extendiendo sus manos.

​La esfera de luz explotó, pero no hacia afuera, sino hacia arriba. La energía comenzó a moldearse con una velocidad aterradora. Primero aparecieron unas piernas del tamaño de torres de asedio, hechas de un material que parecía diamante líquido. Luego, un torso acorazado que rozaba el techo de la bóveda, forzando a la piedra a colapsar bajo su peso. Finalmente, cuatro brazos gigantescos nacieron de sus costados, cada uno sosteniendo una representación de las armas de los ángeles sacrificados: un mazo de oro, una lanza de trueno, una espada flamígera y un escudo de espejos.

​El Coloso Celestial se terminó de formar. No tenía rostro, solo una hendidura vertical de la que brotaba una luz blanca tan intensa que quemaba la vista. Su tamaño era tal que los Príncipes, a pesar de su inmenso poder, parecían insectos frente a un titán.

​—Es... inmenso —susurró Draken, apretando los dientes mientras el suelo temblaba con cada respiración del gigante.

​—Es una ofensa a la vista —corrigió Lucian, sin mostrar una pizca de miedo—. Un títere de luz construido con las sobras de sus hermanos.

​El Coloso levantó su mazo gigante, el cual brillaba con el poder de Castiel multiplicado por cien, y lo descargó contra el suelo donde estaban los Siete. El impacto generó una onda de choque que mandó a volar escombros del tamaño de casas. Kan se lanzó hacia adelante, deteniendo parte del golpe con sus puños envueltos en magma, pero la fuerza del titán lo hizo retroceder varios metros, dejando surcos en el suelo.

​—¡Sáquenlos de aquí! —rugió Kan, refiriéndose a los supervivientes—. ¡Este lugar se va a caer!

​—Kan tiene razón —dijo Lucian, mirando a sus hermanos—. Rock, lleva a Lia, Luka y Sasa fuera de este lugar de combate. General Zill y Tony merecían una tumba, no ser pisoteados por esta cosa.

​Grogmar dio un paso al frente, lamiéndose los labios mientras sus ojos brillaban con un hambre insaciable. Sus músculos se tensaron, aumentando su masa corporal en respuesta a la amenaza.

​—Déjenme darle el primer mordisco —gruñó el Príncipe de la Gula—. Es la primera vez que devoro algo tan... divino.

​—No seas impaciente, hermano —dijo Draken, colocándose a su lado con un tridente de agua pesada que emitía un aura de envidia corrosiva—. Yo te acompañaré. Este gigante necesita entender que en el inframundo, incluso la luz puede ahogarse.

​Lucian asintió, dándoles el espacio. Sabía que sus hermanos necesitaban probar sus nuevas habilidades.

​—Hagan lo que deban —sentenció Lucian, empezando a flotar mientras su traje de seda negra ondeaba bajo una tormenta de energía oscura—. Pero no lo destruyan demasiado rápido. Quiero que los cielos escuchen cómo se rompe su juguete favorito.

​El Coloso Celestial rugió, un sonido que no era una voz, sino una frecuencia armónica que hizo que las grietas de las paredes se expandieran. La batalla entre los Pecados Capitales y la máxima creación de la desesperación angelical acababa de comenzar.

​El Coloso Celestial no esperó a que los Príncipes terminaran de posicionarse. Con un movimiento que desplazó toneladas de aire, el gigante barrió el salón con su espada flamígera. El rastro de fuego blanco fundió las columnas de oro de Vladimir como si fueran cera. Pero antes de que el filo alcanzara a los demás, una masa de músculos y sombras se interpuso.

​—¡Gula: Estómago de Abismo! —rugió Grogmar.

​El Príncipe de la Gula no bloqueó la espada con un arma; la recibió con el pecho. Su Pasiva se activó instantáneamente: una negrura absoluta emergió de sus poros, creando una capa de vacío que absorbió el calor extremo y el impacto físico. Grogmar no retrocedió ni un milímetro; sus pies se hundieron en el suelo, pero sus manos sujetaron el filo ardiente de la espada gigante, extinguiendo el fuego sagrado con el simple contacto de su piel.



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 21.03.2026

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