CAPÍTULO 37
HAMBRE Y ENVIDIA: EL DUO DEL ABISMO
El rugido del Coloso Celestial no era un grito, era un trueno constante que hacía que los pulmones de los pocos sobrevivientes vibraran hasta casi colapsar. En el epicentro de la destrucción, Grogmar y Draken se alzaban como las únicas manchas de oscuridad capaces de resistir el brillo insoportable de la justicia divina. El gigante de diamante líquido levantó su mazo de oro, un arma del tamaño de un edificio, y lo descargó con la intención de borrar la existencia de los dos Príncipes.
El impacto debió haber pulverizado el suelo y a cualquiera sobre él. Sin embargo, el sonido que siguió no fue el de piedra rompiéndose, sino un eco sordo, como si el golpe hubiera caído en un pozo sin fondo.
Grogmar estaba allí, con las piernas hundidas en el mármol hasta las rodillas, sosteniendo el mazo gigante solo con su espalda y sus manos desnudas. Sus músculos se hincharon de forma grotesca, y de sus poros comenzó a brotar una negrura absoluta, una bruma que parecía devorar la luz antes de que esta pudiera tocar su piel. Era su naturaleza, su Estómago de Abismo; no importaba cuánta fuerza o magia le lanzara el Cielo, el cuerpo de Grogmar simplemente lo procesaba, lo ingería y lo anulaba. El dolor que debería estar sintiendo se transformaba en una energía que hacía que sus venas se marcaran como cuerdas de acero.
—¿Esto es todo lo que el "Dios" de los hombres tiene para ofrecer? —gruñó Grogmar, con una sonrisa que mostraba varias hileras de dientes afilados—. ¡Este golpe no tiene sabor! ¡Necesito algo que realmente llene este vacío!
Sobre el hombro de Grogmar, una corriente de agua pesada se deslizó con la rapidez de un rayo azul. Draken surgió de la nada, sus ojos brillando con un rencor antiguo. Mientras observaba al Coloso, su mente comenzó a descifrar la estructura del gigante. Su mirada no solo veía luz, veía debilidades. Su Reflejo Letal estaba actuando en silencio; sus propios movimientos empezaron a ganar la misma velocidad divina del Coloso, mimetizando su frecuencia para volverse intocable.
—No te quejes tanto, Grogmar —dijo Draken, saltando hacia el pecho del gigante mientras su tridente giraba creando un torbellino de presión hidrostática—. Si el Cielo es tan nutritivo como dices, déjame cortarte una buena tajada. ¡Muéstrame esa luz que tanto presumen! ¡Yo la quiero para mí!
Draken clavó su tridente en la unión del hombro del gigante. Al instante, el agua de su arma se tornó negra, cargada con una envidia corrosiva que empezó a comerse el diamante líquido. El Coloso emitió un chirrido metálico, intentando atrapar a Draken con uno de sus cuatro brazos, pero el Príncipe de la Envidia se movía como una sombra en el agua, apareciendo y desapareciendo en los puntos ciegos del titán.
—¡Es inútil! —gritó Draken, su voz cargada de una confianza tóxica—. ¡Puedo ver cómo te mueves, puedo sentir cómo respiras esa luz! ¡Ahora tu fuerza también es la mía!
Abajo, Grogmar soltó el mazo y saltó directamente hacia la rodilla del gigante. Sus dedos se clavaron en la estructura divina como si fuera mantequilla. Su mandíbula se desencajó, revelando un abismo oscuro en su garganta que parecía conectar con el centro mismo del infierno.
—¡DEVORADOR DE MUNDOS! —rugió Grogmar.
Al morder la pierna del Coloso, no hubo sangre, sino estallidos de partículas celestiales. Grogmar no estaba solo mordiendo; estaba succionando la esencia vital que mantenía unido al gigante. El Coloso comenzó a tambalearse, perdiendo la solidez de su forma. El brillo de su armadura de diamante se opacó, volviéndose grisáceo a medida que la Gula de Grogmar le arrebataba su pureza.
—¡Está funcionando! —exclamó Draken, aterrizando en la espalda del gigante—. ¡Su estructura se está volviendo inestable! ¡Mírale los ojos, Grogmar! ¡Esa "Justicia" tiene miedo de ser digerida!
El Coloso, sintiendo que su existencia se desvanecía, entró en un estado de frenesí. Sus cuatro brazos empezaron a golpear salvajemente en todas direcciones. La lanza de trueno de Ramiel estalló en mil rayos que azotaron el salón, mientras la espada de Uriel creaba tornados de fuego blanco. El refugio de Vladimir estaba llegando a su límite; el techo comenzaba a ceder por completo, dejando caer bloques de piedra que eran desintegrados por el choque de auras.
Grogmar recibió un golpe directo de la lanza de trueno en su costado, pero en lugar de caer, soltó una carcajada ronca. La electricidad recorrió su cuerpo, pero fue absorbida por esa oscuridad persistente que lo rodeaba. Cuanto más fuerte le pegaban, más masivo se volvía su cuerpo.
—¡Sigue pegando, ángel de hojalata! —desafió Grogmar, escupiendo un rastro de energía dorada que acababa de masticar—. ¡Aún tengo espacio para el postre!
Draken, por su parte, se mantenía en la periferia, lanzando estocadas precisas que cortaban los tendones de luz del gigante. Cada vez que el Coloso intentaba un movimiento maestro, Draken ya estaba allí, contraatacando con la misma técnica pero cargada de una malicia que el Cielo no podía comprender.
—¡Eres lento! ¡Eres predecible! —se burlaba Draken, su tridente brillando con una intensidad que rivalizaba con la del sol—. ¡Toda esa luz solo sirve para que vea mejor dónde apuñalarte!
La batalla se volvió un caos de proporciones épicas. Por un lado, la resistencia absoluta e infinita de Grogmar, que servía como el ancla que desgastaba al enemigo. Por el otro, la envidia letal de Draken, que desmantelaba la perfección divina con una precisión quirúrgica. Juntos, estaban humillando a la máxima creación de la desesperación celestial.
Sin embargo, en el centro del pecho del Coloso, el núcleo comenzó a latir con un color rojo violento. El Ritual Sagrado estaba alcanzando su punto de ruptura. No era solo una batalla de fuerza; el gigante estaba preparándose para una explosión que borraría todo en kilómetros a la redonda.
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Editado: 12.04.2026