CAPÍTULO 38
LAS PUERTAS DEL EDÉN
El ascenso por las escaleras de luz fue un viaje a través de la atmósfera misma. A medida que Lucian, Kan, Vladimir, Samira y Roshun subían, el aire se volvía más puro, casi doloroso de respirar para seres nacidos del abismo. Al final de la escalinata, se alzaba el arco monumental conocido como las Puertas del Edén, la entrada física al reino celestial. La estructura vibraba con una energía que repelía cualquier rastro de oscuridad, actuando como un filtro mortal para los demonios.
—Nuestras naturalezas están siendo rechazadas por este lugar —observó Vladimir, sintiendo cómo su piel comenzaba a humear ante la santidad del portal.
—No por mucho tiempo —respondió Samira con una sonrisa depredadora.
La Princesa de la Lujuria extendió sus manos, y un velo de seda purpúrea y magia rúnica envolvió a los cinco Príncipes. El escudo mágico de Samira no solo los protegía del calor divino, sino que camuflaba sus esencias, permitiéndoles cruzar el umbral del Edén sin ser incinerados al instante. Al atravesar el arco, la vista era sobrecogedora: islas flotantes de mármol blanco, ríos que fluían contra la gravedad y, al fondo, el Portal al Palacio Supremo, donde Miguel aguardaba.
Pero el camino no estaba despejado. Frente al portal final, dos figuras los esperaban: Azael, el Arcángel del Destino, y Sariel, el Guardián de los Misterios Celestiales.
—Han llegado más lejos de lo que el destino permitía —dijo Azael, su voz monótona resonando en el aire sagrado—. Pero este es el límite. No permitiré que sus pies manchen el salón del palacio.
Roshun, que hasta ese momento caminaba con las manos en los bolsillos y los ojos entrecerrados por el sueño, dio un paso al frente. El Príncipe de la Pereza dejó caer su botella de sake, la cual se hizo añicos contra el suelo de cristal. Su expresión habitual de desinterés se había esfumado, reemplazada por una frialdad que helaba el aire alrededor.
—Ya me tienes harto, Azael —dijo Roshun, y por primera vez, su voz no arrastraba las palabras—. Tu "destino" y tu cara de santidad me dan náuseas. Te mataré aquí mismo, no por el cielo, ni por el infierno, sino porque simplemente no soporto que sigas respirando.
Azael soltó una carcajada gélida, desviando su mirada hacia Kan y Vladimir, quienes se tensaron al sentir el aura del arcángel.
—¿Matarme tú? —preguntó Azael con desdén—. ¿El que siempre llega tarde? Es curioso que hables de odio. Recuerdo bien a Kan y a Vladimir... hace siglos, cuando no eran más que cachorros llorando sobre los cadáveres de sus padres. Fue una lástima que lograran escapar de mis garras aquel día. Dejé el trabajo a medias, una mancha en mi historial que hoy, finalmente, podré limpiar.
El silencio que siguió a esa revelación fue devastador. Kan emitió un gruñido gutural y el fuego a su alrededor estalló, pero Roshun levantó una mano, deteniéndolo. Los ojos de Roshun habían cambiado: sus pupilas eran ahora dos rendijas verticales de color ámbar.
—Ese es un error que no tendrás oportunidad de corregir —sentenció Roshun, su aura expandiéndose hasta agrietar el mármol bajo sus pies—. Porque hoy, yo soy su venganza.
Mientras tanto, Samira se colocó frente a Sariel, quien sostenía un báculo de cristal que emitía pulsos de magia pura.
—Un celestial mágico... —ronroneó Samira, ajustándose sus guanteletes—. Dicen que tu hechicería es la más pura de la creación. Veamos cuál es más efectiva: tu luz dogmática o mi lujuria desbordante. Te enseñaré que la magia de una bruja del infierno tiene secretos que tus rezos jamás podrán comprender.
—Tu magia es una distorsión de la verdad, Samira —respondió Sariel, elevándose del suelo—. Y la verdad siempre prevalece sobre la ilusión.
La batalla estalló con una violencia que hizo que las islas flotantes del Edén se sacudieran. Roshun se lanzó contra Azael con una velocidad que desafiaba su propia naturaleza de pereza. Sus golpes eran explosiones de presión atmosférica que Azael apenas lograba desviar con sus gárgolas de piedra y su guadaña de cristal. El aire se llenó del sonido de metal chocando contra magia, mientras el Príncipe de la Pereza peleaba con una ferocidad que solo surge cuando un dragón despierta de un sueño de mil años.
Por otro lado, el duelo entre Samira y Sariel se convirtió en un despliegue de fuegos artificiales mágicos. Rayos de luz blanca chocaban contra relámpagos de color violeta, creando ondas de choque que desintegraban todo a su paso. Samira se movía con una gracia letal, tejiendo escudos y proyectiles, pero Sariel era un maestro de la contra-magia, devolviendo cada hechizo con el doble de potencia.
—¡Muere de una vez! —rugió Roshun, conectando un puñetazo cargado de inercia en el pecho de Azael, mandándolo a volar a través de un pilar.
La guerra en el Edén acababa de empezar, y la sangre, tanto roja como dorada, estaba a punto de teñir el suelo sagrado.
–vamos de una vez –dijo Lucian a Kan y Vladimir.
Lucian no volvió la vista atrás. Sus pasos resonaban con una autoridad pesada sobre el cristal del Edén, escoltado por la furia contenida de Kan y la elegancia letal de Vladimir. Sabía que Roshun y Samira eran suficientes para contener la vanguardia, pero el tiempo en el reino celestial corría de forma distinta, y cada segundo perdido era una oportunidad para que Miguel fortaleciera su gracia.
—¡No se atrevan a ignorarme! —rugió Sariel, elevando su báculo de cristal.
De la punta del arma celestial brotaron siete sellos de luz que giraron en el aire, disparando ráfagas de energía purificadora contra la espalda de Lucian. Sin embargo, antes de que el primer rayo pudiera tocar la capa de seda negra del Príncipe de la Soberbia, una explosión de pétalos de energía violeta y cadenas de magia oscura interceptó el ataque.
—Tu pelea es conmigo, guardián —siseó Samira, posicionándose entre los líderes y el mago celestial—. No permitiré que ensucies el camino de mi rey con tus trucos baratos.
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Editado: 12.04.2026