CAPÍTULO 39
PEREZA Y DESEO: EL BAILE DE LA MUERTE
El cielo del Edén, que hasta hacía unos momentos presumía de una pureza inmaculada, se encontraba ahora desgarrado. Grandes grietas de energía verde esmeralda y destellos violetas surcaban el firmamento como cicatrices en un lienzo de seda. Roshun, en su imponente forma híbrida, era el epicentro de un huracán de violencia. Sus alas de dragón, cargadas de una inercia destructiva, golpeaban el aire con tal fuerza que las islas flotantes cercanas comenzaban a desmoronarse, dejando caer cascadas de mármol hacia el vacío infinito.
Azael y Sariel, a pesar de su jerarquía, se veían forzados a una batalla defensiva desesperada. Las gárgolas de Azael eran pulverizadas por los coletazos de Roshun antes de poder siquiera acercarse, y los escudos mágicos de Sariel se resquebrajaban como cristal barato ante cada rugido de presión sónica del Príncipe de la Pereza. El "dragón que dormía" finalmente había despertado, y su despertar estaba cobrando un precio altísimo en la arquitectura del paraíso.
Sin embargo, tras un impacto brutal que mandó a los dos ángeles a estrellarse contra la base de una montaña de cristal, un silencio pesado y antinatural se apoderó del campo de batalla. No era el silencio de la derrota, sino el de la calma antes de un cataclismo. Azael se puso en pie con una parsimonia aterradora, limpiándose un rastro de sangre dorada que corría por su mejilla pálida. Miró a Sariel, quien asintió con una solemnidad que helaba la sangre.
—Este suelo ya no puede sostener nuestra forma individual —murmuró Sariel, cuya voz resonó como el eco de mil campanas rompiéndose al unísono—. Si el caos desea devorar la luz, la luz debe volverse absoluta.
—Liberación de Luz —sentenciaron ambos al mismo tiempo.
En ese instante, el mundo pareció contener el aliento. Los cuerpos de Azael y Sariel comenzaron a disolverse, no en cenizas, sino en partículas de fotones puros que brillaban con una intensidad mayor a la de cualquier estrella. Sus esencias se entrelazaron en una espiral ascendente, una hélice de ADN celestial que eclipsó el sol del Edén. En medio de ese resplandor, emergió una entidad que desafiaba toda lógica visual y espiritual: Ark, la Trinidad del Juicio.
Ark poseía tres cabezas inexpresivas cuyas cuencas oculares rebosaban de un fuego blanco constante. De su torso nacían cuatro brazos hercúleos que sostenían aros dorados flotantes, los cuales vibraban con una frecuencia divina capaz de desintegrar la materia a nivel molecular. El aura de Ark no solo era poderosa, era opresiva; era la manifestación del dogma hecho carne.
El ser celestial no emitió palabra alguna. Simplemente esbozó una sonrisa gélida en sus tres bocas y, con un movimiento que no fue captado por la visión de Roshun, apareció instantáneamente frente a él. Ark concentró la masa de una cordillera en un solo puño y lo hundió directamente en el estómago del dragón híbrido.
El impacto fue devastador. El sonido de las escamas de Roshun rompiéndose fue como el estallido de mil cristales. El aire escapó de sus pulmones en un grito mudo y su cuerpo fue lanzado hacia atrás con tal violencia que atravesó dos islas flotantes antes de detenerse. Ark, sin perder la sonrisa, levantó sus otros tres brazos, preparando los aros dorados para un golpe de gracia que borraría a Roshun de la existencia.
—¡NO DEJES QUE SE TERMINE AQUÍ! —el grito de Samira desgarró el estruendo.
La Princesa de la Lujuria, que hasta hace un momento yacía herida, se puso en pie con una determinación que quemaba más que cualquier fuego. Su sangre púrpura manchaba su vestido, pero sus manos ya estaban tejiendo un hechizo de una complejidad prohibida. Antes de que Ark pudiera descargar su poder, un escudo de seda mágica y runas rosadas se interpuso, absorbiendo la onda de choque inicial y permitiendo que Roshun frenara su caída.
Samira caminó hacia adelante, su aura ardiendo en un tono rosado incandescente que comenzaba a distorsionar la realidad a su alrededor. Miró a Roshun, quien intentaba incorporarse entre los escombros, con los ojos inyectados en sangre.
—Roshun, mírame —dijo Samira, y su voz tenía una autoridad que resonaba en el alma del dragón—. Ya basta de jugar a los guerreros solitarios. El Cielo nos odia porque somos diferentes para ellos, porque somos pecado, porque somos libres. ¡Deja que mi voluntad alimente tu fuego! ¡Ábrete a lo que realmente somos!
Samira elevó sus brazos al cielo y un gigantesco sello rúnico de color rosa atravesó su cuerpo de arriba abajo. Su forma física comenzó a desvanecerse, transformándose en una entidad de aura pura, un ectoplasma de color carmín y rosa que palpitaba con el latido de todos los deseos prohibidos del inframundo.
—¡HABILIDAD: DESEO PAGANO! —exclamó Samira, y su voz ahora era un eco múltiple que envolvía el campo de batalla.
Como un meteoro de luz rosada, Samira se lanzó contra la espalda de Roshun. Al entrar en contacto, no hubo una explosión, sino una fusión armoniosa. El cuerpo de Roshun estalló en una metamorfosis total. Sus huesos se alargaron y crujieron mientras su masa muscular se multiplicaba. De su espalda brotaron alas de una envergadura tal que proyectaron una sombra eterna sobre el campo de batalla. Sus escamas pasaron de ser un verde opaco a un verde esmeralda brillante, veteado con el fucsia de la magia de Samira.
Roshun se había transformado en un Dragón Ancestral colosal, una criatura de leyenda que no se había visto desde la caída de los primeros ángeles. Cada movimiento de su cola generaba ráfagas de viento que cortaban la piedra, y de sus fauces emanaba un vapor rosado que prometía la destrucción absoluta.
Ark, por primera vez, borró la sonrisa de sus tres rostros. El Dragón Roshun rugió, un sonido que sacudió los cimientos del Palacio Supremo, y comenzó a volar en círculos alrededor de la entidad celestial. Se movía con una agilidad serpentina, rodeando a Ark con una velocidad que creaba una prisión de viento y magia. El combate había dejado de ser una pelea de fuerza para convertirse en un baile de muerte a escala cosmogónica. El destino y el deseo estaban chocando en un duelo donde solo uno de los dos seres seguiría volando al final del día.
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Editado: 12.04.2026