CAPÍTULO 40
EL ASCENSO DE LOS PRÍNCIPES
La explanada frente al Palacio Supremo vibraba con una frecuencia que amenazaba con desintegrar la esencia misma de los tres Príncipes. El aire, saturado de una pureza insoportable, quemaba los pulmones de Kan y Vladimir, pero Lucian permanecía impasible, con la mirada fija en el gran arco de luz que custodiaban Gabriel y Rafael. Los dos arcángeles supremos no eran como los anteriores; su presencia era un muro de voluntad divina que intentaba, centímetro a centímetro, doblegar el orgullo de los demonios.
Lucian dio un paso al frente, su capa de seda negra ondeando en un viento que no pertenecía a este plano físico. Pero antes de que su oscuridad chocara contra el resplandor de los celestiales, sintió dos manos firmes y cargadas de energía sobre sus hombros. Se detuvo en seco, sintiendo el calor del magma de Kan a su derecha y el frío sepulcral de la avaricia de Vladimir a su izquierda.
—Hermano, detente —dijo Vladimir, su voz era una caricia gélida pero cargada de una determinación inamovible—. Este suelo ya ha sido testigo de demasiada soberbia, y sabemos que tu destino está más allá de estos dos guardianes. Nos toca a nosotros limpiar el camino. Te daremos el espacio que necesitas para que tu corona no se manche con la sangre de estos sirvientes.
A su derecha, Kan soltó una carcajada ronca, un sonido que nació en lo más profundo de su pecho y terminó en un estallido de vapor volcánico. Sus garras se hundieron en las palmas de sus manos, haciendo que gotas de sangre ardiente cayeran sobre el cristal del Edén, siseando y fundiendo el suelo al contacto. Sus ojos, inyectados en un carmesí puro de furia, no se apartaban de Gabriel.
—Sí, hermano —añadió Kan, mientras su aura de Ira comenzaba a agrietar el aire a su alrededor—. Deja que estos "mensajeros" entiendan que sus noticias de paz no tienen valor aquí. Ahora sí podré matar sin restricciones, sin contenerme, sin que nadie me diga que la Ira es un pecado que debo controlar. Para mí, hoy, la ira es la única justicia que este cielo va a conocer. ¡Sigue adelante, Lucian! ¡No te atrevas a mirar atrás!
Lucian miró a sus dos hermanos. En sus rostros no vio solo subordinación, sino el respeto de guerreros que habían cruzado el infierno juntos y que estaban dispuestos a quemar su propia existencia para verlo sentado en el trono supremo. El Príncipe de la Soberbia asintió levemente, una señal silenciosa de confianza absoluta que valía más que mil palabras.
—No se demoren —sentenció Lucian con su voz profunda—. Miguel no es un ser que guste de las audiencias prolongadas, y mi paciencia tiene un límite. Los espero en el salón del palacio supremo para ver el fin de esta era.
Sin previo aviso, Kan estalló. No fue un movimiento, fue una detonación de fuerza bruta. Como un meteoro de fuego negro y magma, se lanzó contra Gabriel. El impacto fue tan violento que el sonido del choque entre el puño de Kan y el escudo de plata del arcángel se escuchó en todos los rincones del Edén. Gabriel, sorprendido por la velocidad y la ferocidad animal del ataque, fue empujado cientos de metros hacia las islas flotantes de la periferia, dejando un rastro de vapor y plumas quemadas en el aire.
Al mismo tiempo, Vladimir se desplazó como una sombra líquida hacia Rafael. Con un movimiento elegante y preciso de su espada delgada, trazó un arco de vacío que succionó la luz del entorno, obligando al sanador celestial a retroceder para no perder su esencia. Vladimir lo guio con maestría hacia el lado opuesto de la explanada, separando definitivamente a la Triada.
El camino central estaba libre. Lucian caminó con paso firme y rítmico, ignorando por completo los estruendos de la batalla que estallaba a sus flancos. No corrió; caminó con la elegancia de un rey reclamando lo que por derecho de sangre le pertenecía. Cruzó el umbral del portal final, dejando atrás el caos de sus hermanos para adentrarse en la paz sepulcral y aterradora de las antecámaras del Palacio Supremo.
Mientras tanto, en las zonas bajas del Edén, la batalla contra la entidad fusionada, Ark, llegaba a su clímax. El Dragón Ancestral, imbuido con la magia rosada de Samira, rugía mientras sus alas cortaban las nubes de oro como si fueran papel. Ark, con sus tres cabezas y cuatro brazos, parecía una deidad imbatible, devolviendo cada llamarada de gas esmeralda con ráfagas de luz sólida que perforaban las escamas de Roshun. La batalla era una danza de destrucción a escala cosmogónica.
Justo cuando Ark concentraba el poder de sus cuatro aros dorados para lanzar un golpe descendente que habría partido al dragón por la mitad, una sombra veloz cruzó el campo de visión del ser celestial.
—¡No te olvides de los que envidian tu perfección! —rugió una voz desde el vacío.
Draken emergió de una corriente de agua pesada como un rayo azul oscuro. Su tridente impactó directamente en el costado inferior de Ark, desestabilizando su levitación y haciendo que el ataque celestial se desviara por milímetros. El ser de tres cabezas se tambaleó, y en ese microsegundo de debilidad, una masa de músculos y oscuridad cayó desde lo más alto del firmamento.
—¡CAE Y SIRVE DE BANQUETE PARA EL ABISMO! —exclamó Grogmar.
El Príncipe de la Gula descargó un golpe de gracia con su mazo cargado de toda la inercia del descenso y la energía absorbida. El impacto mandó a Ark directamente hacia el suelo de cristal con la fuerza de un meteorito, creando un cráter de kilómetros que hizo temblar los cimientos de las islas sagradas. Ark intentó levantarse, sus tres rostros girando con una furia divina, pero Draken y Grogmar fueron implacables. Tomaron a la entidad de cada lado, inmovilizando sus cuatro brazos con una fuerza bruta que desafiaba la lógica celestial.
Fue entonces cuando el cielo se oscureció por completo, tapado por la envergadura del Dragón Ancestral. Roshun, aprovechando el sacrificio de sus hermanos, cerró sus alas y se lanzó en una embestida final. Sus fauces, imbuidas con el "Deseo Pagano" de Samira, se cerraron con una fuerza atávica sobre las tres cabezas de Ark, triturando la luz y la voluntad del arcángel fusionado. Un estallido de energía blanca envolvió el campo de batalla, marcando el fin de la trinidad.
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Editado: 12.04.2026