CAPÍTULO 41
IRA CONTRA ANUNCIO
El sector este de la explanada del Edén era ahora un infierno de fuego negro y plata. Kan, el Príncipe de la Ira, se movía como un animal herido, sus pies dejando huellas de lava fundida sobre el cristal sagrado. Frente a él, Gabriel permanecía suspendido a unos centímetros del suelo, su armadura de plata reflejando las explosiones de magma con una calma insultante. El arcángel no atacaba con su lanza; simplemente alzaba su mano izquierda, y un escudo de fuerza geométrica, compuesto por runas de luz sólida, repelía cada uno de los golpes de Kan.
—¡DEJA DE ESQUIVAR, MALDITO COBARDE! —rugió Kan, lanzando un derechazo cargado con la presión de un volcán—. ¡Pelea como el guerrero que presumes ser! ¡Mírame a los ojos y siente el odio de cada vida que ustedes apagaron en nombre de su paz de cristal!
Kan golpeó el escudo con tal fuerza que la onda expansiva agrietó las islas flotantes cercanas, pero Gabriel ni siquiera parpadeó. El arcángel bajó levemente la mirada, observando el rostro desencajado del licántropo con una mezcla de lástima y reproche.
—¿Estás seguro de lo que estás haciendo, hijo de la sangre? —preguntó Gabriel, y su voz, amplificada por una frecuencia celestial, resonó directamente en los huesos de Kan—. Tu ira es una venda que no te permite ver el abismo al que arrastras a tu propia raza. ¿Crees que la victoria de Lucian traerá algo más que cenizas?
—¡Deberías preocuparte por tu propia piel antes de dar sermones! —contestó Kan, su cuerpo cubriéndose de una capa de fuego oscuro que derretía el aire—. ¡Te mataré aquí mismo! Los tuyos solo trajeron miseria a mi vida. Se llevaron a mi familia, marcaron mi infancia con sangre y nos encerraron en la oscuridad. ¡Tu "Dios" no es más que un carnicero con corona!
Gabriel suspiró, y por primera vez, su mano derecha se cerró sobre el mango de su lanza de plata.
—Esa es solo la versión de la historia que tu rencor ha escrito, Kan —dijo el arcángel, elevándose más alto—. El verdadero Dios quería lo mejor para los humanos, una guía hacia la perfección. Pero la soberbia es una enfermedad contagiosa. Se revelaron los humanos, se revelaron los ángeles caídos... e incluso aquellos que lucharon a mi lado en la Gran Guerra empezaron a dudar. Ustedes no son víctimas de la luz, son las consecuencias de su propio rechazo a la ley.
—¡MENTIRA! —el grito de Kan fue un rugido ensordecedor—. ¡No escucharé ni una palabra venenosa mas de ti! ¡Ustedes manipulan la verdad para que el mundo parezca culpable de su tiranía!
Kan se lanzó de nuevo, esta vez concentrando toda su esencia en un asalto frenético. Sus puños impactaban rítmicamente contra el escudo de fuerza de Gabriel: uno, dos, diez, cien golpes. La velocidad era tal que Kan parecía una mancha roja y negra rodeando al ángel. Sin embargo, el escudo de Gabriel permanecía impasible. El arcángel, con un movimiento quirúrgico, aprovechó un microsegundo en el que Kan recuperaba el aliento.
—Si no puedes ver la verdad por voluntad propia, la luz te obligará —sentenció Gabriel.
Con un movimiento fluido, Gabriel lanzó su lanza de plata. No fue un lanzamiento ordinario; el arma se movió a una velocidad que rompió la barrera del sonido, convirtiéndose en un rayo de luz pura. Kan, cegado por su propia furia, no pudo reaccionar a tiempo. La lanza atravesó su hombro derecho, clavándose profundamente y arrastrándolo varios metros hasta clavarlo contra un pilar de mármol.
La sangre de Kan, espesa y ardiente como el plomo, comenzó a bañar la lanza. Pero en lugar de gritar de dolor, una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. Su Pasiva de Ira se activó con una intensidad nunca antes vista; el daño físico estaba siendo procesado por su núcleo demoníaco, transformando el dolor en una fuerza bruta que hacía que sus músculos se desgarraran y se reconstruyeran en segundos, volviéndose más densos y poderosos.
Gabriel aterrizó frente a él, caminando con paso lento sobre las grietas que Kan había dejado. El arcángel extendió su mano, buscando la frente del licántropo.
—Es necesario que sepas la verdad de lo que viene —dijo Gabriel, sus dedos brillando con una luz blanca que no quemaba, sino que penetraba—. No peleas por la libertad, peleas por el inicio del fin. Déjame mostrarte el futuro que tu victoria está gestando.
Antes de que Kan pudiera zafarse de la lanza, los dedos de Gabriel tocaron su sien. En ese instante, el campo de batalla desapareció. El fuego, el mármol y el cielo del Edén fueron reemplazados por una visión fragmentada, un viaje forzado a través de los recuerdos de Kan y las profecías del arcángel. Kan se vio a sí mismo en un páramo desolado, rodeado de los cadáveres de seres que no reconocía, mientras una voz de conciencia, profunda y aterradora, le susurraba sobre un cambio que haría que el mundo ardiera más de lo que Lucifer jamás soñó.
El mundo físico se desvaneció para Kan en el instante en que los dedos de Gabriel tocaron su sien. Ya no había mármol, ni aire sagrado, ni el peso de la lanza atravesando su hombro. Se encontró sumergido en un océano de recuerdos fragmentados y visiones de un futuro que goteaba sangre. Ante sus ojos, la escena de su infancia se repitió como una herida abierta: vio a Azael descendiendo sobre su hogar, escuchó los gritos de sus padres y sintió el terror paralizante de ser un cachorro marcado para el sacrificio. Pero la visión no se detuvo ahí. Gabriel forzó su conciencia a avanzar, mostrándole batallas interminables en páramos que aún no existían, donde el cielo era un manto de ceniza permanente.
—Mira bien, pequeño lobo —la voz de Gabriel resonaba en el vacío mental de Kan, carente de la agresividad del combate—. No te mostramos esto por crueldad, sino por advertencia. Tu victoria hoy no es el fin de la tiranía, es el nacimiento de un monstruo que devorará tanto la luz como la sombra.
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Editado: 12.04.2026