CAPÍTULO 42
AVARICIA CONTRA RESTAURACIÓN
El ala oeste de la explanada del Edén se había convertido en un escenario de belleza letal. A diferencia del caos ígneo que Kan provocaba en el otro extremo, aquí el combate era una danza de precisión y destellos esmeralda. Rafael, el Médico de Dios, no portaba armas físicas; sus manos se movían con la gracia de un director de orquesta, tejiendo filamentos de magia restauradora que surcaban el aire como látigos de luz verdosa. Vladimir, el Príncipe de la Avaricia, se desplazaba con la elegancia de una sombra, permitiendo que varios de los ataques impactaran en su cuerpo con una pasividad desconcertante.
Cada vez que la luz de Rafael tocaba la piel de Vladimir, se producía un siseo violento. Para un ser del inframundo, la magia de restauración era el equivalente al ácido más puro, diseñada para corregir la existencia devolviéndola a un estado de pureza que los demonios no poseían. Tras un asedio incesante de ráfagas mágicas que destrozaron parte de su levita de seda oscura, Vladimir se detuvo en seco. Bajó la cabeza, dejando que su largo cabello ocultara su rostro, mientras sus hombros vibraban levemente.
Rafael, asumiendo que el daño acumulado finalmente había quebrado la resistencia del valpuri, descendió lentamente hasta quedar a pocos metros de él. El arcángel exhaló un suspiro cargado de una compasión gélida, ajustando los pliegues de su túnica inmaculada que emitía un suave resplandor verde.
—Es normal que estés delirando, escoria del inframundo —sentenció Rafael con voz firme y confiada, observando la quietud de su oponente—. La luz de la restauración no solo busca herir tu carne, sino purgar la mancha de tu alma. Has recibido suficiente castigo como para que tu mente colapse ante la santidad. Ríndete, y permitiré que tu muerte sea pacifica y sin dolor. No hay gloria en prolongar una agonía que ya está escrita.
Una risa seca, aristocrática y cargada de un veneno sutil interrumpió el sermón del ángel. Vladimir levantó la cabeza lentamente, revelando una sonrisa predadora que mostraba sus colmillos blancos. No había rastro de dolor en sus ojos; al contrario, sus pupilas brillaban con una intensidad de rojo carmesí intenso que denotaba un hambre insaciable.
—¿Realmente crees que tus trucos me harán daño, Rafael? —preguntó Vladimir, sacudiéndose el polvo de los hombros con una elegancia insultante—. Me hablas de purgar mi mancha, pero lo único que has hecho es servirme un banquete en bandeja de plata. ¿No lo sientes todavía? Cada destello de tu magia, cada gramo de maná que lanzaste contra mí con tanta generosidad... yo simplemente lo reclamé como mío. Mi pecado no es solo desear lo que otros tienen, es la capacidad absoluta de arrebatarlo y hacerlo parte de mi ser.
Rafael retrocedió un paso, su rostro perdiendo la compostura por primera vez. Extendió su mano para convocar más energía, pero notó con horror que el flujo de su gracia divina era más débil, como si una grieta invisible estuviera succionando su poder antes de que pudiera manifestarse.
—¿Cómo es posible? —susurró el arcángel, su voz temblando levemente—. Esa energía es pura luz de creación. Debería haberte incinerado los órganos desde adentro. Ningún ser del foso puede contener la esencia del Médico de Dios sin deshacerse.
—Para la Avaricia, no existe lo "puro" o lo "impuro", solo existe lo que me pertenece por derecho de conquista —replicó Vladimir, extendiendo su mano pálida hacia el arcángel—. Tu maná es exquisito, Rafael. Es ligero, refinado, casi dulce. Gracias por la restauración; me siento mucho más fuerte que cuando empezamos esta ridícula danza.
Rafael apretó los dientes, dándose cuenta de que Vladimir no solo estaba resistiendo los ataques, sino que los estaba utilizando como una fuente de alimentación constante. El arcángel se elevó, rodeándose de un escudo esmeralda, mientras su mirada se tornaba sombría.
—Por culpa de seres como tú, cuyo hambre no conoce límites, Dios quería reiniciar este mundo —dijo Rafael, y su voz adquirió un tono trágico—. Quería purificarlo todo, borrar la ambición que pudre la creación. Pero la rebelión de tu amo Lucifer nos dejó sin nuestro verdadero Dios. Nos dejó como un barco sin su capitán, a la deriva en un océano de sombras. Pero no te equivoques, vampiro; nosotros aún esperamos su regreso y protegemos su trono con la fe que ustedes nunca conocerán.
Vladimir soltó una carcajada estridente que resonó en las bóvedas de cristal del palacio, una risa que desafiaba la solemnidad del Edén.
—¿Cómo es posible que algo tan inteligente como un arcángel siga creyendo que ese capitán va a volver? —se burló Vladimir—. No ha aparecido en milenios, permitió que sus "hijos" fueran masacrados y que su jardín fuera invadido por nosotros. Estás delirando, Rafael. Tu Dios no es más que un recuerdo borroso en un trono vacío.
—Si tu fuerza fuera como tu cerebro, sería más fácil que lo entendieras, Vladimir —respondió Rafael, recuperando una calma gélida—. Un Dios jamás puede morir así de fácil. Existen jerarquías, seres superiores a nosotros incluso, fuerzas que mantienen la arquitectura de los universos. Ustedes solo conocen este pequeño rincón de la existencia, pero están cruzando la línea de las especies.
Vladimir arqueó una ceja, deteniendo su avance por un segundo.
—¿Querer sobrevivir es cruzar la línea? —preguntó con curiosidad maliciosa—. Hemos vivido en la miseria del inframundo mientras ustedes disfrutaban de este sol eterno. Si cruzar la línea significa reclamar lo que se nos negó, entonces la cruzaremos mil veces más.
—¡Hablo de esa aberración que están gestando! —gritó Rafael, su aura verde estallando en una onda expansiva—. Si ese ser llega a nacer, atentará contra el orden natural de la vida misma. Esa criatura no será un bebé, Vladimir; será un ser poderoso no solo para nosotros, sino también para ustedes. Es el presagio de un ser que gobernará sobre las cenizas de ambas razas. Mi deber no es la piedad, es la extirpación de esa amenaza antes de que el primer llanto rompa el equilibrio.
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Editado: 12.04.2026