War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 43 - EL PORTAL DE LUCIFER

CAPÍTULO 43

EL PORTAL DE LUCIFER

​El estruendo de las batallas de Kan y Vladimir se filtraba a través de los muros de cristal como un eco distante, un recordatorio de que el tiempo de Lucian era un recurso que se agotaba con cada latido. El Príncipe de la Soberbia avanzaba por el corredor principal del Palacio Supremo, un pasillo de dimensiones imposibles donde el techo se perdía en una neblina de oro puro y el suelo reflejaba una luz que no proyectaba sombras. A medida que se acercaba al final, la presión espiritual dejó de ser una carga física para convertirse en un rechazo existencial; el palacio mismo, imbuido de la voluntad de Miguel, intentaba expulsar la "mancha" que representaba la presencia de Lucian.

​Finalmente, el corredor se abrió a una cámara circular de mármol blanco y vetas de diamante. En el centro, se alzaba el Arco de la Trascendencia, el portal final que conducía al Salón del Trono. Sin embargo, el arco no era una puerta física; era una herida de luz blanca incandescente, sellada por cadenas de energía que portaban el sello de los siete arcángeles originales. Lucian se detuvo a pocos metros, sintiendo cómo su piel de demonio comenzaba a humear ante la santidad del umbral.

​—Así que este es el último obstáculo —murmuró Lucian, su voz resonando con una autoridad que hizo que las cadenas de luz vibraran—. El lugar donde el "Padre" se encerró para no ver la decadencia de sus hijos.

​Lucian extendió su mano derecha. En un estallido de sombras líquidas que devoraron la luz circundante, apareció Exilum. La espada de Lucifer no era una hoja de metal común; era una fractura en la realidad, una hoja de un negro tan absoluto que parecía succionar el brillo del Edén hacia su filo. Al empuñarla, Lucian sintió el peso de milenios de odio, pero también la nostalgia de un ángel que una vez amó este lugar más que a su propia vida.

​Para abrir el portal, no bastaba la fuerza bruta. Lucian cerró los ojos y comenzó a recitar el Rezo del Exilio, las palabras antiguas que su padre le había confiado en las profundidades del infierno, una letanía que solo un heredero de la sangre original podía pronunciar sin ser desintegrado.

​—Reflexio in hac porta veram viam ad palatium caeleste ostendit in nomine Luciferi haec porta aperiatur.... —comenzó Lucian, y su aura de Soberbia se expandió, tiñendo el mármol de un violeta oscuro—. Yo, Lucian, portador del pecado que nació de tu luz, reclamo el derecho de entrada. No como un siervo que pide clemencia, sino como el soberano que viene a reclamar su herencia.

​Las cadenas de luz del portal reaccionaron violentamente. Rayos de energía sagrada surgieron del arco, golpeando el pecho de Lucian con la fuerza de mil lanzas. El Príncipe no retrocedió; hundió sus pies en el suelo, rompiendo el diamante, mientras su sangre negra comenzaba a hervir bajo su piel. El palacio emitía un sonido agudo, un lamento celestial que intentaba quebrar su concentración.

​—¡in nomine Luciferi, haec porta aperiatur.! —rugió Lucian, elevando a Exilum sobre su cabeza.

​La espada comenzó a emitir pulsos de una oscuridad rítmica, como un corazón que late en el vacío. Las runas de las cadenas empezaron a agrietarse, tornándose grises a medida que la hoja de Lucifer absorbía la santidad que las mantenía unidas. Lucian sentía cómo el poder del portal intentaba borrar su memoria, mostrándole visiones de una paz falsa, de una rendición que le daría el descanso eterno. Pero su orgullo era un ancla demasiado pesada para ser movida por ilusiones.

​—¡Mi padre no cayó para que yo me arrodillara ante un arco de luz! —exclamó Lucian, y el impacto de su voluntad hizo que las paredes de la cámara temblaran.

​En ese instante, una figura comenzó a materializarse desde el centro de la luz del portal. No era un ángel físico, sino un guardián de energía pura, una manifestación de la seguridad del sistema celestial. El guardián levantó una espada de luz que duplicaba el tamaño de Lucian y cargó contra él.

​Lucian bloqueó el golpe con Exilum. El choque de la oscuridad absoluta contra la luz suprema generó una onda de vacío que desintegró las columnas de mármol cercanas. El Príncipe de la Soberbia sonrió, una mueca cargada de un desprecio milenario. El duelo por la entrada al trono no era solo una prueba de fuerza, era el examen final de su derecho a existir en el plano superior.

​—Tu luz es vieja y está cansada —dijo Lucian, empujando al guardián con una fuerza que hizo que el ser de energía retrocediera—. Es hora de que el cielo aprenda lo que significa la verdadera oscuridad.

​Con un movimiento preciso, Lucian trazó una cruz en el aire con Exilum. El rastro de la espada quedó suspendido en el espacio, quemando la luz del portal y creando una abertura negra que comenzó a devorar las cadenas de los arcángeles. El sello de Gabriel fue el primero en romperse, seguido por el de Rafael, cuyas energías estaban debilitadas por las batallas en el exterior. Lucian avanzó un paso más, sintiendo que el Salón del Trono estaba a solo un suspiro de distancia, pero el portal lanzó un último contraataque, una explosión de "Gracia Primordial" que amenazaba con incinerar su alma antes de que pudiera cruzar.

La explosión de Gracia Primordial que surgió del arco no era fuego, ni electricidad; era la esencia misma de la creación intentando reescribir la materia oscura de Lucian. El Príncipe de la Soberbia sintió cómo sus alas se calcinaban y su armadura de obsidiana comenzaba a agrietarse, revelando una piel que hervía bajo la presión de la luz absoluta. Sin embargo, en lugar de retroceder, Lucian soltó una carcajada que desafió la santidad de la cámara. Su orgullo no era una armadura, era un núcleo inquebrantable que se alimentaba del rechazo.

​—¿Es esto todo lo que el "Padre" dejó para protegernos? —rugió Lucian, clavando la punta de Exilum en el centro mismo del sello del portal—. ¡Una luz que ciega pero que ya no guía! ¡Una fuerza que prohíbe pero que no ama!



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 03.05.2026

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