War Blood: Rebelión De Los Caídos - Vol 3

CAPÍTULO 44 - REQUIEM VS EXILUM

CAPÍTULO 44

REQUIEM VS EXILUM

​El silencio en el Salón del Trono no era paz; era una presión absoluta que intentaba aplastar los pulmones de Lucian. Frente a él, Miguel no se movía como un soldado, sino como una extensión de la voluntad divina. Sus seis alas se desplegaron lentamente, llenando el espacio con un resplandor que hacía que el mármol del suelo pareciera cristal líquido. Lucian apretó el mango de Exilum, sintiendo cómo la oscuridad de la hoja devoraba la luz que intentaba filtrarse en su acero.

​—Tu arrogancia es fascinante, Lucian —dijo Miguel, descendiendo los peldaños con una elegancia que rozaba lo sobrenatural—. Has cruzado el Edén, has derrotado a mis hermanos y has profanado el portal de mi Padre. Pero incluso ahora, con tu espada apuntando a mi pecho, no logras comprender la futilidad de tu cruzada.

​Miguel levantó a Requiem. La hoja de diamante y fuego blanco emitió un pulso armónico que hizo que las sombras de Lucian retrocedieran varios metros. El ego del Arcángel Supremo no era ruidoso como el de Kan, ni cínico como el de Vladimir; era una certeza absoluta de superioridad, una calma que nacía de saberse eterno.

​—Crees que este duelo es una cuestión de vida o muerte —continuó Miguel, esbozando una sonrisa de lástima—. Pero la muerte es un concepto que solo les pertenece a ustedes, los seres del foso. Si yo caigo bajo tu acero, no moriré por siempre. Mi esencia simplemente regresará a la raíz, al origen de toda la gracia. Nosotros somos ideas, Lucian, y las ideas no pueden ser asesinadas.

​Lucian entrecerró los ojos, su aura violeta chocando contra la barrera de luz de Miguel.

​—¿Regresar a la raíz? —se mofó Lucian—. ¿Es esa la excusa que usan para no temerle al vacío?

​—Es la realidad de nuestra naturaleza —respondió Miguel con suficiencia—. Los ángeles no conocen el olvido. Cuando nuestra forma física es destruida, nuestras almas viajan al Árbol de la Vida, el corazón oculto del Edén. Allí, nos convertimos en capullos de luz, integrados en la corteza del Gran Árbol, donde solo nuestros rostros quedan visibles en un sueño profundo de restauración. Nos toma cien años de silencio absoluto para que el árbol nos teja un nuevo cuerpo, una nueva armadura, y nos devuelva al mundo más puros de lo que fuimos.

​Miguel dio un paso lateral, su figura dejando un rastro de imágenes residuales de luz.

​—Tú, en cambio... —señaló Miguel con la punta de Requiem—, si caes ante el filo de esta espada, no habrá árbol que te reclame. Requiem borrará tu nombre de la historia. No habrá renacimiento, ni capullos, ni cien años de espera. Solo el vacío. Por eso mi victoria es inevitable: yo juego con el tiempo, tú juegas con tu existencia única.

​—Entonces me aseguraré de que esos cien años de sueño sean la única eternidad que conozcas —rugió Lucian, lanzándose al ataque.

​El choque de las dos espadas legendarias generó una explosión de energía que agrietó las columnas infinitas del salón. No hubo sonido metálico; fue el estruendo de dos realidades colisionando. Exilum buscaba desmembrar la luz, mientras Requiem intentaba purificar la oscuridad. Lucian se movía con una ferocidad técnica, trazando arcos de sombra que Miguel bloqueaba con un solo brazo, manteniendo una calma exasperante. Cada vez que Requiem rozaba el aura de Lucian, el Príncipe sentía que una parte de sus recuerdos se desvanecía, como si la espada estuviera "borrando" su pasado.

​—¡Pelea en serio, Miguel! —exclamó Lucian, concentrando su Soberbia en un estallido de fuego violeta—. ¡Deja de hablar de eternidades y siente el peso del presente!

​Lucian ejecutó una serie de estocadas a una velocidad que distorsionaba el espacio, obligando a Miguel a desplegar sus seis alas para maniobrar. Por primera vez, el Arcángel Supremo tuvo que retroceder, y su expresión de superioridad vaciló por un milisegundo cuando el filo negro de Exilum cortó una de sus plumas, la cual se desintegró en ceniza oscura en lugar de luz.

NOTAS DE LA SAGA: EL CICLO DEL RENACIMIENTO CELESTIAL

​El Árbol de la Vida (Arbor Vitae): Ubicado en el punto más alto de la séptima esfera del Edén, es el organismo espiritual que sustenta la existencia de toda la raza angelical.
El Estado de Capullo: Cuando un ángel de alto rango es "destruido", su esencia no se pierde. Viaja instantáneamente hacia el Árbol, donde se fusiona con una de sus ramas, formando un capullo de luz sólida de color ámbar. ​
La Vigilia de los Cien Años: Durante un siglo exacto, el rostro del ángel permanece visible en la superficie del capullo, con los ojos cerrados en una meditación eterna. Durante este tiempo, el árbol absorbe la experiencia del ángel muerto y reconstruye su gracia divina desde cero.
El Despertar: Al cumplirse el centenario, el capullo estalla en un coro de trompetas celestiales, y el ángel emerge con su forma restaurada, aunque a menudo pierde los recuerdos de su vida anterior, manteniendo solo su lealtad al trono.

​El aire en el Salón del Trono se volvió pesado, cargado de una estática que hacía que el mármol bajo los pies de Lucian se resquebrajara con cada paso. Miguel, tras perder aquella pluma bajo el filo de Exilum, no mostró dolor, pero su expresión de serenidad se tornó en una seriedad gélida. El Arcángel Supremo batió sus seis alas con una fuerza que generó ondas de choque de luz pura, obligando a Lucian a clavar su espada en el suelo para no ser barrido por la presión.

​—Has tocado lo que no debe ser tocado, Lucian —dijo Miguel, y su voz ya no era un susurro, sino un trueno que sacudía los cimientos del Palacio—. Esa pluma era una parte de la armonía universal. Al destruirla con esa hoja maldita, has cometido un sacrilegio que ni siquiera tu padre se atrevió a ejecutar en su caída.

​Miguel se lanzó al ataque. No corrió; se desplazó como un rayo de luz blanca que rebotaba en las paredes invisibles del salón. Requiem trazó una trayectoria descendente que Lucian apenas logró desviar. El impacto fue tan masivo que el Príncipe de la Soberbia sintió cómo los huesos de sus brazos crujían bajo la presión. La espada de Miguel no solo pesaba por su fuerza física, sino por la carga moral de la "Ley" que representaba. Cada choque emitía un sonido de campanas celestiales que intentaba purgar la oscuridad del corazón de Lucian.



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En el texto hay: demonio, vampiro, hombrelobo

Editado: 03.05.2026

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