CAPÍTULO 48
PRUEBA DE FÉ
El cielo del Edén ya no era el domo dorado de la creación; era un lienzo desgarrado de cenizas y relámpagos púrpuras que rugían con el eco de una guerra que el paraíso nunca debió conocer. Mientras el Palacio Supremo terminaba de colapsar en la distancia, una vibración distinta, ajena a la magia celestial o al fuego demoníaco, comenzó a sentirse en los límites del reino. No era el batir de alas ni el rugido de bestias. Era el sonido rítmico, metálico y pesado de la tecnología humana: el eco de miles de botas marchando en sincronía y el zumbido de motores de inducción que cortaban el aire sagrado.
Desde el portal de transferencia que conectaba con el mundo mortal, las legiones de Dilom emergieron. Al frente de la vanguardia, Samaria, la líder indiscutible de la humanidad, avanzaba con una armadura táctica de color metálico, diseñada específicamente para resistir la presión espiritual de las esferas superiores. En sus manos no portaba una espada mística, sino un rifle de riel cargado con munición de maná sintético, una prueba fehaciente de que los hombres habían dejado de rezar para empezar a construir sus propias herramientas de supervivencia.
—¡Mantengan la formación en cuña! —ordenó Samaria, y su voz, filtrada por el modulador de su casco, resonó con una frialdad que hizo que incluso algunos ángeles menores vacilaran en su descenso—. No estamos aquí por el cielo, ni estamos aquí para servir al infierno. Estamos aquí por el futuro que nos pertenece por derecho de nacimiento. ¡Nadie dispara a menos que yo lo ordene, pero si disparan, asegúrense de que el destinatario caiga!
A unos kilómetros de allí, ocultos en un refugio excavado en las montañas de cristal que rodeaban los jardines del Edén, Luka sostenía la mano de Sasa con una fuerza que intentaba ocultar su propio temblor. El licántropo, con el torso vendado y la respiración pesada por las heridas de la batalla previa, vigilaba la entrada de la cueva con sus sentidos agudizados al máximo. Sasa, cuya mirada antes salvaje ahora estaba teñida de una calma maternal sobrenatural, mantenía su mano sobre su vientre. El niño que llevaba dentro, la unión prohibida de dos sangres que el cielo consideraba una aberración, latía con un ritmo que parecía dictar el pulso de la guerra exterior.
—Están cerca Sasa —susurró Luka, su voz apenas un gruñido—. Puedo oler el ozono de sus alas. No dejaré que crucen este umbral.
—No es solo a nosotros a quienes buscan, Luka —respondió Sasa, con una voz suave pero firme—. Buscan borrar la posibilidad de que seamos algo más que sus esclavos o sus enemigos. Este bebé es la prueba de que su jerarquía es frágil.
En ese instante, una figura descendió del cielo con la gracia de una estrella fugaz. Gabriel, el Nuncius Dei, aterrizó frente a las líneas defensivas de los humanos de Dilom. Sus alas blancas estaban manchadas de hollín y su rostro, usualmente una expresión de perfección divina, estaba deformado por una mueca de asco profundo al ver a los soldados mortales apuntándole.
—¿Los hijos del barro han venido a defender a la semilla de la sombra? —gritó Gabriel, y su voz provocó que el suelo bajo los soldados humanos se agrietara—. ¡Son unos necios! Esa criatura que intentan proteger no es vida, es la disolución de las leyes universales. Es un error que consumirá vuestro mundo si llega a respirar su primer aire. ¡Apártense y entreguen a la mujer, y quizás el Padre tenga piedad de su insignificancia!
Samaria dio un paso adelante, rompiendo la formación para quedar cara a cara con el arcángel. Levantó su arma, apuntando directamente al núcleo de luz en el pecho de Gabriel. Detrás de ella, miles de visores tácticos se encendieron simultáneamente, formando una línea de fuego azul eléctrico en la penumbra del eclipse.
—Ustedes nos llaman "errores" cada vez que dejamos de serles útiles —replicó Samaria, y aunque era humana, su presencia emanaba una soberbia que rivalizaba con la de Lucian—. Lucian nos mostró la verdad que ustedes ocultaron durante milenios: que el "Paraíso" es solo una prisión con mejores vistas. Nos dicen que ese bebé es un monstruo, pero para nosotros, es la primera vida en la historia que no ha sido dictada por sus reglas.
Gabriel soltó una carcajada amarga, cargada de una vibración que hizo que varios soldados cayeran de rodillas por el dolor en sus oídos.
—¿Libertad? ¿A cambio de la aniquilación? —Gabriel extendió sus manos, y dos espadas de luz pura se materializaron en ellas—. La humanidad siempre ha sido experta en elegir su propia tumba. Si prefieren morir por un híbrido antes que vivir bajo nuestra gracia, entonces no son dignos de la existencia que les fue otorgada.
—Nosotros no esperamos a ser dignos de tus ojos, Gabriel —sentenció Samaria, haciendo una señal con la mano a sus francotiradores—. Estamos aquí para demostrar que la fe no se trata de creer en un Dios que te ignora, sino en creer en la sangre que corre por tus venas. ¡Dilom, fuego a discreción!
El primer disparo no fue un trueno celestial, sino el silbido agudo de una bala humana de alta tecnología que perforó el hombro izquierdo de Gabriel, rompiendo su armadura de santidad y dejando escapar un rastro de esencia dorada. El silencio sagrado del Edén se rompió definitivamente. Los humanos no estaban allí para ser rescatados; estaban allí para nivelar el campo de juego. La "Prueba de Fe" no era una oración, era una declaración de independencia escrita con pólvora y maná.
El estruendo de los rifles de riel de Dilom y las explosiones de maná sintético crearon una cortina de humo que ocultó momentáneamente la figura de Gabriel. Sin embargo, el arcángel no era un enemigo que pudiera ser derrotado solo con tecnología. Con un batir de sus seis alas, dispersó la nube de escombros, revelando que su herida en el hombro, aunque real, solo había servido para alimentar su indignación divina. Antes de que pudiera lanzar un contraataque que desintegrara la vanguardia humana, el suelo frente a Samaria estalló en una columna de fuego fatuo y sombras líquidas.
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Editado: 03.05.2026