CAPÍTULO 49
LUZ VS OSCURIDAD
Mientras en las laderas del Edén los humanos y los Pecados contenían el asedio de Gabriel, en la cima de la terraza colapsada, el tiempo parecía haberse detenido en un punto de presión insoportable. Lucian y Miguel ya no eran dos guerreros; eran dos fuerzas primordiales que amenazaban con desgarrar el tejido de la realidad. Miguel, envuelto en una luz que quemaba incluso las sombras más profundas, sostenía a Requiem con una mano que temblaba levemente, no por miedo, sino por la inestabilidad de su propia esencia tras haber sido herido por un mortal.
—Míralos, Lucian —dijo Miguel, su voz resonando como el trueno en una tormenta de verano—. Tus hermanos y esos seres de barro celebran una pequeña victoria contra Gabriel, pero no entienden que solo están retrasando lo inevitable. Si yo caigo, el equilibrio que sostiene sus mundos se desmoronará. Tu soberbia te impide ver que tu victoria es, en realidad, el suicidio de la creación.
Lucian, apoyado sobre Exilum, respiraba con dificultad. Su armadura de Soberbia estaba hecha jirones y su energía vital se filtraba por las heridas abiertas, pero sus ojos violetas brillaban con una determinación aterradora. El Príncipe de la Soberbia sabía que los golpes convencionales ya no serían suficientes. Miguel era una ley, y las leyes no se rompen con fuerza, se anulan con una verdad superior.
—Tú llamas "equilibrio" a una jaula, Miguel —respondió Lucian, enderezándose mientras una neblina negra y roja comenzaba a brotar de sus poros—. Dices que el mundo se desmoronará si tú mueres, pero lo que realmente temes es que el mundo siga adelante sin ti. Temes que esos humanos y ese niño que está por nacer demuestren que tu perfección era innecesaria.
Lucian cerró los ojos y, por primera vez, dejó de luchar contra el hambre devoradora de su espada. Exilum no era solo un arma; era un parásito existencial que Lucifer había diseñado para el momento final de la rebelión. Lucian comenzó a susurrar palabras en un dialecto olvidado, y de repente, la hoja negra de la espada empezó a latir como un corazón herido. Las venas de los brazos de Lucian se tornaron negras, extendiéndose por su cuello y rostro como grietas en mármol oscuro. Esta era la técnica definitiva: "El Sacrificio de la Existencia Negada".
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Miguel, dando un paso atrás mientras sentía que la luz de Requiem era succionada hacia el cuerpo de Lucian—. Estás consumiendo tu propia alma... no quedará nada de ti para reclamar el trono.
—No vine por el trono, Miguel —siseó Lucian, y su voz ahora sonaba como el coro de mil condenados—. Vine a demostrar que incluso la luz más brillante puede ser extinguida por alguien que no tiene miedo de quedarse en la oscuridad. ¡Si mi precio es el olvido, lo pagaré con gusto por ver cómo tu eternidad se quiebra!
Lucian se lanzó al ataque. Ya no volaba; se teletransportaba a través de las brechas de la realidad que su propio poder estaba creando. Cada choque de Exilum contra el escudo de Miguel ya no producía chispas, sino que dejaba manchas de "nada" absoluta en la armadura del arcángel. Miguel intentó usar su Sinfonía del Vacío Final, pero el aura de Lucian era ahora un agujero negro que devoraba la frecuencia celestial antes de que pudiera manifestarse.
La batalla se volvió un intercambio de brutalidad pura. Miguel golpeaba a Lucian con ráfagas de energía que vaporizaban la carne del demonio, pero Lucian, impulsado por una voluntad que desafiaba a la muerte, continuaba avanzando. En un movimiento desesperado, Miguel atravesó el hombro de Lucian con Requiem, esperando que la luz purificadora terminara el duelo. Sin embargo, Lucian solo sonrió, dejando que la espada se hundiera más mientras él acercaba a Miguel hacia sí mismo.
—Te tengo —susurró Lucian.
Con la mano que aún le respondía, Lucian levantó a Exilum, que ahora brillaba con un fuego oscuro que parecía pesar más que el paraíso entero. Miguel intentó retirar su espada, pero la técnica de Lucian había encadenado sus esencias. El aire alrededor de ellos se volvió estático y pesado. Lucian estaba canalizando no solo su poder, sino toda la historia de dolor y rechazo de los caídos en ese único golpe.
El clímax del sacrificio estaba a punto de estallar. Lucian sabía que, después de esto, su nombre podría perderse en las cenizas del tiempo, pero el impacto que estaba por asestar cambiaría el ADN del universo para siempre. Miguel, el primogénito del cielo, por primera vez comprendió que el ser que tenía enfrente no era un demonio buscando poder, sino un mártir de su propia oscuridad.
El silencio que siguió al momento en que Lucian atrapó a Miguel fue más aterrador que cualquier explosión. Con Requiem todavía hundida en su hombro, Lucian ignoró el dolor abrasador de la luz purificadora que intentaba incinerar sus órganos desde adentro. Su mano, ahora una garra de sombras densas debido al Sacrificio de la Existencia Negada, sujetó la muñeca del arcángel con una fuerza que hizo crujir el metal divino de su brazalete. Miguel, el rostro antes perfecto ahora bañado en un sudor dorado, intentó invocar el poder del Árbol de la Vida para repeler al demonio, pero descubrió con horror que el aura de Exilum había creado una zona de silencio metafísico. Estaba solo.
—Esto es por los que cayeron antes de tiempo —siseó Lucian, con los ojos inyectados en una oscuridad absoluta que comenzaba a derramarse como lágrimas negras—. Y esto... es por el futuro que tú querías asesinar en una cuna.
Con un grito que desgarró lo que quedaba de la atmósfera del Edén, Lucian impulsó a Exilum en un tajo ascendente. La espada negra no cortó la carne de Miguel de manera convencional; la atravesó como si fuera una tachadura en un manuscrito sagrado. La hoja entró por el costado del arcángel y salió por el hombro opuesto, destrozando las tres alas del lado derecho en una lluvia de plumas blancas que se desintegraban en ceniza antes de tocar el suelo.
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Editado: 03.05.2026