La casa quedó en silencio después de la confesión.
Las luces del salón apenas iluminaban las cajas apiladas en las esquinas y los muebles nuevos que aún olían a madera recién pulida. Afuera, el viento movía suavemente los árboles del jardín.
Max estaba sentado en el sofá, mirando el suelo.
Kang estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
Ninguno hablaba.
No era un silencio incómodo... era uno nuevo. Extraño.
Finalmente Kang suspiró.
—Esto es raro.
Max levantó la vista.
—¿El qué?
—Todo —respondió Kang, señalando alrededor—. Esta casa. El matrimonio. Nosotros.
Max soltó una pequeña risa.
—Pensé que solo te molestaba yo.
Kang lo miró.
—También.
Max fingió indignarse.
—Oye.
Kang caminó lentamente hacia el sofá y se sentó en el otro extremo.
Por primera vez desde que llegaron, no había tensión entre ellos.
Solo una calma rara.
—Entonces... —dijo Max después de un momento— ¿qué hacemos ahora?
Kang arqueó una ceja.
—¿Cómo que qué hacemos?
—Pues... somos una pareja ahora, ¿no?
Kang lo miró con expresión incrédula.
—Acabamos de aceptar que nos gustamos. No significa que sepamos cómo hacer esto.
Max se inclinó hacia atrás en el sofá.
—Bueno... supongo que podríamos empezar como cualquier pareja normal.
Kang soltó una risa corta.
—Nada de esto es normal.
Max lo miró de lado.
—Tal vez no... pero podría ser bueno.
El alfa no respondió inmediatamente.
Se quedó observándolo.
Max tenía el cabello ligeramente despeinado por el viaje y la camisa arrugada. No se veía como alguien que estaba a punto de casarse por obligación.
Se veía... cómodo.
Real.
Kang se dio cuenta de algo que lo sorprendió.
Le gustaba verlo así.
—Hay cuatro habitaciones —dijo Kang de repente.
Max parpadeó.
—¿Qué?
—En la casa —explicó Kang—. Cuatro habitaciones.
Max entendió al instante y sonrió con picardía.
—¿Estás diciendo que no quieres dormir conmigo?
Kang rodó los ojos.
—Estoy diciendo que no quiero que después te quejes.
Max se levantó del sofá y caminó hacia él.
—No me quejaré.
Se detuvo frente a Kang.
—Confía en mí.
Kang lo miró unos segundos... y luego se levantó también.
—Bien.
Max levantó una ceja.
—¿Bien?
—Pero si roncas, te mando al otro cuarto.
Max soltó una carcajada.
—Trato hecho.
Y por primera vez desde que cruzaron la puerta de esa casa... ambos sonrieron sin reservas.