Warhammer40k: Campos De Guerra

Capitulo 3- Clavious

Un corredor inmenso se extendía ante nosotros, iluminado por luces rojas intermitentes que hacían bailar sombras monstruosas en las paredes. Docenas… no, cientos de tiránidos se agolpaban allí, retorciéndose, reptando, arrastrándose por paredes y techo como un enjambre demoníaco.

Y todos mirándonos.

Un rugido profundo retumbó más lejos, en la oscuridad del pasillo.

Un rugido que hizo vibrar el suelo.

Clavious apretó su puño.

—Esa es la bestia de la que nos habló el Capitán North…

Kane, riendo nerviosamente:

—Bueno, no parece tan amigable…

Los tiránidos avanzaron… y el corredor entero se convirtió en un océano vivo de garras, mandíbulas y odio puro.

—¡FORMACIÓN DE MURO! —gritó Clavious.

Las balas fueron lo primero en volar.

El pasillo se iluminó con destellos de fuego, una tormenta de proyectiles que arrancaban carne xenos por montones. Sin embargo, el enjambre no se detenía. Los tiránidos avanzaban, trepando sobre los cadáveres de los suyos con una ferocidad antinatural.

Artruss se lanzó hacia el frente, espada sierra rugiendo como un demonio mecánico.

Volvon abrió fuego desde la retaguardia, cortando oleadas antes de que llegaran a tocar nuestras placas.

Un guerrero tiránido saltó hacia mí, garras extendidas.

Lo recibí con un golpe directo en el pecho, partiéndolo contra la pared.

—¡AÚN FALTAN MÁS! —rugió Kane mientras disparaba a bocajarro en el rostro de una criatura.

Y entonces lo escuchamos.

Un estruendo.

Como si algo gigantesco estuviera arrastrándose hacia nosotros.

El suelo tembló bajo nuestros pies. Una vibración profunda resonó en las paredes, como si el edificio entero respirara.

Clavious levantó su espada y señaló hacia el fondo del pasillo.

—Viene hacia nosotros. Prepárense… que el Emperador nos proteja.

Y allí, emergiendo de la oscuridad, apareció.

No era solo un tiránido.

Era una abominación.

Un coloso biotitánido de más de cuatro metros de altura, cubierto por placas óseas entrelazadas que parecían una armadura demoníaca. Sus múltiples ojos verdes brillaban con inteligencia perversa. Dos garras gigantescas golpeaban el suelo mientras caminaba, dejando cráteres donde pisaba.

Su mandíbula se abrió en cuatro partes, como un pétalo de pesadilla.

Y rugió.

El rugido nos golpeó como una onda de choque física.

El aire vibró.

Las luces parpadearon.

Los tiránidos alrededor parecieron embriagarse con la presencia de su monstruosa reina guerrera.

—¡UN HIJO DEL NIDUS! —exclamó Volvon, retrocediendo un paso—. ¡Hermanos, eso no es un guerrero normal!

Kane rió histéricamente.

—¿Y cuándo demonios nos ha tocado algo normal?

El monstruo levantó una de sus garras…

y la estampó contra la pared, rompiéndola como si fuera de papel.

Artruss susurró, con una sonrisa maligna:

—La guerra es siempre la guerra…

Y cargó.

Artruss se lanzó contra la criatura con una valentía suicida, espada sierra rugiendo al rojo vivo. El monstruo levantó una garra para aplastarlo, pero Artruss rodó por el suelo y se deslizó por debajo del titánido, hundiendo su espada en una de sus patas traseras.

La bestia gruñó, sacudió la extremidad y lanzó a Artruss varios metros hacia atrás, estrellándolo contra la pared. Pero el Astartes se levantó, escupiendo sangre y riendo.

—¡HE PROBADO COSAS PEORES! —rugió.

Mientras tanto, el enjambre se abalanzaba sobre nosotros con renovada ferocidad.

Kane detonaba cabezas y miembros, sus disparos creando una lluvia grotesca de vísceras y fragmentos óseos. Volvon, más sereno, apuntaba siempre al punto exacto: garganta, articulaciones, ojos.

Yo me abrí paso a golpes, destrozando criaturas pequeñas con mis puños y aplastando otras con mi peso.

—¡MARCUS! ¡A TU IZQUIERDA! —gritó Volvon.

Un guerrero tiránido saltó hacia mí, pero lo sujeté del cuello con ambas manos. Sentí su tráquea orgánica quebrarse bajo mis dedos mientras lo estampaba contra el piso.

El biotitánido volvió a rugir, esta vez avanzando hacia Clavious.

Nuestro capitán no retrocedió.

—¡CONMIGO, HERMANOS! ¡POR EL EMPERADOR!

Nos lanzamos al combate frontal.

El choque fue brutal.

El monstruo atacó con una velocidad imposible para su tamaño. Sus garras eran látigos de muerte. Una de ellas golpeó a Volvon, arrojándolo contra el techo antes de caer al piso de mala manera.

—¡VOLVON! —grité.

—Sigo vivo… por ahora —contestó, tosiendo sangre.

Clavious se abalanzó sobre la criatura, clavando su espada potenciada en el torso blindado del titánido. La hoja atravesó varias placas óseas, pero no lo suficiente como para matar a la criatura.

Esta respondió golpeándolo con el dorso de una garra, lanzándolo por el pasillo como un juguete.

—¡CAPITÁN! —gritó Kane.

El monstruo avanzó para rematarlo… pero yo me lancé sobre su pierna, incrustando mi hoja sierra en la articulación. La bestia chilló con rabia, tratando de sacudirme. Kane disparó repetidamente contra uno de sus ojos, reventándolo en una explosión de sangre verde.

Artruss, renacido en pura furia, saltó sobre la espalda de la criatura y comenzó a serruchar entre las placas dorsales.

—¡MUERE, ENGENDRO DEL VACÍO!

La criatura rugió, esta vez con dolor real.

Pero aún no caía.

Y el enjambre seguía fluyendo por el pasillo, como si la horda no tuviera fin.

La situación era insoportable.

Demasiados tiránidos.

Demasiada presión.

Una bestia que parecía no tener fin.

Clavious se puso de pie, tambaleante, con sangre bajando por su casco.

—Hermanos… debemos derribar al coloso. Si no lo hacemos, no saldremos vivos de este nivel.

Volvon, apoyado contra la pared, cargó una granada melta.

—Tengo algo… pero necesito acercarme.

—¡CUBRAN A VOLVON! —ordenó Clavious.

Kane y yo abrimos fuego salvajemente, limpiando el camino mientras Volvon avanzaba cojeando, sujetando la granada como si fuera su última esperanza.




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