Watashi ni totte no Risōkyō

Capítulo 1 El primer paso hacia un mundo ideal

El murmullo recorría los dorados salones del cielo como un susurro helado. Las noticias habían llegado desde el más alto trono: Mika, el arcángel más respetado, el guerrero temido y admirado por su inquebrantable sentido del deber, había sido despojado de su rango. Ya no era la mano derecha de la justicia divina; ahora había sido degradado a un ángel común, un alma marcada por la sanción y sentenciada a un estricto periodo de prueba en la Tierra.

—¿Cómo es posible? —preguntó un querubín con la voz temblorosa, mirando hacia las puertas prohibidas—. Mika dedicó largos años a mantener el equilibrio.

—Se dejó corromper —respondió otro ángel, con una frialdad casi mecánica—. Dicen que sus ojos ya no reflejaban la gloria divina, sino visiones terrenales... historias prohibidas por el Creador.

En los tres planos, el rumor se extendía como la pólvora: el arcángel más temido ahora caminaba entre las sombras, preparando su siguiente movimiento.

Lejos de la vigilancia divina, Mika se sumergía en las sombras buscando ansiosamente el último volumen de manga que faltaba en su colección. Ahora libre de sus funciones, la narrativa de su serie favorita ocupaba todo su tiempo y atención, devorando cada página y episodio con una devoción casi religiosa.

El universo se dividía en tres planos eternos. En lo más alto, el reino celestial era el hogar de los ángeles, seres encargados de proteger a la humanidad de manera indirecta, guiándolos bajo el mandato de Dios y entrenados por los arcángeles. En el centro florecía la Tierra, el reino de los humanos. Abajo, el infierno castigaba a los pecadores.

En el cielo, el poder no era simplemente otorgado: se ganaba. A cada ángel se le concedía una bendición única por parte de Dios, cuya fuerza dependía directamente de sus acciones. Mientras más obras buenas y hazañas realizaran en el reino celestial y en la Tierra, más bendición y poder acumulaban de parte del Creador. Al alcanzar cierta cantidad de poder, un ángel ascendía de rango, lo que amplificaba el alcance de sus bendiciones. Sin embargo, este sistema tenía una regla implacable: si el poder de un ángel llegaba a cero, su existencia se apagaba para siempre, muriendo de inmediato sin posibilidad alguna de reencarnación.

Por esta razón, la supuesta morada de paz se había convertido para Mika en un hervidero de egos donde todos competían por ser los más populares y poderosos. Cada acción benevolente no era más que una moneda de cambio ante Dios, un calculador intento por acumular poder para la batalla.

Mika fue degradado tras descubrirse su secreto: era un fanático absoluto del entretenimiento humano.

«Ojalá hubiera conocido este entretenimiento humano hace más de quinientos años», pensó Mika con amargura. «Hubiera preferido mil veces haberme perdido en estas historias antes que perder el tiempo comandando a esos idiotas presumidos».

En el cielo, las "buenas acciones" y las hazañas no se realizaban por empatía o buena fe. Para los ángeles, proteger a la humanidad era simplemente una competencia fría: una búsqueda calculadora de méritos para acumular poder, escalar en la jerarquía y ostentar un rango superior. Nadie servía por vocación; servían por ambición.

Un movimiento brusco lo devolvió a la realidad. Un ángel con el rostro inexpresivo le portó el decreto oficial: había llegado la hora del juicio.

La puerta del salón celestial se abrió con pesadez. Al entrar, Mika vio los tronos de los cuatro arcángeles ocupados. A su derecha, Yuki, la compasiva, bajó la mirada con tristeza. A su lado, Takeshi, el protector, se mantuvo inexpresivo. En el extremo, Hiroshi movía sus manos impaciente, deseando volver a su entrenamiento. Pero fue Ren quien rompió el silencio con una sonrisa burlona.

Ren siempre había guardado un profundo rencor hacia Mika. Detestaba con toda su alma la superioridad natural que este demostraba en cada misión, su impecable reputación y el respeto casi divino que infundía en las tropas. Para Ren, la existencia misma de Mika era una sombra que opacaba su propio brillo, por lo que llevaba siglos buscando de forma compulsiva cualquier mínimo error o falla que pudiera humillarlo y hacerlo quedar mal ante el trono divino.

Y esta era, sin duda, la oportunidad perfecta que tanto había estado esperando.

—Vaya, vaya... Miren quién decidió aparecer —soltó Ren con tono venenoso, acomodándose en su trono con satisfacción—. El gran arcángel modelo, la perfección hecha guerrero... cayendo ante semejante falta de respeto. ¿Cómo se siente saber que estás a punto de perderlo todo? Parece que la perfección tenía fecha de caducidad, Mika.

La voz de Dios resonó en la estancia, sin cuerpo visible pero con un peso absoluto:

—Siéntate, Mika. Estoy muy decepcionado de ti. Tu desempeño ha bajado. Tus subordinados denuncian que desapareces en horario laboral y he recibido reportes inusuales sobre el uso indebido del portal al mundo humano. Todo se te atribuye a ti. ¿Tienes algo que decir en tu defensa antes de ser degradado? Agradece que no te arrebate la existencia.

Mika apenas levantó la vista, manteniendo su rostro impasible.

—No —respondió con total calma—. ¿Cuándo me puedo retirar a mi habitación?

Justo en ese instante, el aire de la sala celestial se volvió helado y ridículamente pesado. Un silencio sepulcral cayó sobre el consejo de arcángeles.

A la derecha de Mika, Yuki se puso completamente pálida y bajó la cabeza, mirando cabizbaja el suelo de mármol, incapaz de asimilar la audacia de quien fuera su maestro y guía. Takeshi abrió los ojos de par en par, sumido en un absoluto estupor al escuchar semejantes palabras dirigidas a la autoridad suprema. Hiroshi, por su parte, apretó los puños con el rostro contorsionado en una clara expresión de enojo ante semejante insolencia. Mientras tanto, Ren apenas podía disimular una sonrisa retorcida de victoria.

Una presencia abrumadora llenó cada rincón del salón. Dios, la entidad suprema y creadora de todo el concepto de la existencia humana, emanó un aura de pura indignación. En sus milenios de existencia, desde la creación misma del universo y de la Tierra, jamás ninguno de sus ángeles ni arcángeles le había respondido con semejante desinterés ni falta de respeto.



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Editado: 18.10.2026

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