When Two Fates Flow into Love

I know you? 1

Su madre estaba de pie frente a él. Pero su rostro… su rostro no podía verlo. No había calidez en su presencia, ni en su voz. ¿Alguna vez la hubo?

Do-yun extendió la mano hacia ella, como si pudiera alcanzarla, como si en algún rincón de su memoria aún quedara el rastro de su tacto. Pero antes de que pudiera tocarla, sus ojos se abrieron de golpe, la imagen se esfumó como un sueño desmoronándose en la bruma del despertar.

Parpadeó, desorientado. Su mano seguía suspendida frente a su rostro, temblando apenas. Bajó lentamente el brazo y sintió el peso del sueño aferrándose a sus hombros. Se enderezó con esfuerzo, alejándose del escritorio con movimientos torpes, y la brisa fría de la tarde le golpeó la cara, arrancándole un escalofrío.

El aula estaba en penumbra, iluminada solo por la luz mortecina que se filtraba entre las cortinas. Aún no terminaba el almuerzo. La monotonía del ambiente se extendía como un manto pesado: escritorios alineados con precisión, el murmullo lejano de estudiantes en el pasillo, el leve crujido de una silla mal ajustada.

Do-yun estiró el cuerpo y dejó escapar un bostezo perezoso. No recordaba en qué momento se había quedado dormido ni cuántas clases se había perdido, pero la sensación de agotamiento seguía hundida en sus huesos.

Se puso de pie, tambaleándose un poco, y caminó hacia la puerta.

—¿Viene hoy? —escuchó una voz femenina al otro lado del aula.

Se detuvo un instante antes de deslizar la puerta y asomarse. Afuera, un grupo de cinco chicas conversaba en voz baja. Al notar su presencia, se sobresaltaron y dieron un paso atrás, como si su sola aparición hubiera perturbado el aire a su alrededor.

El pelinegro ignoró sus reacciones y simplemente se hizo a un lado, dispuesto a seguir su camino.

—¿Ese todavía sigue aquí? —susurró una de ellas, creyendo que no la oían.

Fingió no haber escuchado y apuró el paso.

El pelinegro observaba a lo lejos a los chicos de su clase reír y jugar entre ellos. Estaban en febrero, y el frío abrazador mordía la piel sin piedad, pero ellos parecían ignorarlo. Corrían por el patio como si la temperatura gélida no fuera más que un leve inconveniente, como si la risa bastara para mantenerlos en calor.

Él, en cambio, se limitó a mirar la palma de su mano, enrojecida por el clima. El leve hormigueo en sus dedos le recordaba que estaba allí, pero se sentía distante, como si su cuerpo fuera solo una extensión de algo más vacío.

—¿Do-yun? ¿Qué haces aquí?

La voz dulce y familiar lo sacó de sus pensamientos. Parpadeó y alzó la mirada, encontrándose con los rizos pelirrojos que contrastaban con el gris de la tarde.

—Woo-jin —susurró, su voz apenas un aliento de sonido.

Woo-jin no tardó en sentarse a su lado, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca como para dejar en claro que no tenía intención de irse. Observó en la misma dirección en la que Do-yun había estado fijando la vista por minutos, en silencio, como si tratara de entender qué veía él en esa escena.

—¿Te enteraste? —preguntó, sacudiendo sus manos para combatir el frío antes de girarse hacia él.

—¿De qué hablas? —respondió Do-yun con desgana, alejándose ligeramente.

Woo-jin notó el movimiento, pero solo soltó una pequeña carcajada, sin molestarse.

—Van a trasladar a un chico de Australia —comentó con una sonrisa, como si aquella noticia tuviera alguna importancia. Pero cuando vio la falta de interés en el rostro de Do-yun, su entusiasmo se desvaneció de inmediato.

El silencio se instaló entre ambos, pesado y cargado de algo más que el frío de Febrero. Woojin respiró hondo antes de hablar de nuevo, esta vez con más cautela.

—Do-yun… ¿no sabes nada de Jeong-in?

El nombre cayó como una piedra en el estómago de Do-yun. Un sabor amargo le inundó la boca y un escalofrío le recorrió la columna, paralizándolo por un segundo.

Sin pensarlo, se levantó de golpe y desvió la mirada, evitando que Woo-jin pudiera ver la tormenta en sus ojos.

El pelirrojo reaccionó rápido y sujetó su muñeca con firmeza, pero Do-yun la apartó con un gesto brusco.

—Ella dejó de estar viva para mí —soltó con una frialdad cortante.

Woo-jin sintió un nudo en el pecho. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero en lugar de insistir, solo bajó la cabeza, aceptando las palabras de su amigo con el peso que llevaban.

Do-yun no lo miró. No podía hacerlo. No quería recordar. Solo quería alejarse.

Y así lo hizo.

Mientras regresaba a su salón, las miradas de todos se clavaban en él como agujas envenenadas. Unas cargadas de veneno puro, otras teñidas de miedo. «¿Es verdad?», preguntaban los curiosos en voz baja. «¿Por qué no se muere de una vez?», murmuraban los que apretaban los puños, como si solo esperaran el momento para golpearlo. Pero esa era otra realidad que Kim Do-yun había aprendido a soportar: una en la que solo bajaba la cabeza, cruzaba los brazos sobre el pecho y esperaba cada impacto. Una realidad para la que lo habían preparado desde hacía tiempo, aunque su propia mente lo usara ahora como arma contra él mismo.

—Kim Do-yun, ¿por qué tan solo? —escuchó de pronto.

Su cuerpo se detuvo en seco. Miró de reojo: tres chicos de cabellos teñidos en colores chillones, sonrisas burlonas y filosas como navajas. No se giró del todo; solo bajó la vista al suelo, esperando que pasara rápido, como siempre.

—¿Por qué no hablas? —insistió uno.

Sintió el primer empujón: lo estrellaron contra los casilleros con fuerza. El chico de cabello castaño y mirada profunda —un tercero, voz ronca, alguien a quien jamás había visto tan de cerca— lo tenía ahora frente a frente. Do-yun se recompuso lentamente y los observó. Eran desconocidos. No los reconocía de ningún grupo anterior.

—¿Te burlas de nosotros? —escupió otro, agarrándolo del cuello de la camisa y estampándolo de nuevo contra el metal con tanta violencia que el aire abandonó sus pulmones en un jadeo ahogado.



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En el texto hay: acccion venganza persecucion

Editado: 01.07.2026

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