When Two Fates Flow into Love

Why can't you love me? 2

La habitación de Do-yun había dejado de sentirse cálida. El techo era lo último que observaba antes de quedarse dormido, pero esa noche el sueño no llegaba. Eran las once y el nombre de Jin-woo seguía resonando en su mente, cada vez con más fuerza. Esa aura... ya la conocía, ya la había sufrido.

El vibrato repentino de su teléfono lo sacó de sus pensamientos. Lo tomó y miró la pantalla; el nombre del remitente le revolvió el estómago y aceleró sus latidos. Se incorporó en la cama y abrió el mensaje.

Dudó en responder. No quería involucrarse con ella. Eso implicaba muchas cosas, cosas que prefería ignorar. Apagó la pantalla del teléfono y lo arrojó lejos de sí. Volvió la mirada al techo y, poco a poco, sintió una extraña pesadez inundando su cuerpo, un ardor en los ojos que lo obligó a cerrarlos.

Se encontraba en un jardín de tulipanes marchitos. El cielo gris y el frío mordían su piel.

—Do-yun —la voz tan familiar lo hizo voltear con miedo y urgencia.

Allí estaba. De pie, mirándolo de aquella manera que lo enfermaba.

—¿Qué carajo quieres? —se levantó de golpe, retrocediendo un paso.

—¿Tanto asco te doy? —forzó una sonrisa mientras las lágrimas resbalaban por su mejilla.

—Jeong-in… Solo quiero que te alejes —susurró con la voz quebrada, retrocediendo aún más.

Jeong-in soltó una carcajada amarga.

—¿Acaso pretendes seguir evitándome? —trató de acercarse, extendiendo la mano hacia él.

—¿Por qué no lo entiendes? Aléjate. —Su voz salió fría y cortante. Los ojos de Jeong-in se llenaron de más lágrimas y su mano cayó hasta sus caderas.

—No te entiendo… Perdón por molestar. —Su voz apenas fue un susurro entre sollozos. Bajó la mirada y se dio la vuelta, alejándose.

Esto era lo mejor. Olvidarla sería lo mejor. Todo esto era solo un gran error.

La humedad en su rostro lo hizo abrir los ojos. Se incorporó y miró la almohada: la mancha de lágrimas le hizo tragar saliva. Secó su rostro con brusquedad. Qué estúpido. Esta sensación era estúpida. Se levantó con fastidio y dirigió la mirada al reloj en la pared. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la hora. ¡Maldición! Solo tenía media hora.

Corrió al baño y tomó una ducha rápida. Se vistió apresuradamente, tomó un emparedado y salió del departamento.

Corría por las calles, el tiempo se agotaba. Al doblar una esquina, no notó a la persona que venía del otro lado. El impacto lo hizo retroceder, llevándose la mano a la frente al escuchar el quejido de un chico. Levantó la mirada y vio a una figura de espaldas que se quejaba entre dientes.

—Disculpa, no vi por dónde…

La voz se le quebró antes de completar la frase. Su corazón se aceleró y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Do-yun? —la voz del chico sonó rota. Un rastro de sangre recorría su nariz hasta sus labios.

—¿Jin-woo? —Do-yun se apresuró a ofrecerle un pañuelo. El otro chico sonrió y lo aceptó. Su cuerpo estaba paralizado. ¿Qué carajo pasaba aquí? El destino demostraba muy a menudo que él no era su persona favorita.

—¿Estás bien? —se atrevió a preguntar al notar que el sangrado no se detenía del todo.

—Sí, no te preocupes. ¿Por qué tanta prisa? —Jin-woo recuperó la compostura mientras mantenía el pañuelo sobre su rostro.

—Por la hora —susurró Do-yun, volviendo a caminar.

Jin-woo lo observó por un segundo y luego caminó a su lado.

—Hoy entramos a las nueve y quince —dijo entre un quejido.

Do-yun lo miró, dejando ver su sorpresa. Luego desvió la mirada al frente. Jin-woo era ciertamente más alto que él, su piel era clara y tenía ojos grandes de un color cálido.

El resto del camino fue silencioso, pero no incómodo. Al contrario, había algo acogedor en ello. Hacía meses que no caminaba cómodamente al lado de alguien, y eso empezaba a molestarle.

Woo-jin suspiró, fastidiado por otra reunión repentina del consejo de deportes. Odiaba aquellas interrupciones inesperadas, sentía que lo alejaban de cualquier intento de tranquilidad, de ese equilibrio frágil que llevaba semanas intentando mantener sin demasiado éxito.

Mientras murmuraba su descontento, una ráfaga de viento golpeó su rostro, arrastrando con ella el aroma fresco de los jardines. Notó cómo las flores lucían más hermosas de lo habitual, con esa indiferencia particular de las cosas vivas que siguen adelante sin consultar si el momento es el adecuado. Como si el mundo se empeñara en continuar, ajeno a todo lo que había sucedido.

Hacía meses, todo había cambiado.

Woo-jin apretó los puños con frustración. Las cosas no debieron terminar de esa manera. Do-yun había sido demasiado duro con Jeong-in. Aquella última conversación. No debió haber tenido palabras tan hirientes, ni golpes. Fue devastador verlos destruirse de esa forma, ver cómo los rumores arrastraban a Do-yun y cómo, sabiendo lo frágiles que eran los sentimientos de ella, la había destrozado sin dudar, como si no supiera o como si no pudiera hacer otra cosa.

Woo-jin sintió un nudo en el estómago.

Debería haber hecho algo. Pero no lo hizo.

Solo se quedó mirando. Observó cómo se herían, cómo se rompían mutuamente, con esa impotencia específica de quien ve todo desde afuera y no encuentra la manera de entrar. Bajó la mirada y sus ojos se posaron en un tulipán rosado que crecía junto al camino, solo, sin compañía, con una terquedad silenciosa que no pedía atención.

Quizás ellos nunca debieron conocerse. Tal vez su destino nunca fue cruzarse. Eran todo lo dañino del otro, y nunca debieron descubrir el dolor ajeno, ese dolor que se aprende a cargar solo y que se vuelve peligroso cuando alguien más lo toca sin saber cómo sostenerlo.

Sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de aquellos pensamientos. No servía de nada seguir recordando. El viento pasó otra vez, más suave esta vez, moviendo apenas las flores del jardín.

Levantó la vista.

Y en la entrada del instituto, una escena inesperada le heló la sangre



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En el texto hay: acccion venganza persecucion

Editado: 10.07.2026

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