Nadie recuerda quién fundó Willard.
No porque no haya registros, sino porque nunca le importó a nadie. Las ciudades como esta no necesitan un origen; solo necesitan que el tiempo haga su trabajo.
Willard es un lugar común. Demasiado común. Calles limpias, edificios viejos pero funcionales, gente que aprendió a no mirar dos veces. Si uno pasara por aquí sin detenerse, jamás pensaría que alguna vez ocurrió algo digno de ser recordado.
Y, sin embargo, ocurrió.
Personas desaparecieron sin dejar rastro. Otras regresaron distintas, como si algo les hubiese sido arrancado. Hubo historias que circularon durante un tiempo y luego se apagaron, enterradas bajo años de silencio voluntario.
La gente dice que fue el paso del tiempo. Yo creo que fue una decisión.
En Willard, olvidar es una forma de sobrevivir.
El problema es que algunos recuerdos no desaparecen.
Solo esperan.