Willard: El reflejo de un extraño

Capítulo 3: La calma no es inocente

La oficina del teniente no es diferente al resto de la ciudad. Un lugar viejo, impersonal, práctico y falto de emoción. Las paredes tenían una coloración amarilla, poseía un gran escritorio modular de madera oscura, con una gran ventana tras él, una silla giratoria común con un chillido exasperante, suelo de linóleo agrietado y un ventilador de techo.

Este sitio tenía impregnado el aroma a cuero gastado y cigarrillos baratos de su ocupante.

Me hicieron esperar allí sentado unos 20 minutos, hasta que Donald tuvo la decencia de aparecer. Se sentó en su silla, se acomodó los lentes y se me quedó viendo por un par de segundos.

—Donald, si buscas intimidarme, ambos sabemos muy bien que no lo conseguirás únicamente con los ojos.

—No te cité a mi oficina para intimidarte, Michael. Solo quiero saber si todo está en orden.

—Hay un asesino serial de mujeres suelto, así que creo que es muy seguro asegurar que no. Las cosas no están en orden.

Hizo una pausa, cerrando los ojos y pensando qué decir a continuación.

—¿Por qué pediste el expediente del incidente del 19?

—Responderé si tú me dices por qué es que los archivos de un caso tan importante son clasificados.

—Está bien, lo haré. Pero contesta mi pregunta primero.

—De acuerdo. Simplemente quise inspeccionarlo, para cerciorarme de no pasar nada por alto en la investigación de nuestro fugitivo. Eso es todo.

Se mostró realmente decepcionado al escuchar dicha respuesta y la verdad es que no podía culparlo.

—Escucha, tú, yo, Mark, Abigail, el resto del departamento, los civiles en general, todos saben lo que pasó hace 6 años. La triste verdad es que en el informe no hay nada nuevo o útil que ayude a la investigación actual, y tu lo sabes muy bien. Así deja de mentirme.

No sabía bien qué decir; es una de las tantas verdades incómodas que elegimos ignorar.

—Donald, me conoces desde hace años, ya sabes la respuesta.

—Así es, pero quería escucharlo de ti, porque el primer paso para resolver un problema es aceptar que lo tienes. Esto no te llevará a nada bueno, solo te destruirá.

Agaché la cabeza.

—Lo sé y es verdad. Tengo un problema con esa clase de situaciones. pero ahora respóndeme, ¿por qué el expediente está clasificado?

De nuevo se me quedó viendo, pensando qué decir con exactitud. Como si buscara suavizar el golpe.

—Lo clasificamos, porque queríamos que el menor número de personas posible lo viera.

—¿Qué?

—Como dije, el expediente no tiene nada útil, no tiene nada que alguien de esta ciudad no sepa. Si se llegase a filtrar al público general, nos daría muy mala fama, peor de la que de por sí ya tenemos. ¿Por qué la gente se daría cuenta qué no tuvimos ni un solo avance en una investigación tan importante como esa?

—Entiendo. Entonces supongo que eso es todo.

Me levanté para empezar a partir del lugar.

—Espera.

—¿Qué sucede?

—Escucha. No quiero que jamás olvides que fue por culpa de tu obsesión con esta clase de casos que te echaron del departamento de personas desaparecidas, y fui yo quien te recogió y te dio una segunda oportunidad aquí en homicidios. Pero si quiero, también puedo echarte. Deja de perder el tiempo pensando en casos inútiles y concéntrate en lo importante; recuerda que aún hay un psicópata suelto que podría estar matando a alguna chica ahora mismo. ¿Entiendes?

La verdad es que no me creía eso de que sería capaz de despedirme, pero en este tipo de situaciones supongo que no conviene el conflicto.

—Sí… entiendo.

—Bien, ahora vete.

No me quedó de otra más que obedecer. Se sintió particularmente extraño ver a Donald ejerciendo amenazas.

Me dirigí hasta la cocina del departamento, donde me encontré con William.

—Con que te regañaron.

—Sí, pero me lo merecía.

Abrí la alacena.

—Si buscas donas, no las encontrarás; ya me las acabé, al igual que el café.

—Mierda.

—Eso te pasa por llegar tarde, Mickey.

—Bueno, ahora me las debes.

—¿Qué te parece si te las pago ahora invítandote unos tragos?

Tras lo cual me mostró una sonrisa altanera.

—No deberíamos, todavía tenemos trabajo que hacer.

—¡Ay, por favor! Tienes que relajarte, no tenemos nada del asesino y tampoco conseguiremos nada quedándonos aquí. Ten esto.

Me lanzó una lata de cerveza para que la atrapara.

—Tienes que aprender a relajarte.

La bebí hasta el fondo mientras caminábamos hacia su auto. Media hora después, ya nos encontrábamos en la barra de un bar.

Nunca antes había venido al Blind Spot.

El alcohol de sus bebidas que quemaba mi garganta, la luces neón que parpadeaban erráticamente y el olor a perfume barato parecían querer seducirme e invitarme a apagar mi cerebro y unirme a esa ola de alegría artificial.

Aunque no funcionaba, agradecía el intento.

El lugar estaba tranquilo pese a tener aspecto de ser de esos sitios donde te reúnes con tus amigos para bailar. Tal parece que nuestro asesino anónimo no le quitó la alegría únicamente a sus víctimas.

—Lo ves, tienes que despejar la mente para poder ver otro ángulo.

—Sí, pero no puedo dejar de pensar en esos cuerpos… y ese bosque.

William desvió la vista y acabó su trago.

—Sí —empezó —. Es una lástima. Siempre vi los rumores sobre las supuestas maldiciones de Ravenwood como poco más que leyendas urbanas. Jamás creí que algo como esto fuera posible. No aquí.

Ravenwood siempre fue visto como un lugar maldito. Si bien eso no eran más que rumores, cada tanto algún valiente que se atrevía a adentrarse en sus oscuras profundidades acababa desaparecido. A veces para siempre y en otras sus cuerpos eran encontrados sin vida, debido a ser incapaces de salir a tiempo.

Pero al parecer a nuestro querido fugitivo no le provocó ninguna clase de temor las advertencias policiales.

—Casi nadie se atreve a entrar. Era lógico que eventualmente alguien se diera cuenta que era un excelente lugar para esconder cadáveres.




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