Capítulo 1: El Espejismo de Vidrio y Hierro
El autobús de chasis pesado avanzaba a velocidad constante por la carretera secundaria, un camino de asfalto agrietado donde los baches hacían vibrar la estructura metálica cada pocos minutos. La vía se adentrabas sin prisa en una franja montañosa donde la vegetación se volvía progresivamente más densa, tupida y de un verde oscuro casi asfixiante. A medida que la civilización quedaba atrás, las barras de señal en los teléfonos móviles comenzaron a desaparecer una a una, pero dentro del vehículo nadie parecía notarlo. La atmósfera permanecía ajena por completo al aislamiento exterior; era un hervidero efervescente de voces superpuestas, risas espontáneas, equipajes ajustándose en los portaequipajes superiores y expectativas propias de quienes creían estar a punto de iniciar la mejor etapa de sus vidas en una institución de máximo prestigio.
En uno de los asientos traseros, Mia mantenía la frente apoyada contra el cristal frío, dejando que las ligeras sacudidas del camino le adormecieran los sentidos mientras acariciaba con yemas temblorosas el borde desgastado de una libreta de dibujo. Sus ojos de tono lila reflejaban una melancolía que intentaba ocultar tras su flequillo blanco. Había pasado toda su vida sintiéndose invisible, abandonada por unos padres que jamás tuvieron tiempo para ella y cargando con el peso constante de un TDAH que la hacía dudar de cada uno de sus pasos. Para ella, este viaje no era solo educación; era la oportunidad desesperada de empezar de cero en un lugar donde nadie conociera sus fallos.
—Tranquila, Mia, no vas a arruinarlo el primer día —se susurró a sí misma en un murmullo apenas audible, apretando los labios con una inseguridad punzante mientras entrelazaba los dedos sobre su regazo—. Esta vez vas a hacer las cosas bien. Vas a destacar. Nadie tiene por qué juzgarte.
A pocas filas de distancia, la energía era completamente opuesta. Zara reía con calidez mientras escuchaba las ocurrencias de su hermano gemelo, Zack. Los dos compartían la misma piel morena clara, el cabello negro ondulado y esos característicos ojos verdes que llamaban la atención de inmediato, aunque la actitud de ambos no podía ser más distinta. Mientras Zara irradiaba la madurez tranquila de una líder nata, Zack se inclinaba sobre el pasillo con la soltura de quien se sabe atractivo, conversando con una chica del asiento contiguo mientras le regalaba una de sus sonrisas más abiertas.
—¿De verdad crees que esa sonrisa te va a conseguir el mejor casillero del pabellón, Zack? —bromeó Zara, acomodándose los anteojos de armazón delgado sobre el puente de la nariz con gesto divertido.
—La sonrisa abre puertas, hermanita —respondió Zack con un guiño pícaro y una soltura contagiosa, acomodándose la postura para lucir sus hombros anchos y musculosos—. Además, alguien tiene que mantener la diplomacia en la familia antes de que tú nos pongas a marchar a todos con tu temple de capitana.
Un par de filas más adelante, la presencia de Lia no pasaba desapercibida. A pesar de compartir rasgos casi idénticos con Mia —el mismo rostro de facciones finas y los llamativos ojos lila—, la actitud de Lia proyectaba un aura completamente distinta. Su piel tenía un matiz rosado y saludable, su cabello era de un rubio claro impecable y su postura respiraba una altivez calculada. A su lado, Rubí, una chica rubia de piel pálida, ojos azules y ropa recortada que desafiaba cualquier código de vestimenta, miraba a los demás pasajeros con desdén manifiesto.
—Mira a esta gente, Lia —murmuró Rubí en voz lo suficientemente alta para ser escuchada, cruzándose de brazos con aburrimiento—. Si este es el nivel de la universidad, me voy a morir de fastidio en una semana.
—Tranquila, Rubí —respondió Lia con una sonrisa ladina, disfrutando la atención que generaban juntas—. Asegurémonos de quedar en el mejor pabellón y el resto que se conforme con las sobras.
Cerca del centro del autobús, Elizabeth permanecía sentada con una postura impecable. Su rostro, enmarcado por ondas de cabello pelinegro y realzado por sus inusuales ojos amarillos, proyectaba una dulzura serena y accesible. Su hermosa figura y su actitud pacífica atraían miradas de simpatía por donde pasaba.
—¿Estás segura de que este es el camino correcto? Siento que nos alejamos demasiado de la ciudad... esto parece un bosque abandonado —le preguntó un chico de primer año, visiblemente nervioso, desde el asiento de al lado.
—La excelencia siempre exige un poco de aislamiento, ¿no crees? —contestó Elizabeth con una sonrisa afable y consoladora, inclinando ligeramente la cabeza. Sin embargo, detrás de esa fachada cálida, sus ojos amarillos permanecieron helados e inexpresivos, analizando cada reacción del chico con la precisión de un depredador—. Seguro que cuando crucemos esas puertas entenderemos por qué es un lugar tan exclusivo. No hay nada de qué preocuparse.
El autobús tomó la curva final del puerto de montaña de manera abrupta, y el murmullo de conversaciones comenzó a morir lentamente. Frente a ellos no había jardines universitarios ni pabellones abiertos de arquitectura moderna. En su lugar, un imponente muro de concreto de más de seis metros de altura se alzaba cortando el paisaje, coronado por alambre blindado y torres de control con cristales oscuros. Las monumentales rejas de hierro del complejo aparecieron a la vista, y el ambiente festivo dentro del vehículo se apagó de golpe.
Al otro lado del perímetro, la realidad era muy diferente. Los alumnos de años superiores conocían de memoria el peso del aire en ese recinto. Al pie de las escaleras de piedra, Jade observaba la escena con los brazos cruzados. Tenía el cabello azul, la piel clara y una postura de reloj de arena que no ocultaba su firmeza. A su lado, Nick, un chico alto, rubio y de ojos grises, le dedicaba una sonrisa burlona para aligerar la tensión.
—Míralos, Jade. Vienen sonriendo como si llegaran a un resort de vacaciones —comentó Nick en tono bajo, apoyando el hombro contra la barandilla.