Wire Madness

Capítulo 0: El proyecto de modernizacion de la dimensión oscura

Un día como cualquier otro, Manolo Restituyo va a trabajar como todos los días, no sin antes pasar por la oficina de su supervisor.

—Buenos días, ministro Méndez. —Dijo Manolo mientras entra a la oficina del supervisor y se sienta en la silla frente a él.

—Ahora qué quieres, Restituyo, que no ves que estoy ocupado. —Respondió el supervisor mientras revisaba unos papeles.

—Usted sabe lo que hemos hablado durante estos tres años; ya es hora de retirarme, necesito algo mejor en mi vida. He dado todo lo mejor de mí durante estos veinte años de servicio, así que le pido que, por favor, necesito que acepte mi renuncia. —Contesto Manolo de forma decidida, causando que se pare de la silla para luego sentarse nuevamente.

—Sabes, yo también he querido que puedas irte de la empresa de la mejor forma posible; tú eres para mí uno de los mejores técnicos o, si acaso, el mejor técnico de la historia de esta compañía, pero lamentablemente, no te puedo dejar ir tan fácilmente. —Respondió el supervisor de la forma profesional.

Esto no le gustó a Manolo, lo que provoca que se indigne manifestándolo en su cara.

—Y ahora, ¿cuál es la enésima razón por la cual no me puedo ir de aquí? —preguntó Manolo de forma incómoda.

—Tú te acuerdas del proyecto de intercomunicar la dimensión oscura con la tierra, con el fin de proveer nuestra tecnología a esa dimensión para evitar nuestra destrucción inminente. —Respondió el supervisor.

—Adivinaré, ese proyecto que fuimos yo, usted, los supervisores y los coordinadores de la compañía a ese trapo de monte que es peor que San Juan, lleno de vainas raras, salidas del mismísimo infierno; si no fuera porque le tuvimos que enseñar los beneficios de la tecnología humana con el fin de evitar una ¡conquista mundial del mundo! por parte de esos bacas, esas vainas nos iban a trasquilar ahí mismo, si no fuera por mi labia de vendedor. —Explicó Manolo con ironía.

—Más respeto restituyo, que yo soy de San Juan. —Exclamó el supervisor, que le molestó la forma en cómo algunos dominicanos ven a San Juan y añadió, volviendo en sí. —Pero en otro orden, el Proyecto está a punto de fracasar, ya que muchos de esos seres son unos tecnófobos y conspiranoicos de la porra que creen que estamos usando el poder de las telecomunicaciones para conquistar su mundo.

—Mínimo, yo soy Superman para salvar al mundo de su eminente destrucción; no mandaron más técnicos para ese monte. —Exclamó Manolo, cambió el tema y preguntó por curiosidad e intriga. —A propósito, ministro, ¿es cierto que vamos a conquistar su mundo o qué?

El supervisor mira a las cámaras, le hace señas para decirle algo al oído. Manolo se acerca para que él se lo diga en el oído.

—Ellos dicen que no, pero si te soy sincero, sí, el mundo quiere manipularlos, someterlos y conquistarlos, como cuando los españoles les dieron espejitos a los indios por el oro, tú me entiendes. —Susurró el supervisor.

El supervisor vuelve a su asiento y Manolo se ríe de forma malévola.

—Ok, ¿cuánto me van a pagar? —preguntó Manolo, frunciendo el ceño.

—Bueno, eso depende de lo que diga el contrato... —respondió el supervisor.

—Porque yo, por instalar una orden en ese mundo, cobro cinco dragmarks y de comisiones dos dragmarks. —Contesto, Manolo.

—¿Acaso estás loco? ¿Quién te crees que eres para pedirle tanto dinero a esa gente...? —¿Y cómo tú sabes eso? —exclamó y preguntó el supervisor, enojado e indignado, que golpeó la mesa.

—Yo sabía que usted me iba a recomendar al Proyecto de Modernización de la Dimensión Oscura, por eso fue por lo que usted me pidió que lo acompañara, ¿cierto? —respondió Manolo.

—Cierto. —Respondió el supervisor de forma cruda y pensativa.

A continuación, Manolo comienza a dar un pequeño discurso:

»De los veinte años que tengo en la empresa, yo me sé todos los guiris que pasan por aquí, además de las situaciones que está pasando con el proyecto; por ese motivo les estoy exigiendo esa cantidad insana de dinero porque en ese monte de la porra me supera. Sabrá Dios qué vainas raras me esperan ahí; para ellos, nosotros somos papel de baño desechable. Tú sabes cuántos de mis compañeros han desaparecido, para que vengan ustedes, se limpien las manos como Pilato, como si no hubiera pasado nada; yo los conozco perfectamente. Yo le voy a ser sincero, Robert, yo ya pagué la casa, hice las construcciones que tenían que hacer ahí, tengo un hijo en la escuela y otro que es mayor de edad, que tiene beca y está trabajando, pagué todas las deudas que tenía, ya no le debo a nadie, por lo tanto, no tengo necesidad de seguir trabajando aquí, pero...

Manolo hace una pausa, ya que está pensando.

—Pero qué, Manolo. —Respondió Robert mientras lo mira fijamente.

—Quiero algo diferente en mi vida; mi familia ha trabajado para esta compañía durante cinco generaciones, incluso mis hijos trabajan en ella, así que quiero algo diferente a mi vida, como por ejemplo tener una empresa familiar, o por lo menos tener un ingreso del cual mi familia se pueda beneficiar sin tener que trabajar durante un largo tiempo. Aparte de la renta mensual de aquí, no te dan ni para cubrir la canasta básica, ¡balsa de tacaños del gobierno... no sé si usted me entiende, ministro! —aclaró Manolo.




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