🐺 Donde la Luna No Alcanza
Narrado por Serena
El viento del norte era distinto.
No solo más frío. Más antiguo. Como si llevara siglos sin ser tocado por la luna. Desde que salimos del castillo, Erkin y yo habíamos cruzado bosques, ríos congelados y montañas silenciosas. Pero aquí, en las Tierras del Norte, el silencio era más profundo.
—¿Sientes eso? —preguntó Erkin.
—Sí. Es como si la luna… no llegara.
Rohana se mantenía alerta. Su energía era estable, pero contenida. Como si no quisiera despertar del todo. Como si respetara algo que aún no entendíamos.
Llegamos a un valle cubierto de niebla. En el centro, una aldea de piedra y madera. No había estandartes. No había marcas lunares. Solo lobos. Humanos. Vivos. Pero distintos.
Nos recibieron con cautela. No con miedo. Con curiosidad.
—¿Quiénes son? —preguntó una mujer de cabello gris, con ojos oscuros.
—Soy Serena —respondí—. Reina del linaje lunar. Vengo en paz.
Los murmullos se alzaron. Algunos retrocedieron. Otros se acercaron.
—Aquí no creemos en la luna —dijo un hombre alto, con cicatrices en el rostro—. Aquí… sobrevivimos sin ella.
—¿Cómo?
—Con memoria. Con instinto. Con dolor.
Nos ofrecieron refugio. No por respeto. Por cortesía. Erkin y yo compartimos una cabaña sencilla. Esa noche, mientras el fuego crepitaba, hablamos en voz baja.
—¿Crees que puedan reconectar con el vínculo lunar? —preguntó él.
—No lo sé. Pero no vine a imponer. Vine a escuchar.
—¿Y si rechazan todo?
—Entonces aprenderé de ellos.
Al amanecer, me reuní con los ancianos. Les conté la historia del eclipse, de Kael’Thar, del ritual. Algunos escuchaban con atención. Otros cerraban los ojos, como si recordaran algo que no querían revivir.
—Kael’Thar nació aquí —dijo la mujer de cabello gris—. Fue uno de los nuestros. Pero quiso más. Quiso la luna. Y cuando no la obtuvo… la maldijo.
—¿Y ustedes?
—Nos ocultamos. Nos cerramos. Nos protegimos.
—¿Y ahora?
—Ahora… vemos que la luna ha cambiado. Y tú… no eres como él.
Esa noche, me ofrecieron un ritual.
No lunar.
Terrenal.
Me llevaron al centro del valle. Encendieron una fogata con raíces antiguas. Me pidieron que me sentara. Que escuchara.
Y entonces, lo sentí.
No la luna.
La tierra.
Susurros desde el suelo. Energía que no venía del cielo, sino del corazón del mundo.
—Aquí, la tierra es nuestra guía —dijo el anciano—. Y tú… puedes ser puente.
Rohana emergió. No con luz. Con raíces. Su pelaje se volvió gris. Sus ojos, verdes. Erkin se transformó también. Leonard rugió con fuerza. Y los lobos del norte… se acercaron.
No para atacar.
Para aprender.
Al amanecer, la mujer de cabello gris me tomó la mano.
—Serena, Reina de la Luna. Aquí no serás reina. Serás hermana.
—Acepto.
—Entonces, te mostraremos lo que Kael’Thar olvidó.
Y mientras el sol se alzaba sobre el valle, supe que el linaje lunar no debía reemplazar.
Debía integrar.
Porque donde la luna no alcanza…
la tierra aún canta.