Wolves: La Reina Perdida de los Lobos

CAPÍTULO 22

🐺 El Códice de los Dos Orígenes

Narrado por Serena

El valle del norte guardaba secretos que ni el eclipse había tocado.

Desde que los ancianos me aceptaron como hermana, no como reina, me mostraron rincones ocultos entre las montañas. Cuevas selladas por raíces vivas, piedras que cantaban bajo la luna, y árboles que recordaban nombres olvidados.

Pero fue en una caverna profunda, bajo el altar de tierra, donde lo encontré.

Un códice.

Tallado en piedra, no escrito en papel. Cubierto por musgo, protegido por runas que solo Rohana pudo descifrar.

—¿Qué es esto? —pregunté, mientras la luz lunar se filtraba por una grieta.

—El origen —respondió la mujer de cabello gris—. El verdadero.

El códice hablaba de dos linajes.

No uno.

Dos.

El lunar, nacido de Selene, la diosa del cielo. Y el terrenal, nacido de Elion, el espíritu de la tierra. Ambos crearon lobos. Ambos dieron dones. Pero sus hijos se dividieron. No por odio. Por miedo.

—El linaje lunar temía perder su conexión si se mezclaba —explicó el anciano—. Y el terrenal temía ser dominado por la luz.

—¿Y Kael’Thar?

—Fue el primero en intentar unirlos. Pero lo hizo con rabia. No con respeto.

Leí los símbolos durante horas. Rohana me guiaba. Me mostraba visiones. De lobos que caminaban entre estrellas y raíces. De manadas que hablaban con el viento y la luna. De un tiempo en que ambos linajes eran uno.

—¿Y por qué se separaron?

—Porque olvidaron que el poder no está en el origen. Está en la unión.

Esa noche, me senté junto al fuego con Erkin.

—¿Y si nuestro destino no es solo restaurar el linaje lunar? —pregunté.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si debemos unirlo con el terrenal? Crear un nuevo vínculo. Uno que no dependa solo de la luna… ni solo de la tierra.

Erkin me miró con asombro.

—Sería… revolucionario.

—Sería necesario.

Convocamos a los sabios del norte y a los guardianes lunares. Les mostré el códice. Les conté lo que vi. Algunos dudaron. Otros lloraron.

—¿Y cómo se unirían los linajes? —preguntó Erika, que había llegado con Marcus para la ceremonia de renovación.

—Con un nuevo ritual —respondí—. Uno que no se realice bajo el eclipse… ni solo bajo la luna. Uno que se realice entre raíces y estrellas.

—¿Y quién lo liderará?

—Todos.

Esa noche, bajo un cielo despejado, encendimos dos fuegos.

Uno lunar. Uno terrenal.

Y entre ellos, colocamos el códice.

Los lobos de ambos linajes se reunieron. No para luchar. Para escuchar. Para recordar. Para imaginar.

—Hoy no somos luna ni tierra —dije—. Hoy somos lobos. Y eso… es suficiente.

Rohana y Leonard se entrelazaron. Sus pelajes brillaron con luz y sombra. Y en el centro del círculo, una nueva energía nació.

No lunar.

No terrenal.

Mixta.

Viva.

El códice se iluminó. Las runas cambiaron. Y en su superficie, apareció una nueva palabra.

Alianza.

Y mientras el cielo se llenaba de estrellas, supe que el linaje no debía ser restaurado.

Debía evolucionar.

Porque el futuro no pertenece a los que recuerdan.

Sino a los que integran.




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