🐺 El Heredero y la Rebelión
Narrado por Serena
El cielo estaba claro, pero el aire… cargado.
Desde el altar de integración, la luna y la tierra brillaban juntas. El vínculo mixto había comenzado a florecer. Las manadas del norte enviaban mensajes de aceptación. Los guardianes terrenales ofrecían sabiduría. Y el reino… se preparaba para algo más grande.
Pero no todos estaban listos.
Convocamos a la Asamblea de las Manadas. No en el Salón de la Luna, sino en el nuevo Círculo de Alianza, donde las raíces y los cristales lunares se entrelazaban. Erkin caminaba a mi lado, su energía firme. Sienna estaba detrás, con su loba blanca. Erika y Marcus flanqueaban el círculo.
Me puse de pie en el centro.
—Hoy no vengo como reina —dije—. Vengo como madre. Como portadora de una nueva profecía.
Los murmullos se alzaron. Los sabios lunares se tensaron.
—He recibido una visión —continué—. De un niño nacido bajo ambos linajes. Luna y tierra. Él será el heredero. No del trono. Del vínculo.
Silencio.
Luego, uno de los sabios lunares se levantó.
—¿Y qué lugar tendrá la luna si hay otro linaje?
—El mismo que siempre tuvo. Pero compartido.
—¿Y si ese niño desequilibra el orden?
—Entonces lo guiaremos. No como símbolo. Como hijo.
Otro sabio se levantó. Su voz era más dura.
—Esto es una herejía. La luna no se comparte. El linaje lunar es sagrado. Mezclarlo… es profanarlo.
—¿Y negarlo no es ignorancia? —respondió Erika.
—¿Y si Kael’Thar regresa por ese niño? —preguntó otro.
—Entonces enfrentará no a una luna dividida —dije—. Sino a una alianza viva.
Los sabios se reunieron en un círculo aparte. Sus voces eran bajas, pero sus gestos intensos. Erkin se acercó.
—Van a rebelarse.
—Lo sé.
—¿Y qué harás?
—No los enfrentaré con fuerza. Los enfrentaré con verdad.
Esa noche, los sabios lunares abandonaron el castillo.
No como enemigos.
Como exiliados voluntarios.
Pero dejaron una advertencia.
“Cuando el niño nazca, el equilibrio se romperá. Y entonces… la luna decidirá.”
Me senté en el jardín interior, junto a Erkin.
—¿Hicimos lo correcto? —pregunté.
—Sí. Porque no elegimos por miedo. Elegimos por esperanza.
—¿Y si el niño es demasiado?
—Entonces lo amaremos más fuerte.
Nos abrazamos. No como líderes.
Como padres.
Y mientras la luna y la tierra brillaban juntas en el cielo, supe que el reino no solo había cambiado.
Había elegido.
Y el heredero… ya era parte de nosotros.