🐺 El Umbral de la Lealtad
Narrado por Serena
El aire del reino estaba quieto.
No en paz. En espera.
Desde el ritual de vigilia, sabíamos que Kael’Thar no había desaparecido. Solo se había replegado. Como una sombra que aguarda el momento exacto para volver a extenderse. Y ese momento… se acercaba.
El nacimiento del heredero estaba próximo.
Y con él, el juicio final de nuestra alianza.
Convocamos a los sabios lunares exiliados.
No con autoridad.
Con esperanza.
Les enviamos un mensaje grabado en cristal lunar, sellado con raíces vivas. Les ofrecimos regresar. No para rendirse. Para elegir. Para decidir si querían ser parte del nuevo vínculo… o seguir siendo guardianes de un linaje incompleto.
—¿Crees que vendrán? —preguntó Erkin.
—Al menos uno lo hará —respondí—. Y eso bastará.
La noche siguiente, tres sabios cruzaron las puertas del castillo.
Vestían túnicas oscuras, sus marcas lunares aún brillaban, pero sus rostros mostraban grietas. No físicas. Espirituales. Como si algo los hubiera desgastado desde dentro.
—Hemos venido —dijo el mayor—. No por ti. Por la luna.
—Entonces escuchen —respondí—. Porque la luna ya no canta sola.
Los llevamos al Círculo de Alianza. Rohana y Leonard aguardaban en sus formas espirituales. Sienna estaba presente, como guardiana. Erika y Marcus flanqueaban el círculo. El códice dual brillaba en el centro.
—El niño nacerá pronto —dije—. Y con él, el nuevo vínculo. Pero si Kael’Thar logra corromperlo, todo se perderá.
—¿Y qué quieres de nosotros? —preguntó uno.
—Una promesa. No de obediencia. De protección.
Silencio.
Luego, el sabio mayor se acercó al códice.
—La luna nos enseñó a mirar hacia arriba. Pero nunca nos enseñó a mirar hacia dentro. Quizá… eso fue el error.
Pensé que habíamos logrado algo.
Hasta que ocurrió.
Durante la ceremonia de reconciliación, uno de los sabios se acercó al códice. Fingió tocarlo con respeto. Pero en su palma… llevaba una marca negra.
Kael’Thar.
Un fragmento de su sombra.
—¡Alto! —gritó Erika.
Demasiado tarde.
El códice se agitó. Las raíces se retorcieron. La luz lunar parpadeó. Rohana rugió. Leonard se lanzó. El sabio cayó al suelo, convulsionando.
—¡Es una grieta! —gritó Sienna—. ¡Kael’Thar está intentando entrar!
Erkin y yo nos tomamos de las manos. Canalizamos la energía mixta. El fuego lunar y el fuego terrenal se encendieron. El códice respondió. La sombra fue expulsada.
Pero no sin dejar una herida.
El sabio sobrevivió.
Pero su mente… estaba rota.
—Kael’Thar no necesita cuerpo —dijo, con voz quebrada—. Solo necesita duda.
Esa noche, reforzamos el círculo.
No con muros.
Con voluntad.
Los sabios que no traicionaron se arrodillaron ante el códice. No como súbditos. Como guardianes.
—Protegeremos al niño —dijeron—. Con memoria. Con humildad. Con fe.
Y mientras la luna y la tierra brillaban juntas en el cielo, supe que el verdadero enemigo no era Kael’Thar.
Era la grieta que deja el miedo.
Y nosotros… acabábamos de sellarla.
Por ahora.