🐺 La Tormenta y la Luz
Narrado por Serena
La luna desapareció del cielo.
No por eclipse.
Por miedo.
Esa noche, el aire se volvió espeso. Las raíces se agitaron bajo el suelo. Las llamas de los altares parpadearon sin viento. Y en mi vientre… el niño se movió.
No con dolor.
Con urgencia.
—Está comenzando —susurré.
Erkin me sostuvo. Su mirada era fuego contenido.
—¿Ahora?
—Ahora.
El castillo se transformó en un santuario. Los guardianes mixtos formaron un círculo alrededor del altar de integración. Erika preparó el espacio con cristales lunares y piedras terrenales. Sienna invocó la protección de los cuatro vientos. Marcus selló las puertas con runas antiguas.
Y yo… me recosté sobre la losa de cristal y raíz.
Rohana emergió, no en forma física, sino como un aura. Leonard la rodeó. Ambos se entrelazaron sobre mí, como dos constelaciones vivas.
—Estamos contigo —dijeron en un mismo pensamiento.
Entonces, la tormenta comenzó.
No de lluvia.
De sombra.
Kael’Thar.
No en cuerpo. En viento. En grietas. En susurros.
—No puedes protegerlo —dijo su voz, desde todas partes—. Nacerá en medio del caos. Y el caos… me pertenece.
—No —respondí—. Porque este nacimiento no es caos. Es creación.
El dolor llegó como un rugido.
No físico.
Espiritual.
Mi cuerpo temblaba. No por debilidad. Por poder. El niño no solo nacía de mí. Nacía del vínculo. De la alianza. De la historia.
Erkin tomó mi mano. Su energía se fundió con la mía. Rohana y Leonard rugieron. El círculo se cerró.
Y Kael’Thar… atacó.
Una grieta se abrió en el cielo. Una sombra descendió como una garra. Intentó tocar el altar. Pero las raíces se alzaron. Las llamas se tornaron doradas. Y del centro de mi vientre… una luz emergió.
No blanca.
No verde.
Dorada.
Grité.
No de dolor.
De nacimiento.
El niño llegó envuelto en luz. Su llanto fue un rugido suave. Su piel, cálida. Sus ojos… cerrados, pero brillantes desde dentro.
Kael’Thar rugió.
—¡No! ¡No puede ser!
—Sí —dije, con la voz quebrada—. Porque él no es tu fin.
Es nuestro comienzo.
La sombra se desintegró. No destruida. Disuelta. Como si el nacimiento hubiera reescrito las reglas del plano espiritual.
El cielo se abrió.
La luna regresó.
Y la tierra… cantó.
Erika tomó al niño en brazos. Lo alzó ante el círculo.
—Ha nacido el Heredero de la Alianza —dijo—. No como símbolo. Como puente.
Los lobos aullaron. Las raíces florecieron. El códice brilló.
Y yo… lloré.
No por miedo.
Por amor.
Esa noche, el castillo no durmió.
Porque el reino… acababa de despertar.