🐺 El Nombre Bajo Dos Cielos
Narrado por Serena
El amanecer llegó con una luz distinta.
No era lunar. No era terrenal. Era dorada. Como si el cielo hubiera decidido bendecirnos con una nueva estrella. El niño dormía en mis brazos, tranquilo, su respiración sincronizada con la energía del reino.
—Hoy es el día —dijo Erkin, acariciando su frente—. El día en que le damos nombre.
—No solo nombre —respondí—. Identidad. Propósito. Legado.
La ceremonia se preparó en el Círculo de Alianza. Las raíces florecieron en tonos plateados. Los cristales lunares vibraban con armonía. Los sabios terrenales y lunares, ahora unidos, trazaron un símbolo nuevo en el centro del altar: dos espirales entrelazadas, una blanca, una verde.
—Representa lo que él es —dijo Erika—. Unión. Movimiento. Equilibrio.
Las manadas llegaron desde todos los territorios. Nadie quería perderse el nombramiento. No por protocolo. Por fe. Por curiosidad. Por esperanza.
Sienna caminaba junto a los jóvenes guardianes. Marcus dirigía la seguridad. Los sabios exiliados, ahora redimidos, se colocaron en el círculo exterior. No como jueces. Como testigos.
Me acerqué al altar con el niño en brazos. Rohana y Leonard se manifestaron como dos columnas de luz. El cielo se despejó. La luna y el sol compartieron el firmamento por un instante. Y entonces, hablé.
—Este niño nació en medio de una tormenta. No fue protegido por muros. Fue protegido por voluntad. Por vínculo. Por amor.
Los lobos guardaron silencio.
—Hoy recibe su nombre. No como heredero de un trono. Como guardián de una alianza.
Erkin se acercó. Colocó su mano sobre el corazón del niño.
—Que su nombre sea puente —dijo—. Que su voz sea raíz. Que su alma… sea luna.
Lo alzamos juntos.
—Su nombre es Elian Roh —dije—. “Elian”, por el espíritu de la tierra. “Roh”, por la loba que me guía. Dos orígenes. Una promesa.
Los lobos aullaron. Las raíces se iluminaron. El códice brilló con fuerza.
Y en ese instante… algo cambió.
Los sueños del reino comenzaron a transformarse.
Los sanadores soñaban con campos fértiles. Los guerreros, con batallas ganadas sin sangre. Los niños, con lobos que hablaban en dos lenguas. Y yo… soñé con Elian Roh caminando entre estrellas y raíces, guiando a otros hacia un horizonte que aún no existe.
Esa noche, el castillo celebró.
No una coronación.
Una siembra.
Porque Elian Roh no era el fin de una historia.
Era el inicio de muchas.