El transporte del Consejo llegaría en menos de una hora.
Lo supe antes de abrir los ojos. El zumbido de los drones de monitoreo matutino ya recorría la calle, puntual como siempre, recordándole al barrio que el día había comenzado y que el Consejo lo sabía.
Me levanté.
En mi cuarto me esperaba el uniforme negro, perfectamente estirado sobre la cama. El símbolo plateado de los Warriors brillaba en el pecho como una orden. Al lado, la maleta gris que el Consejo enviaba al cumplir diecisiete años, con el nombre impreso en la etiqueta con tinta que no se borraba.
Ayer había sido mi cumpleaños.
Hoy me tocaba a mí.
Toqué la tela. Era rígida, fría. No era ropa. Era una armadura que te ponían antes de que pudieras negarte.
Desde la cocina llegaba el ruido metálico de platos. Mamá llevaba horas moviéndose como un animal enjaulado, llenando el silencio con cualquier cosa. Papá no había dormido. Lo supe por la forma en que el sillón de la sala crujió toda la noche, cada vez que se movía sin poder quedarse quieto.
Pasé frente a la habitación de Henry.
La puerta estaba entreabierta, como siempre. Como si alguien esperara que él volviera a entrar en cualquier momento. La cama hecha con precisión militar. La chaqueta gris colgando detrás de la puerta. El pequeño camión de madera sobre el escritorio, en el mismo lugar exacto que el día que se lo llevaron.
Tres años atrás, mamá también había estirado un uniforme sobre una cama. También había llenado el silencio con platos y movimiento. También había dicho que era un honor.
Henry había vuelto.
Al menos eso repetía mamá cuando alguien mencionaba su nombre.
Entré. Tomé el camión de madera del escritorio. Los bordes astillados se me clavaron en la palma.
El vaso de agua junto al escritorio vibró. Pequeñas ondas se extendieron por la superficie. Lo miré un segundo.
Volví a dejar el camión sobre el escritorio y cerré la puerta detrás de mí.
En el baño me mojé la cara con agua fría. El grifo goteó dos veces después de cerrarlo. Me sequé las manos sin mirar el espejo y volví al pasillo.
Mamá apareció en la puerta de mi cuarto con los ojos rojos. Se acercó al uniforme y empezó a alisarlo con las manos, aunque no tenía ni una arruga.
-El transporte llegará pronto, Ani -murmuró-. Tu hermano se veía igual de serio el primer día. Es un honor.
Desde la sala llegó la voz seca de papá:
-A Henry también le dijeron eso.
Mamá se tensó.
-Hoy no, por favor.
Papá soltó una risa sin gracia.
-Claro. Suena mejor si le llamamos honor.
Me vestí sola. Cada cierre que subía me apretaba un poco más.
Papá me esperaba en la sala. Me apretó el hombro con fuerza, como si quisiera dejar su huella antes de que el sistema me borrara.
-Ten cuidado con los botones del uniforme -susurró-. Vienen flojos de fábrica.
Fue lo más parecido a un abrazo que pudo darme.
Entonces llegó el zumbido.
El transporte del Consejo se detuvo frente a la casa, pesado y metálico. Mamá se abotonó el abrigo con dedos torpes. Papá cerró los ojos un segundo.
Agarré la manija de la maleta gris.
Detrás de mí, en la habitación de Henry, el vaso de agua volvió a vibrar.
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Editado: 16.06.2026