Parte 1 Nación Aria, Capítulo 1
El primer día no se sintió como un comienzo.
Se sintió como un error.
No uno evidente.
No algo que pudiera señalarse o explicarse.
Sino esa sensación persistente… incómoda…
de que en algún punto alguien había cometido una equivocación al dejarme entrar.
Como si en cualquier momento fueran a detenerse,
mirarme un segundo más de lo necesario…
y descubrir lo que yo ya sabía.
Que no pertenecía.
Que nunca lo había hecho.
Lo sentía en cada paso.
Las puertas de la Academia Aria se alzaban frente a mí con una presencia que no necesitaba imponerse para resultar intimidante. No parecían diseñadas para abrirse… sino para decidir.
Altas.
Perfectas.
Silenciosas.
Como si observaran.
Como si evaluaran.
Como si esperaran… que fallara.
Por un instante absurdo, tuve la sensación de que podían juzgarme.
Mi corazón latía demasiado rápido.
No eran nervios.
Era algo más profundo.
Algo más antiguo.
Algo que no entendía… pero que insistía.
Retrocede.
No lo hice.
Las puertas se abrieron con un susurro mecánico.
Y en el momento en que crucé el umbral…
algo cambió.
No en el lugar.
En mí.
El interior era perfecto.
Demasiado perfecto.
Columnas blancas se elevaban con una precisión imposible. Las superficies pulidas reflejaban una luz fría, constante, sin variación. No había imperfecciones. No había marcas. No había ruido.
No había humanidad.
Mis pasos tocaron el suelo.
Pero el sonido…
no regresó.
Como si el lugar decidiera qué merecía existir.
La Academia imponía respeto.
Pero debajo de esa perfección…
había algo más.
Algo que no se veía.
Pero se sentía.
Miedo.
—Tranquila.
La voz llegó a mi lado antes de que ese pensamiento terminara de formarse.
Giré la cabeza.
Henry.
Mi hermano.
O al menos… eso era para mí.
Sonreía con esa seguridad que siempre había tenido, como si el mundo fuera un lugar que ya entendía, como si nada de lo que estaba pasando pudiera descolocarlo.
Dos años en la Academia.
Último año.
Uno de los mejores.
Siempre lo había sido.
Yo no.
—Vas a estar bien.
Asentí.
No porque lo creyera.
Porque lo necesitaba.
Porque si dejaba de creerle…
no iba a poder quedarme.
Avanzamos.
A nuestro alrededor, los aspirantes caminaban en silencio, alineados, contenidos dentro de una normalidad que no era natural. Algunos mantenían la espalda recta con una rigidez casi mecánica. Otros… evitaban mirar a los demás.
Como si ya hubieran cedido algo.
Las paredes no decoraban.
Ordenaban.
Pantallas negras se encendían a intervalos exactos, repitiendo las mismas frases sin variación, sin emoción, como si no fueran información… sino programación.
Obedecer sin cuestionar.
El orden es la prioridad.
La Nación Aria protege.
No eran mensajes.
Eran instrucciones.
Sentí el estómago tensarse.
—¿Siempre es así? —pregunté en voz baja, sin dejar de mirar al frente.
Henry soltó una leve risa.
Breve.
Automática.
Aprendida.
—Hoy están siendo amables.
El frío que me recorrió no tuvo nada que ver con el lugar.
Si esto era lo mejor…
no quería saber qué venía después.
Llegamos al sector de alojamiento.
Las puertas estaban alineadas con una precisión absoluta. Idénticas. Sin nombres. Sin marcas. Sin historia.
Nadie era diferente ahí.
Nadie debía serlo.
—Tu habitación es esa —dijo Henry, señalando una—. Descansa. Mañana empieza lo real.
Lo miré.
Y esta vez no pude ocultarlo.
—¿Y si no soy suficiente?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Más honesta.
Henry no respondió de inmediato.
Y ese silencio…
pesó más que cualquier respuesta.
Su sonrisa desapareció.
No lentamente.
De golpe.
—Entonces te van a romper…
hasta que lo seas.
No lo dijo como una amenaza.
Lo dijo como alguien que ya había pasado por eso.
Antes de que pudiera responder, una voz llenó todo el edificio.
No era fuerte.
No era agresiva.
Pero era imposible ignorarla.
—Bienvenidos a la Academia Aria.
Todo se detuvo.
Los pasos.
Las respiraciones.
El pensamiento.
—Aquí no entrenamos soldados.
Las pantallas cambiaron al mismo tiempo.
—Entrenamos el futuro del orden.
Y entonces la vi.
Marín.
Cabello oscuro perfectamente recogido.
Postura impecable.
Presencia absoluta.
No imponía control.
Era control.
Su mirada recorrió a todos.
Lenta.
Precisa.
Calculando.
Y cuando llegó a mí…
se detuvo.
Un instante más de lo necesario.
Como si confirmara algo.
Como si ya supiera.
Sentí el impacto en el pecho.
—Aquí aprenderán a controlar su poder —continuó—. A servir. A obedecer.
Su voz no necesitaba elevarse.
El silencio hacía el trabajo por ella.
—Porque afuera… no hay lugar para los débiles.
La transmisión terminó.
Pero algo… no volvió a ser igual.
El aire cambió.
Se volvió más denso.
Más húmedo.
Más vivo.
Parpadeé.
El vidrio de una pantalla cercana comenzó a empañarse lentamente…
Pero no desde afuera.
Desde dentro.
Di un paso atrás.
—No…
Mi voz apenas existió.
Pero lo sentí.
El agua.
No apareció.
Despertó.
Suave.
Constante.
Inevitable.
Como si siempre hubiera estado ahí…
esperando.
Cerré los ojos.
Y por primera vez…
no tuve miedo de fallar.
Tuve miedo de acertar.
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Editado: 19.04.2026