World Warriors Generación

Capitulo 2 El Implante

El sonido de la sirena llegó antes que la conciencia.

Agudo.
Constante.
Invasivo.

No pedía que despertaras.
Lo ordenaba.

Abrí los ojos de golpe, con el pulso acelerado y la respiración corta. El techo blanco, perfecto, sin una sola imperfección, me devolvió a la realidad con una claridad casi violenta.

La Academia.
Mi primer día.

No había transición.
No había adaptación.
Solo continuidad.

Me incorporé despacio. El eco de la sirena seguía vibrando dentro de mí, como si no hubiera terminado de apagarse… como si ahora formara parte de mi cuerpo.

La habitación estaba intacta.
Impecable.
Fría.
Ajena.

No había rastro de descanso.
Ni de presencia.
Como si yo nunca hubiera estado ahí.

El uniforme descansaba sobre la silla, doblado con una precisión que no dejaba margen al error. Oscuro, ajustado, funcional.

No era ropa.
Era una decisión tomada por alguien más.

Me vestí en silencio, con la sensación persistente de que cada movimiento estaba siendo observado. No veía cámaras, pero lo sentía. Las paredes no miraban… registraban.

Cuando abrí la puerta, el pasillo ya estaba en marcha. Puertas abriéndose al mismo tiempo, pasos sincronizados, cuerpos alineados. Nadie hablaba. Nadie dudaba.

El silencio no era vacío.
Era control.

La puerta a mi lado se abrió y la vi.

Cabello negro cayendo con precisión calculada. Piel clara. Postura perfecta. Sus ojos celestes se posaron sobre mí sin suavidad alguna.

—Eres nueva.

No fue una pregunta.

Sentí el aire quedarse corto.

—S-sí…

Mi voz salió más baja de lo que quería.

Su mirada descendió apenas, recorriéndome con precisión, evaluando, clasificando.

—Se nota.

Desvió la vista como si ya hubiera terminado conmigo.

Respiré hondo.

—Soy… Anika.

Hubo una pausa mínima.

—Aria.

Dijo su nombre como si no tuviera importancia.
Como si ella sí la tuviera toda.

Otra puerta se abrió frente a nosotras.

—Bueno… al menos no soy el único nuevo.

La voz fue distinta. Cálida. Humana. Casi fuera de lugar.

Giré la cabeza.

Él sonreía, y esa simple acción rompía el ambiente más de lo que debería.

—Eso ya es un alivio, ¿no?

Aria rodó los ojos.

—No te acostumbres.

—Lo intentaré —respondió con una risa leve.

Me miró.

—Finick.

Extendió la mano.

Dudé un segundo… pero la tomé.

Su contacto era cálido. Real. Y eso me tranquilizó más de lo que esperaba.

—Anika.

—Vamos —dijo Aria—. Llegar tarde no es una opción.

El comedor estaba lleno, pero el sonido no coincidía con la cantidad de gente. Todo era bajo, contenido, medido. Cada mesa parecía delimitar un territorio invisible. Nadie cruzaba donde no debía.

Mi cuerpo se tensó sin permiso.

—Relájate —murmuró Finick—. No muerden… creo.

Casi sonreí.

Y entonces ocurrió.

El choque fue leve, pero suficiente. La bandeja se inclinó y el líquido cayó. El sonido fue mínimo. El silencio, absoluto.

Sentí el pecho cerrarse antes de levantar la mirada.

Icy.

Cabello claro. Ojos azules fríos. Su expresión no cambió, pero el aire sí. La temperatura descendió de golpe y mi respiración se volvió visible.

—¿Eres idiota?

Su voz fue baja. Precisa.

Intenté responder, pero las palabras se quedaron atrapadas.

—No fue… yo no quise…

—Mira por dónde caminas.

El hielo comenzó a formarse en sus dedos con una precisión inquietante. El líquido en el suelo se congeló y avanzó hacia mí.

Mi respiración se aceleró. No quería esto. No sabía cómo manejarlo.

Sentí los ojos arder. Parpadeé rápido, intentando contenerlo, pero una lágrima escapó igual. La limpié de inmediato, con brusquedad, como si nunca hubiera estado ahí.

Apreté los puños.
No te rompas. No ahora.

Podía correr. Lo pensé. Salir, desaparecer, dejar de sentir todo eso. Mi cuerpo se inclinó apenas hacia atrás.

—Basta.

La voz me detuvo antes de que pudiera hacerlo.

Henry.

Sus brazos me rodearon con firmeza, sosteniéndome como si supiera exactamente cuánto me estaba costando mantenerme en pie. Me quedé quieta contra él, respirando de a poco, intentando que el aire volviera a entrar con normalidad.

—Fue un accidente. Se terminó —dijo.

—Tu hermana no entiende dónde está —respondió Icy.

—Y tú no necesitas demostrárselo así.

El aire se tensó.

—Suficiente.

Todo se detuvo.

Marín.

De pie en la entrada, impecable, inalterable. Caminó hacia nosotros sin apuro, y cuando llegó frente a mí, se detuvo.

Sentí su mano en mi rostro. Suave. Demasiado suave para ese lugar. Secó la humedad bajo mis ojos y por un instante todo el comedor quedó inmóvil, como si nadie supiera cómo reaccionar.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

No supe qué decir. Asentí apenas.

—S-sí…

Sostuvo mi mirada un segundo más, como si buscara algo, como si confirmara algo. Luego se enderezó.

—Es hora. Del implante.

El laboratorio era blanco. Demasiado limpio. Demasiado perfecto.

Nos alinearon en filas exactas y avanzamos uno por uno, sin preguntas.

Un chico delante de mí se tensó. La pantalla parpadeó. Error. Dos guardias lo sujetaron y se lo llevaron sin resistencia.

Nadie reaccionó. Yo tampoco. Pero mi respiración volvió a desordenarse.

Cuando llegó mi turno, mis manos temblaban.

—Relájate.

Levanté la mirada.

Norman.

Sus ojos no eran neutros. Observaban. Pensaban demasiado.

Me senté. La máquina descendió y el frío en la nuca me obligó a contener la respiración.

Y entonces ocurrió.

No fue dolor. Fue respuesta.

El agua dentro de mí reaccionó antes de que pudiera entenderlo. La pantalla parpadeó. Error.

Sentí que algo estaba mal. Que yo estaba mal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.