La sirena llegó antes de que terminara de despertar. No era solo un sonido; era una orden. Aguda, constante, imposible de ignorar. Abrí los ojos sobresaltada y durante un segundo no supe dónde estaba, hasta que el techo blanco, perfecto, sin una sola imperfección, me devolvió a la realidad con una claridad casi violenta. Era mi primer día real en la Academia, y la idea me tensó el cuerpo antes de que pudiera ordenar un pensamiento.
Me incorporé despacio, todavía sintiendo el eco de la sirena dentro de mí. La habitación seguía exactamente igual que la noche anterior: impecable, silenciosa, demasiado ordenada. Nada parecía haber sido tocado por una presencia humana. Era como si incluso el descanso estuviera regulado.
El uniforme me esperaba sobre la silla, oscuro, preciso, sin una sola arruga, más parecido a una decisión tomada por alguien más que a una prenda. Me vestí en silencio con esa sensación incómoda de que, incluso estando sola, no lo estaba del todo.
Cuando abrí la puerta, el pasillo ya estaba en movimiento. Puertas abriéndose al mismo tiempo, pasos sincronizados, cuerpos avanzando con una exactitud inquietante. Y entonces la vi.
La puerta a mi lado se abrió y apareció Aria. Su postura era perfecta, sus ojos celestes tenían una frialdad que me hizo enderezarme sin pensarlo.
-Eres nueva -dijo.
No sonó como pregunta.
-Sí.
Su mirada recorrió mi uniforme, mis manos, mi postura.
-Se nota.
No supe qué responder y, para ser sincera, me alegré de no hacerlo, porque una parte de mí ya se estaba encogiendo por dentro.
-Soy Anika.
Hubo una pausa.
-Aria.
Solo eso.
Antes de que el silencio se volviera más incómodo, otra puerta se abrió y una voz cálida rompió la tensión.
-Bueno, al menos no soy el único nuevo.
Giré y vi a Finick sonriendo como si ese lugar no pudiera imponerle nada.
-Eso ya es un alivio -añadió.
Aria rodó los ojos.
-No te acostumbres.
Él sonrió, y por primera vez desde que había llegado sentí algo parecido a un pequeño respiro.
Fuimos juntos al comedor. El lugar estaba lleno, pero el sonido no correspondía a la cantidad de personas. Las conversaciones eran bajas, medidas, y había una tensión que se percibía más de lo que se escuchaba. Yo intentaba no llamar la atención, intentaba ocupar el menor espacio posible.
Y entonces ocurrió.
Fue apenas un mal paso. La bandeja se inclinó, el líquido se derramó y el silencio cayó sobre la sala con una violencia que no tuvo nada que ver con el accidente.
Levanté la mirada y me encontré con Icy.
Lo primero que sentí no fue miedo, sino un descenso literal en la temperatura, como si su sola presencia alterara el aire.
-¿Eres idiota?
Las palabras me golpearon más de lo que deberían.
Quise responder.
La garganta se me cerró.
-Lo siento, yo no...
Salió débil.
Torpe.
Ella avanzó un paso y retrocedí sin pensarlo.
-No mires al suelo cuando caminas.
Sentí el impulso absurdo de salir corriendo.
De desaparecer.
Noté que los ojos me ardían antes de darme cuenta de que estaba a punto de llorar, y me sequé rápido con el dorso de la mano esperando que nadie lo hubiera visto.
Pero Icy sí.
-¿Ahora vas a llorar?
Apreté los puños, no por valentía, sino por no romperme.
Y entonces pensé seriamente en girar y huir.
Lo habría hecho si Henry no hubiera aparecido.
Llegó a mi lado en dos pasos y me rodeó con un brazo en un gesto tan natural que me dejó inmóvil.
-Basta.
Su voz no fue alta, pero cambió el aire.
-Fue un accidente.
Icy sostuvo su mirada.
-Tu hermana es un problema.
-No. El problema es cómo reaccionas.
Todo se tensó.
Y entonces apareció Marín.
No la vi llegar.
Solo estaba ahí.
Se acercó a mí y, para mi desconcierto, me secó una lágrima que ni siquiera sabía que seguía en mi rostro.
Sentí todo el comedor inmóvil.
Todos mirando.
Atónitos.
-¿Estás bien? -preguntó.
Solo pude asentir.
Nunca había sentido tan claramente que algo estaba ocurriendo fuera de las reglas.
Marín se apartó.
-Es hora del implante.
Y con esas palabras todo cambió.
El laboratorio era blanco, frío, demasiado silencioso. Nos alinearon y fuimos avanzando uno por uno hacia la máquina. Cuando llegó mi turno, las manos me temblaban.
Me senté.
El metal frío tocó mi nuca.
Contuve la respiración.
Entonces ocurrió.
No fue dolor.
Fue un impulso.
Como si algo dentro de mí reaccionara antes que el dispositivo.
La pantalla parpadeó.
Error.
Vi la tensión cruzar el rostro de Norman antes de que la ocultara. Sus manos se movieron rápido, corrigiendo algo, tapando algo, decidiendo algo que no comprendí.
La pantalla cambió.
Estable.
Como si nada hubiera pasado.
Pero sí había pasado.
Lo vi.
Él también.
-Elemento asignado -dijo.
-¿Cuál?
Me sostuvo la mirada un segundo.
-Agua.
Sentí algo estremecerse dentro de mí.
Cuando salí, Aria y Finick me esperaban.
-¿Qué te tocó? -preguntó Finick.
-Agua.
Aria me observó distinto, como si evaluara algo que yo todavía no veía.
Entonces escuché una voz.
-Ten cuidado con el agua.
Giré.
Trent.
No sabía por qué, pero al verlo el ruido alrededor pareció bajar.
-¿Por qué? -pregunté.
Sonrió apenas.
-Puede desbordarse.
Sentí calor subir al rostro y bajé la mirada antes de responder, no por timidez solamente, sino porque algo en su forma de decirlo había tocado una inquietud que yo ya llevaba dentro.
Y fue ahí, en ese silencio extraño, con el pulso acelerado sin razón suficiente, cuando tuve la sensación de que el verdadero error del día no había sido el implante, sino empezar a sentir que algo dentro de mí estaba despertando... y no saber qué hacer con ello.
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Editado: 30.04.2026