El dolor no desapareció cuando todo terminó, se quedó, no como una punzada aguda sino como una presión constante en la nuca, profunda, persistente, como si el implante no se hubiera integrado del todo, como si algo dentro de mí lo rechazara en silencio. Abrí los ojos antes de que sonara la sirena, la habitación seguía igual de perfecta, igual de vacía, pero esta vez no fue eso lo primero que percibí sino mi propio cuerpo, tenso, inquieto, desacompasado, como si no terminara de encajar en ese espacio.
Respiré hondo, el aire entró frío y seco pero no fue suficiente. Cerré los ojos otra vez intentando ordenar lo ocurrido el día anterior, la máquina descendiendo, la sensación en la nuca, la pantalla parpadeando, el error y Norman, ese segundo de duda en su rostro demasiado evidente para ser casual.
¿Por qué conmigo? Tragué saliva. Si el sistema era perfecto entonces el error no podía estar en el sistema, tenía que estar en mí. El pensamiento me oprimió el pecho con más fuerza que el dolor físico. ¿Qué soy…?
El golpe en la puerta me sacó de ese pensamiento con brusquedad.
—¡Anika!
La voz de Finick atravesó la habitación con una energía que no encajaba con lo que yo estaba sintiendo.
—¡Vamos, si no salimos ahora Aria se irá sin nosotros!
Me incorporé rápido como si me hubieran sorprendido pensando algo que no debía.
—Ya voy.
Mi voz arrastraba el cansancio y algo más difícil de nombrar. Me vestí sin detenerme, el uniforme se ajustó a mi cuerpo con precisión marcando cada movimiento como si no necesitara preguntarme nada para encajar. Cuando abrí la puerta Finick estaba apoyado contra la pared moviendo el pie con impaciencia, su sonrisa parecía resistirse al ambiente.
—Pensé que te habías quedado dormida —dijo— o peor, que te habías adaptado.
Exhalé suavemente en un gesto cercano a una risa.
—No creo que eso ocurra tan rápido.
—Dale tiempo —respondió— este lugar tiene talento para eso.
Aria apareció al fondo del pasillo caminando con esa precisión suya como si cada paso estuviera calculado.
—Llegamos tarde.
No elevó la voz. Caminamos. El comedor se sentía igual que el día anterior pero algo en mí ya no lo percibía de la misma manera, las conversaciones bajas, las miradas contenidas, el orden, todo seguía ahí pero ahora podía sentir la tensión debajo como una vibración constante recorriendo el espacio sin hacerse visible. Comí poco. El dolor seguía ahí. La pregunta también.
El campo de entrenamiento era amplio pero no transmitía libertad, el aire más frío, más áspero, con un leve olor metálico que se quedaba en la respiración como si el lugar hubiera absorbido demasiados impactos. Las estructuras se alzaban rígidas, funcionales, sin intención de ser otra cosa que herramientas para llevarte al límite. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Tensión.
—Formación.
La voz del instructor baja, firme, suficiente para imponer silencio inmediato. Nos movimos sin dudar, nos alineamos, el suelo bajo mis pies frío, sólido, inmutable como si no permitiera errores.
—Hoy comenzarán a comprender lo que significa tener poder —dijo caminando frente a nosotros— y lo que ocurre cuando no logran controlarlo.
Un murmullo leve recorrió la fila.
—No es una ventaja —continuó— es una amenaza.
Sentí un nudo en el estómago. A mi lado Finick exhaló.
—Nada tranquilizador…
—Silencio.
El instructor no lo miró. Nos dividieron sin explicaciones. Cuando me detuve en mi posición sentí la presencia antes de verla: frío. Icy frente a mí sin decir nada al principio, solo observándome y eso bastó para alterar mi respiración.
—Qué conveniente —dijo— la nueva.
No respondí, no porque no quisiera sino porque no pude.
—Agua —ordenó el instructor señalándome— demuestra.
Sentí el pecho tensarse.
—No sé cómo hacerlo.
—Hazlo.
No hubo pausa, tragué saliva, cerré los ojos, busqué el agua, la sentí lejana como algo que existía pero aún no me pertenecía, intenté alcanzarla y no pasó nada. Mi respiración se aceleró, apreté los dientes, forcé y fue un error, el agua se elevó con violencia rompiendo el aire y cayó con un impacto pesado, el sonido resonó en el espacio y dentro de mí, demasiado, no la controlaba, la liberaba.
—¡Detente!
El agua se extendió sin forma avanzando más de lo que debía, el pánico subió rápido.
—Eso no es control —dijo el instructor— eso es peligro.
Mis manos temblaban no solo por el esfuerzo sino por la sensación, era demasiado fácil perder el control.
—Otra vez.
—No puedo…
—Entonces aprende.
El silencio volvió más pesado.
—Observa.
Icy avanzó sin tensión, el hielo se formó en sus manos con una precisión limpia exacta como si no lo creara sino utilizara algo que siempre estuvo ahí y lo lanzó, impacto perfecto sin exceso sin error.
—Eso es control.”
Cuando volvió a mirarme no había provocación sino certeza, sentí el calor subir al rostro, tragué saliva, cerré los ojos otra vez, esta vez no forcé, solo sentí, el agua respondió lenta pequeña pero estable como si respirara conmigo. Abrí los ojos. Se sostenía frente a mí, no perfecta pero mía.
—Mejor —dijo el instructor. No fue aprobación pero tampoco rechazo y eso fue suficiente.
El entrenamiento continuó hasta que el tiempo perdió forma, el cuerpo dolía los músculos temblaban pero nadie se detenía, cuando nos dieron un descanso me dejé caer al suelo y el aire entraba con dificultad.
—No estuvo mal —dijo Finick— para alguien que casi nos ahoga a todos.
—No fue a propósito…
—Lo sé —respondió— pero suena mejor cuando lo cuento.
Aria se acercó.
—Tienes potencial.”
La miré.
“¿Eso es un cumplido?”
“No te acostumbres.”
Una leve sonrisa se escapó. Y entonces lo sentí, electricidad, levanté la mirada, Trent se acercaba con calma pero su presencia no pasaba desapercibida.
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Editado: 30.04.2026