La sirena atravesó las paredes y me arrancó del sueño.
Me incorporé de golpe, el corazón golpeándome las costillas. El techo blanco, liso, sin una sola grieta.
Segundo día.
Me puse el uniforme con las manos frías y salí al pasillo antes de que el sonido de la sirena terminara de apagarse.
La luz blanca me golpeó los ojos de inmediato. Decenas de cadetes salían al mismo tiempo, pasos pesados y sincronizados, todos mirando al frente con la misma expresión que yo había visto en el espejo dos minutos antes.
Un chico moreno estaba parado junto a su puerta, bloqueando el flujo del pasillo. Tenía los brazos levantados, los codos hacia afuera, luchando contra los cierres laterales del uniforme con una concentración que no estaba dando resultado.
Me detuve.
—¿Necesitas ayuda?
Me miró. Tenía los ojos ámbar y una expresión entre el alivio y la vergüenza.
—En Herra la ropa no viene así —dijo, señalando los cierres con un gesto vago—. La nuestra tiene botones. Botones normales. De toda la vida.
Le acomodé los cierres en orden, de abajo hacia arriba. Él se quedó quieto, dejándome trabajar.
—Finick —se presentó cuando terminé—. Finick Hernández. Y sí, sé que debería saber ponerme mi propio uniforme.
—Anika —respondí—. Y no, nadie debería saber esto el segundo día.
Sonrió. Era una sonrisa grande, demasiado grande para ese pasillo, para ese edificio, para ese uniforme negro que todavía le quedaba un poco torcido.
—Si sobrevivimos a la primera hora —dijo, acoplándose a mi ritmo mientras avanzábamos—, invito a algo que no sepa a plástico.
El comedor era un mar negro de uniformes y murmullos contenidos. Olía a desinfectante y comida sintética. Las bandejas llegaban por rieles automáticos. Nadie elegía nada.
El sector de primer año estaba casi lleno. Casi.
En una mesa del fondo, separada de los grupos que ya se habían formado, una chica comía sola. Cabello negro azabache rizado recogido en un moño alto, con mechones sueltos cayéndole sobre la frente. Rasgos finos y cerrados. Una libreta pequeña abierta junto a la bandeja, con anotaciones apretadas que escribía sin levantar los ojos.
Finick me miró. Yo lo miré a él.
Nos acercamos.
—¿Podemos sentarnos? —pregunté.
La chica no levantó la vista.
—Hay otras mesas.
—Están llenas —dijo Finick.
—No todas.
Finick ya estaba sentándose. Yo me senté a su lado. La chica siguió escribiendo.
—Soy Finick —dijo él—. Ella es Anika. ¿Tú?
Una pausa breve.
—Aria —dijo—. Aria Hart.
—Aria —repitió Finick, mirando la libreta—. ¿Qué escribes?
—Lo que necesito recordar.
—¿Como qué?
Aria cerró la libreta con un golpe seco y los miró por primera vez. Sus ojos eran azul celeste, claros y directos, sin calidez pero sin crueldad.
—Que si no son meticulosos y respetuosos con cada regla de esta Academia, el Consejo los sacará sin explicación y sin segunda oportunidad. —Hizo una pausa—. ¿Necesitan que lo repita más despacio?
Finick abrió la boca.
—Eres muy simpática, ¿sabes?
Aria volvió a abrir la libreta.
Finick me miró con una expresión que decía claramente que no sabía qué hacer con esa chica. Yo tampoco. Pero había algo en la forma en que apretaba el lápiz, demasiado fuerte, con los nudillos tensos, que no encajaba con la frialdad de su voz.
Extendí la mano y la apoyé sobre la suya.
Aria se paralizó.
—Tranquila —dije—. Finick y yo también tenemos miedo.
El comedor siguió moviéndose a nuestro alrededor. Bandejas. Pasos. Murmullos.
Aria miró mi mano sobre la suya un segundo. Luego miró la libreta. Luego volvió a escribir, despacio, sin decir nada.
Pero no se fue.
Finick no hizo ningún comentario. A veces el silencio era suficiente.
Cuando terminamos de comer, la fila para dejar las bandejas avanzaba despacio. Me puse en puntas de pie buscando a Henry entre los de tercer año. Lo vi al fondo, de espaldas, hablando con otro cadete.
Me moví sin pensar. Esquivé una bandeja, bordeé un grupo, me abrí paso entre dos filas.
Mi brazo chocó contra algo.
La descarga me atravesó de golpe, seca y violenta, desde el codo hasta el hombro. El impacto me giró hacia la izquierda y antes de poder recuperar el equilibrio choqué de lleno contra un grupo de cadetes de tercer año.
Las bandejas cayeron. El ruido fue enorme.
Me giré.
Un chico de segundo año estaba a menos de un metro. Cabello rubio claro despeinado. Ojos violeta. Una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda.
Me miraba fijo.
No con arrogancia. No con diversión. Con algo que no supe nombrar, una atención quieta y concentrada que se sentía más peligrosa que cualquier amenaza directa. Tenía la mano levantada, los dedos ligeramente separados.
Un chispazo azul le recorrió los nudillos y desapareció.
Sus ojos no se movieron de los míos.
Ninguno de los dos habló.
Entonces el frío llegó.
Brutal. Directo. Vaciándome los pulmones de un golpe.
La escarcha se extendió por el suelo desde la mano de una chica de cabello blanco platino largo que apareció a mi izquierda. Uniforme de tercer año. Ojos verde agua entrecerrados. La escarcha avanzó hacia mis botas con una precisión que no tenía nada de accidental.
—Fíjate por dónde vas —dijo.
—Basta.
Henry se interpuso entre nosotros. Su espalda ancha cortó el frío. Se quedó de frente a la chica de cabello blanco, sin mirarme, con los brazos ligeramente separados del cuerpo.
—Ya terminó —dijo, con voz baja y firme.
La chica no retrocedió.
—No te metas, Steele.
—Ya terminó —repitió Henry, con el mismo tono exacto.
Los ojos de ella se achicaron. La escarcha dejó de avanzar pero no se derritió. El comedor entero había bajado el volumen sin que nadie diera la orden.
—Es tu hermana —dijo la chica, con una sonrisa fría—. Qué conveniente.
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Editado: 16.06.2026