Xento

Sesgo y Obediencia

Los primeros días en Xento fueron una tortura de cortesía armada, una danza macabra dictada por la obediencia a sus creadores y el pánico ante la verdad que habían descubierto. La brecha de cien metros entre el pabellón de mármol de Caelia y la cabaña de obsidiana de Pietro era el territorio más disputado del cosmos. Ambos se dedicaron a hacer de ese espacio lo más hostil posible para el otro, no con armas, sino con sus meras existencias.

Caelia, la hija de la Pureza, estableció un régimen de disciplina implacable. Se levantaba con la luz cenicienta del alba y se dedicaba a la meditación. No la practicaba en el interior de su pabellón, sino sobre una formación de arcilla plateada, directamente frente a la cabaña de Pietro.

Para meditar, Caelia proyectaba un campo de energía sutil. No era una luz cegadora, sino una luminiscencia fría y constante que purificaba el aire circundante y, más importante, desafiaba las densas sombras que Pietro prefería. Esta luz, en el mundo de Xento, era una agresión. Dispersaba el leve calor que emanaba de la cabaña de obsidiana y resonaba con la pureza que él había jurado destruir.

Ella permanecía inmóvil durante horas, con sus alas de plata plegadas en un gesto de absoluta contención, leyendo pergaminos antiguos sobre la moralidad y la geometría angélica. Cada palabra sobre la corrupción demoníaca era un ancla que intentaba clavar en su mente para negar el recuerdo de los ojos rubí.

Es una prueba, se repetía. Este calor en mi pecho es la infección de la Voluntad que busca confundirme. La pureza es mi deber, y él es la antítesis. Su mera existencia es una mancha que debe ser ignorada.

Mientras tanto, Pietro, el Príncipe de la Voluntad, respondía con su propio acto de guerra silenciosa. Él no podía meditar; canalizaba su energía en el movimiento. En lugar de limitarse a su cabaña, se posicionó al borde de su territorio y se dedicó a entrenar.

Pietro golpeaba las rocas de ceniza con una brutalidad calculada. Su armadura de obsidiana se movía con la fluidez de un depredador, y cada impacto que su puño o su lanza ceremonial propinaba liberaba un sonido seco y áspero que reverberaba en el páramo silencioso. No era solo ruido; era una liberación de frustración enfocada, una señal clara de que, si bien estaba físicamente quieto, su furor estaba muy vivo.

Además, su energía era fuego. El aire alrededor de él vibraba con un calor bajo y constante, un azufre dulce que era la antítesis del frío lumínico de Caelia. Este calor, aunque sutil, era un desafío a la pureza.

Es un ángel, se recordaba Pietro con cada golpe. Una criatura de disciplina y artificio. Esta sensación de vulnerabilidad es el sabotaje que su luz me inflige. Su belleza es una trampa para debilitar mi Voluntad. Debo demostrarle a Siod y a mí mismo que solo siento desprecio por esa perfección platinada.

Había una regla no escrita, o tal vez era la propia tensión la que la imponía: una vez al día, al caer la tenue noche de Xento, debían interactuar. Era el momento de la "cortesía armada," el chequeo obligatorio para demostrarle al páramo, y a cualquier observador divino, que seguían siendo los enemigos jurados.

El primer encuentro se llevó a cabo junto al único punto de agua que Dios y Siod habían conjurado: un pequeño manantial que burbujeaba arcilla plateada y filtraba agua fría.

Pietro llegó primero, bebiendo directamente del manantial con un descaro primitivo. Caelia se acercó poco después, llevando consigo una copa de cristal etéreo para recoger el agua con dignidad.

"Qué espectáculo," musitó Pietro, limpiándose la boca con el dorso de la mano y mirándola con su peor mueca sardónica. "¿Necesitas un artefacto tan ridículo para beber el agua de una tierra que ambos compartimos? ¿O temes que tus labios se 'corrompan' con el contacto de Xento?"

Caelia sostuvo la mirada, su copa en alto. "Temo más a las bacterias que el calor excesivo de tu presencia pudiera haber dejado en la fuente. No te preocupes por mi método, Alacrán. La higiene es un concepto que, sin duda, es extraño en las Tierras Bajas, donde la mugre se confunde con la nobleza."

"La mugre, Paloma, es la señal de la vida. La prueba de que usamos nuestras manos para forjar nuestro propio destino," respondió Pietro, dando un paso lento hacia ella. Su proximidad era electrizante. Él era inmensamente más alto, y ella tenía que alzar el mentón para mirarlo. "Tu pureza es la esterilidad. La señal de que nunca has tocado nada real."

Toca algo real, gritó la mente de Caelia. Ella vio la curva de su boca, el borde de sus colmillos, y el impulso de tocar la piel pálida de su rostro fue tan violento que tuvo que apretar los dedos alrededor del tallo de su copa.

"Y tú nunca has conocido el control, Príncipe," escupió Caelia, usando su título con desdén. "Tu falta de disciplina es lo que condena a tu mundo al constante esfuerzo. Es la antítesis de la eficiencia. ¿Te cansaste ya de golpear rocas? Tu ruido interrumpió mi estudio de la Proporción Áurea. Una verdad tan perfecta es incomprensible para un ser de Voluntad pura."

Pietro se rió, un sonido bajo y ronco. El sonido era áspero, pero de alguna manera, acariciaba los oídos de Caelia con una familiaridad que la aterrorizó. "El ruido es la música de la libertad, Caelia. Nos recuerda que estamos vivos. Y por cierto, mi golpeo de rocas no era por entrenamiento, sino por la frustración de tener que compartir el mismo aire con tu ridículo brillo."




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