Xento

Luz y Ceniza

El décimo día en Xento no amaneció; simplemente, la negrura densa de la noche se diluyó en ese gris estático que era la única medida del tiempo en el páramo. Sin embargo, algo era diferente. El aire, que solía ser una nada metálica, ahora vibraba con una frecuencia baja, un zumbido que se sentía en los dientes y en la base del cráneo.

Caelia se despertó en su lecho de sedas, pero no se sintió descansada. Sus sueños habían sido una amalgama de himnos angélicos distorsionados por un ritmo de martillos golpeando metal. Al abrir los ojos, notó que las paredes de su pabellón de mármol, habitualmente blancas y puras, tenían un tinte violáceo. Fuera, el silencio de Xento se había vuelto espeso, casi líquido.

Caminó hacia la entrada de su refugio y se detuvo en seco. El horizonte había desaparecido. Una pared de ceniza estática y maná residual se alzaba desde el suelo hasta el cielo, rodeando el valle donde se encontraban. Era una Tormenta de Vacío, un fenómeno que los textos antiguos describían como el "suspiro de los mundos agotados". En Xento, donde la luz y la sombra se habían anulado mutuamente durante eones, la realidad a veces se cansaba de mantener su forma y colapsaba en un vórtice de entropía.

A lo lejos, la cabaña de Pietro parecía un diente negro a punto de ser tragado por la bruma.

Caelia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Si la tormenta se cerraba, quedarían aislados no solo de sus reinos, sino de la propia estructura de la existencia. Su primera reacción, dictada por milenios de doctrina, fue invocar la Protección Solar, una esfera de luz que la mantendría a salvo. Pero al levantar las manos, el maná no respondió con la fluidez habitual. Xento estaba drenando la energía para intentar reconstruirse a sí mismo.

—Esto no es parte del experimento —susurró, y su voz fue devorada por el zumbido del aire.

A setenta metros de allí, Pietro salió de su cabaña. No llevaba su lanza; su armadura de obsidiana parecía opaca, como si la propia oscuridad estuviera siendo succionada de ella. Miró hacia el pabellón de Caelia y, por primera vez, no hubo burla en sus ojos rubíes, solo una alerta depredadora que se transformó en algo parecido a la urgencia.

Él sabía lo que era eso. En las Tierras Bajas, las bolsas de vacío eran comunes en las minas más profundas. Sabía que si no buscaban un anclaje físico, la tormenta los desintegraría átomo por átomo hasta convertirlos en parte del suelo ceniciento.

Pietro empezó a caminar hacia ella. No eran pasos de desafío. Eran pasos de supervivencia.

Caelia, viéndolo avanzar, dio un paso atrás hacia la seguridad de su mármol, pero entonces vio cómo una ráfaga de viento violáceo golpeaba a Pietro, lanzándolo de rodillas. El ala derecha del demonio, ese manto de terciopelo carmesí, se agitó violentamente, perdiendo plumas que se deshacían en el aire como humo.

El instinto de Caelia gritó: Es el enemigo. Deja que el vacío lo reclame. Será el fin de la guerra.

Pero su corazón, ese órgano rebelde que latía con una cadencia prohibida desde el primer día, dio un vuelco doloroso. No era lógica. No era orden. Era una necesidad visceral de que esa presencia, ese calor abrasador y molesto, no se apagara.

Sin pensarlo, Caelia corrió hacia él. Sus pies se hundían en la arcilla plateada que ahora parecía hervir.

—¡Pietro! —gritó.

Él levantó la cabeza. El vacío estaba empezando a consumir el color de su piel pálida, volviéndolo translúcido.

—Vuelve... a tu... caja de azúcar... Paloma —gruñó él, aunque su voz era apenas un susurro roto—. Tu mármol... tiene... más masa...

—¡Cállate, idiota de las profundidades! —Caelia llegó a su lado y lo tomó del brazo.

El contacto fue como tocar una forja encendida. A pesar de que el vacío le robaba la energía, Pietro irradiaba un calor que hizo que Caelia soltara un gemido de sorpresa. No era la luz limpia y estéril de su hogar; era una vida rugiente, desordenada y desesperada.

Pietro se tensó ante el toque. La piel de ella era fría como la nieve fresca, pero bajo esa superficie, sintió una vibración de poder que lo ancló a la realidad. Por un segundo, el mundo desapareció. Ya no era la tormenta de vacío, ni Xento, ni la guerra. Era solo el punto de unión entre su piel oscura y la piel luminosa de ella.

—Mi pabellón es etéreo, Pietro —dijo ella, luchando por mantenerse en pie mientras el viento arreciaba—. Fue conjurado por mi padre. Si el maná falla, el mármol se desvanecerá. Tu cabaña es de piedra real, arrancada de las Tierras Bajas. Es física. Es lo único que nos mantendrá aquí.

Pietro la miró, asombrado por la lógica táctica de la ángel. Ella no estaba actuando por piedad, o eso quería creer él. Estaba calculando la supervivencia.

—Está... a cincuenta metros —dijo él, apoyándose en ella.

Caelia pasó el brazo de él sobre sus hombros. La diferencia de tamaño era ridícula. Ella era esbelta, una columna de gracia plateada; él era un bloque de músculo y obsidiana. Sin embargo, ella lo sostuvo con una fuerza que solo alguien de linaje divino poseía.

Caminaron a través del caos. El vacío les lanzaba esquirlas de "nada" que cortaban la piel. Un tajo apareció en la mejilla de Caelia, y de él brotó una sangre que brillaba como oro líquido. Pietro, al verla sangrar, sintió una furia que no iba dirigida a ella, sino al universo mismo por atreverse a tocarla.




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