Xento

Mentiras en el Velo

El silencio que siguió a la tormenta de vacío no fue el silencio gélido y muerto de los días anteriores. Era un silencio orgánico, amortiguado por las paredes de basalto y el calor residual del brasero que se extinguía lentamente.

Caelia abrió los ojos con una lentitud impropia de su naturaleza. En la Ciudad Plateada, el despertar era un acto de precisión: uno se incorporaba con el primer rayo de luz armónica, listo para el deber. Aquí, en el lecho de pieles de Pietro, el despertar fue una deriva lenta desde un sueño profundo y sin sueños hacia una realidad que se sentía extrañamente segura.

No se movió de inmediato. Se quedó allí, sintiendo el peso de las mantas de piel de bestia sobre su armadura. El aroma de la cabaña —humo, piedra vieja y ese azufre dulce que ahora asociaba irremediablemente con el príncipe— ya no la hacía arrugar la nariz. Se había filtrado en sus poros, fundiéndose con su propio aroma a ozono y flores etéreas.

Giró la cabeza con cuidado. Pietro estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared de piedra, justo al lado del brasero. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás, revelando la línea tensa de su cuello. Sus ojos estaban cerrados, pero sus manos, grandes y marcadas por las fraguas, descansaban relajadas sobre sus rodillas. Sus alas, ese manto carmesí que tanto la había intrigado, estaban parcialmente extendidas para captar el calor de las brasas.

Parecía... mortal. O al menos, vulnerable.

Caelia se incorporó sin hacer ruido, pero el roce de su armadura lumínica contra las pieles produjo un leve siseo, como el de la nieve al derretirse.

Pietro abrió los ojos al instante. No hubo un salto de alarma, ni un gesto de agresión. Simplemente pasó de la quietud absoluta a una atención enfocada. Sus pupilas rubíes se encontraron con los zafiros de ella en la penumbra.

—Se ha ido —dijo él. Su voz era un susurro ronco, una nota grave que pareció vibrar en el pecho de Caelia antes de llegar a sus oídos—. La tormenta. Xento vuelve a ser un cementerio.

Caelia asintió, apartando un mechón de cabello dorado de su rostro. Sus movimientos eran lentos, fluidos, como si todavía estuviera envuelta en la bruma del sueño.

—El aire se siente más ligero —comentó ella.

No había rastro del veneno habitual en sus palabras. La "Paloma" y el "Alacrán" se habían quedado fuera, perdidos en el vórtice de la noche anterior.

Pietro se levantó con una gracia felina y se acercó a la mesa de madera tosca. Tomó un pequeño cuenco de piedra con agua del manantial y se lo ofreció. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de ella por segunda vez en menos de doce horas. Esta vez, ninguno de los dos retiró la mano con brusquedad. El contacto fue prolongado, una exploración silenciosa de la temperatura del otro.

—Tu mejilla —dijo Pietro, señalando la pequeña herida que el vacío le había infligido—. Sigue teniendo ese color... —Hizo una pausa, buscando la palabra—. Oro. Como si tu luz estuviera intentando escapar por la grieta.

Caelia llevó sus dedos a la herida. Estaba casi cerrada, pero la piel alrededor seguía sensible.

—Se curará por completo en cuanto regrese a mi pabellón —dijo ella, pero no hizo ademán de levantarse. Se quedó sentada en el borde del lecho, mirando el agua en el cuenco—. En mi mundo, las cicatrices no existen. La perfección no permite marcas.

Pietro dejó escapar un sonido que podría haber sido una risa, o un suspiro. Se sentó en el suelo, frente a ella, manteniendo una distancia que era natural, no defensiva.

—En el mío, las cicatrices son nuestra historia —dijo él, mirando sus propias manos—. Cada marca en mi piel es una lección aprendida, un volcán que sobreviví, una espada que desvié. Mi padre dice que un cuerpo sin marcas es un cuerpo que nunca ha vivido.

Caelia lo observó con una curiosidad nueva. Se dio cuenta de que estaba intentando reconciliar al "monstruo" que le habían enseñado a odiar con el ser que hablaba de la vida como algo que se gana a través del dolor.

—Es una filosofía... agotadora —murmuró ella.

—Es una filosofía real, Caelia. —Él usó su nombre de nuevo, y esta vez sonó como una caricia—. La perfección es estática. Nada cambia en la Ciudad Plateada, ¿verdad? Todo es como fue hace un eón.

—Es el Orden —respondió ella, aunque la palabra sonó hueca en sus propios oídos—. El Orden es eterno.

—El Orden es una fotografía —replicó Pietro, sin malicia—. Mi mundo es un incendio. No es perfecto, es caótico y a veces cruel, pero se mueve. Respira. Como tú anoche, cuando tenías miedo. En ese momento no eras "Orden", eras simplemente... tú.

Caelia bajó la mirada al agua. Se vio reflejada en la superficie oscura: sus ojos eran brillantes, pero había una sombra de duda que antes no estaba allí.

—Tengo que volver —dijo ella, aunque sus pies no se movieron—. Mis padres... ellos podrían estar mirando.

—Ellos siempre están mirando —dijo Pietro con una amargura que ella compartió en silencio—. Pero no pueden ver lo que hay dentro de nosotros. Solo ven las fichas moviéndose en el tablero.

Se quedaron así un tiempo indefinido. No había necesidad de llenar el espacio con insultos o con lógica. El calor del brasero terminaba de morir, y el frío natural de Xento empezaba a filtrarse por las rendijas de la puerta de basalto. Era el recordatorio de que el refugio era temporal.




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