Xento

Catorce días y Catorce dudas

El decimocuarto día en Xento comenzó con una calma que resultaba insultante. Tras la tormenta de vacío, el páramo parecía haber absorbido la poca energía que quedaba en el ambiente, dejando una atmósfera tan pesada que incluso el acto de respirar se sentía como una tarea deliberada. El cielo, ese lienzo de gris perpetuo, se había tornado de un tono plomizo, casi violáceo en las orillas del horizonte, como un moretón que se niega a sanar.

Para Caelia, la mañana no trajo la claridad de la Ciudad Plateada. Se encontraba sentada en su pabellón de mármol, rodeada de pergaminos que hablaban de la inmutabilidad de la luz, pero sus ojos no veían las runas sagradas. Veía, en cambio, el rastro de la mano de Pietro en su piel. El lugar donde él la había tocado en la cabaña de piedra parecía haber desarrollado su propia memoria celular; una calidez latente que desafiaba la brisa gélida que se filtraba por las columnas.

La "pureza" se sentía ahora como un vestido que le quedaba pequeño. Durante siglos, Caelia había sido definida por lo que no era: no era caótica, no era oscura, no era impulsiva. Pero tras esa noche compartida, esas negaciones le resultaban insuficientes. Ella era algo nuevo, algo que no estaba en los libros.

Se levantó y caminó hacia la arcilla plateada, ocupando su lugar habitual para la meditación pública. A cien metros de distancia, la cabaña de Pietro humeaba suavemente. Ella sabía que él estaba allí, probablemente observándola a través de las rendijas de la piedra, sintiendo la misma disonancia que ella.

Caelia cerró los ojos y trató de proyectar su campo de energía. Pero esta vez, no fue una luz blanca y cortante. Fue una luminiscencia más suave, casi ambarina. En su mente, ya no buscaba "purificar" el aire de la presencia de Pietro, sino encontrar la frecuencia en la que sus dos esencias pudieran dejar de vibrar en conflicto.

Dentro de la cabaña, Pietro estaba sentado sobre la mesa de madera, afilando su lanza con una piedra de amolar. El sonido rítmico —shhh-shhh-shhh— era lo único que mantenía sus pensamientos anclados. No había salido a golpear rocas esa mañana. No tenía la voluntad necesaria para fingir que el basalto era su único enemigo.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la sensación de Caelia apoyada en su pecho. Recordaba el olor a jazmín y a cielo antes de la tormenta, y cómo ese aroma había invadido su espacio personal, su santuario de sombras. Para un príncipe de las Tierras Bajas, la vulnerabilidad era una sentencia de muerte. Su padre, Siod, le había enseñado que el deseo era una debilidad que los ángeles usaban para esclavizar. Pero lo que sentía por Caelia no se sentía como una cadena; se sentía como una liberación del peso de ser siempre un guerrero de la furia.

Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Al abrirla, la luz de ella lo golpeó. Ya no era la luz agresiva de los primeros días. Era algo... acogedor. Y eso era lo más peligroso de todo.

Pietro salió al páramo. Sus alas carmesí se arrastraban ligeramente por la ceniza, dejando un surco oscuro. No se dirigió a su zona de entrenamiento. En lugar de eso, caminó hacia el manantial, el punto de encuentro neutral. Era temprano para su interacción diaria, pero el silencio de la distancia se había vuelto una tortura que superaba cualquier mandato divino.

Caelia, sintiendo su movimiento incluso con los ojos cerrados, se puso en pie. Sus alas plateadas se desplegaron con un sonido de seda rasgada. Sin decir una palabra, ella también caminó hacia el agua.

Se encontraron a la orilla del manantial. El agua burbujeaba con un tono metálico, reflejando el cielo plomizo. Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Se limitaron a existir en el espacio del otro, dejando que el aire de Xento actuara como conductor de todo lo que no se atrevían a decir en voz alta.

—El vacío dejó algo —dijo Caelia finalmente, rompiendo el silencio. Su voz era suave, desprovista del filo gélido de los días previos—. Hay cristales de esencia pura formándose en las grietas de la arcilla, cerca de tu cabaña.

Pietro la miró. Ella no llevaba su yelmo etéreo, y su cabello dorado parecía captar la poca luz del día y amplificarla.

—Lo sé —respondió él—. Son hermosos, de una forma retorcida. Negros por fuera, pero cuando los rompes, tienen un corazón de plata. Son como este lugar. Una contradicción.

Él se agachó y tomó un guijarro de basalto, lanzándolo al agua. Las ondas se expandieron, rompiendo el reflejo de ambos.

—Pietro —comenzó ella, y su nombre sonó como una confesión—. He estado leyendo los pergaminos de la creación. Hablan de la "Gran Separación" como un acto de misericordia. Dicen que si la luz y la sombra se mezclan, el resultado es la nada. El vacío.

Pietro se giró hacia ella, sus ojos rubíes fijos en los de ella.

—¿Y tú lo crees? —preguntó él—. Estuvimos en esa cabaña. Nos mezclamos, Caelia. Mi calor y tu frío. Mi sombra y tu luz. Y no nos convertimos en nada. Al contrario... —Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia a apenas unos centímetros—. Me siento más real ahora de lo que me he sentido en toda mi inmortalidad...Ja, Atrono me matará.

—¿Quién?

—Un viejo amigo, un demonio que lo considero como un hermano, perdió su cuerno... fue horrible.

Caelia sintió un nudo en la garganta. La lógica de su mundo le gritaba que él era un corruptor, que sus palabras eran veneno diseñado para derribar sus defensas. Pero su alma, esa parte de ella que había despertado en la tormenta, había dolor y sentimientos, más que solo veneno.




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