El eco del enfrentamiento fingido todavía vibraba en la estructura molecular de Xento, pero en los reinos superiores e inferiores, la resonancia era distinta. Dios, desde su trono de luz geométrica, y Siod, desde su abismo de voluntad hirviente, habían observado la sangre. Habían visto el destello de la saeta de Caelia y el impacto del puño de Pietro. Estaban satisfechos, sí, pero la satisfacción de un creador es una criatura paranoica.
En la Ciudad Plateada, la noticia del "progreso" de la guerra en Xento se recibió con una mezcla de alivio y un terror silencioso. Si Caelia, la más pura, ya había derramado sangre, la purificación final estaba cerca. Sin embargo, Dios sentía una irregularidad en el tejido de la realidad, una nota que no terminaba de armonizar con el resto de la partitura divina. Necesitaba ojos en el terreno, no solo ojos, sino un ancla que mantuviera a Caelia dentro de los límites del dogma.
La selección fue un caos. Dios convocó a sus generales más brillantes, ángeles de alas inmensas y rostros de mármol. Pero al mencionar Xento, la capital del vacío, los guerreros de la luz dudaron. Xento no era solo un lugar físico; era un riesgo social. Cualquier ángel que descendiera allí se arriesgaba a la sospecha de corrupción, a perder su estatus de pureza por la mera proximidad al azufre. Uno a uno, los candidatos más "aptos" retiraron su oferta con excusas de deberes celestiales o meditaciones ininterrumpibles. Temían la enemistad de la futura reina si informaban algo que no debían, o peor, temían que Xento los cambiara a ellos también.
Finalmente, Dios suspiró, una ráfaga de viento que sacudió los pilares de la Ciudad Plateada.
—Llamen a Helia —ordenó.
Un murmullo de desaprobación recorrió el consejo. Helia era un problema. Era una guerrera cuya fuerza era legendaria, capaz de partir montañas con un suspiro de su lanza, pero era, en palabras de los archiveros, "una tormenta en una biblioteca". Era desorganizada, impetuosa y carecía por completo de la serenidad estática que se esperaba de su rango. Su cabello no era del dorado estándar, sino de un rosa vibrante, casi desafiante, y sus ojos dorados brillaban con una curiosidad que a menudo rozaba la insolencia. Sin embargo, había un factor que la hacía perfecta: era la única y mejor amiga de Caelia.
Cuando Helia compareció ante Dios, no se arrodilló con la gracia prescrita. Se tropezó ligeramente con su propia túnica y se rascó la nuca mientras miraba el trono.
—¿Xento? —preguntó Helia, ensanchando sus ojos dorados—. ¿Ese lugar que huele a metal viejo y desesperación? Caelia está allí sola con un demonio... un príncipe demonio. Señor, ¿por qué tardó tanto en pedirme que fuera? He tenido mi equipo empacado (bueno, a medio empacar) desde que ella se fue.
Dios la miró con una mezcla de afecto paternal y agotamiento existencial. —Helia, eres una fuerza de la naturaleza, pero tu desorden es una mancha en nuestra armonía. Te envío porque nadie más se atreve, y porque sé que tu lealtad a Caelia es mayor que tu respeto por las reglas. Asegúrate de que no se desvíe. Asegúrate de que esa herida que recibió no sea solo física.
Helia se puso firme, y por un segundo, la "flor delicada" desapareció para revelar a la guerrera que hacía temblar a las legiones. —Traeré a Caelia de vuelta, Padre. O al menos, me aseguraré de que el demonio no tenga una segunda oportunidad para tocarla.
Mientras tanto, en las Tierras Bajas, Siod no buscaba armonía, sino resultados. El trono de Siod era una masa de obsidiana fundida que goteaba fuego constante. Sabía que Pietro era fuerte, pero también sabía que su hijo tenía una debilidad que él mismo le había fomentado: una curiosidad insaciable.
—Atrono —rugió Siod.
De las sombras de la fragua real surgió un demonio que parecía tallado en la misma roca volcánica que el suelo que pisaba. Atrono era imponente. Le faltaba el cuerno izquierdo, un vacío que era el trofeo de una batalla contra una bestia del abismo que casi devora a Pietro cuando eran niños. Su cabello negro y largo caía por su espalda como una cascada de hollín. Era el mejor amigo de Pietro, su hermano de armas y el único que se atrevía a hablarle al príncipe sin usar títulos.
—Dime, mi Señor —dijo Atrono, su voz como el crujido de placas tectónicas.
—Mi hijo ha herido al ángel. Pero temo que el aislamiento de Xento esté ablandando su Voluntad. Los demonios somos fuego, Atrono, y el fuego necesita aire para arder, pero Xento es el vacío. Ve allí. Recuérdale quién es. Recuérdale que su hogar lo espera con las fraguas encendidas.
Atrono asintió. Su preocupación por Pietro era genuina. Había pasado noches enteras mirando hacia la superficie, preguntándose si el príncipe estaba siendo torturado por la luz cegadora de la Ciudad Plateada o si, peor aún, se estaba aburriendo hasta la locura.
—Iré —dijo Atrono—. Y si el ángel ha hecho algo más que recibir una herida, me encargaré de que Xento se convierta en su tumba de mármol.
El decimoquinto día en Xento comenzó con una anomalía visual. El cielo gris se partió en dos direcciones opuestas. Desde el cenit, un haz de luz rosada y dorada descendió con la sutileza de un meteorito, impactando contra la arcilla plateada cerca del pabellón de Caelia. Casi al mismo tiempo, una columna de humo negro y ascuas brotó del suelo cerca de la cabaña de Pietro, vomitando una figura de sombras y músculo.
Caelia y Pietro, que estaban en ese momento manteniendo su distancia de seguridad de cien metros, se tensaron. La farsa de su odio mutuo tuvo que reactivarse en milisegundos.
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Editado: 01.01.2026