Tres semanas habían transcurrido desde que la soledad de Xento fuera profanada por la llegada de los "refuerzos". Tres semanas en las que el páramo gris dejó de ser un escenario de tensión romántica contenida para convertirse en un campo de batalla de nervios desquiciados.
Para Caelia, la mañana comenzó no con la meditación geométrica, sino con un calcetín de seda blanca volando a través de su pabellón y aterrizando sobre su atril de pergaminos sagrados.
—¡Cae! ¡Despierta, por todos los coros celestiales! —gritó Helia, cuya voz resonaba en las paredes de mármol con la delicadeza de una maza de guerra—. He estado revisando este lugar. Es una soberana porquería. ¿Cómo puedes vivir en un sitio que tiene menos estilo que el sótano de un querubín castigado?
Caelia se incorporó en su lecho, frotándose las sienes. Helia estaba en medio del pabellón, con su cabello rosado hecho un nido de pájaros y su túnica mal abrochada. Estaba "limpiando", lo que en el lenguaje de Helia significaba mover cosas de un montón desordenado a otro montón aún más caótico.
—Helia, por favor... es un pabellón de meditación, no una residencia real —susurró Caelia, tratando de proyectar una calma que no sentía.
—Es un antro, eso es lo que es —replicó Helia, metiéndose un trozo de fruta etérea en la boca y hablando mientras masticaba—. Y ese olor... huele a perro mojado y a quemado. ¡Es ese demonio! Su cabaña apesta tanto que el aire aquí se está volviendo pegajoso. No te preocupes, hoy voy a ponerle los puntos sobre las íes a ese imbécil de cara de piedra y a su amiguito, el que parece que se tragó un palo de escoba.
Caelia sintió un escalofrío. La "protección" de Helia era como ser abrazada por un incendio forestal.
—No es necesario que interactúes con ellos, Helia. Mi deber es mantener la distancia...
—¡Tu deber es no dejar que te pisoteen, Cae! —Helia se acercó y la tomó por los hombros, sacudiéndola ligeramente—. Mírate. Estás pálida. Tienes ojeras. Ese tipo te hirió y tú aquí, portándote como una princesa educada. Pues se acabó. Hoy vamos al manantial y yo voy a llevar la voz cantante. Si ese demonio abre la boca, le voy a meter mi lanza por donde no le da la luz de Dios, y no me importa si es un príncipe o el jardinero del infierno.
Caelia se llevó una mano a la cara, roja de vergüenza. La idea de Helia, con un lenguaje que se acercaba más a los demonios que los ángles, y su fuerza bruta, enfrentándose a Pietro y Atrono era su peor pesadilla hecha realidad... Según ella.
Mientras tanto, en la cabaña de piedra negra, la atmósfera era radicalmente distinta, pero igual de asfixiante. Atrono había pasado la noche puliendo no solo su propia armadura, sino también la de Pietro, y ahora estaba organizando el arsenal con una precisión elegante que ponía nervioso al príncipe.
—Mi señor Pietro —dijo Atrono, su voz fluyendo un lord—. He observado que la disposición de sus defensas en este... habitáculo es, por decir lo menos, rudimentaria. Casi parece que ha estado viviendo en un estado de letargo intelectual.
Pietro, sentado en un taburete de piedra, suspiró profundamente. —Atrono, he estado en guerra psicológica, en un mundo muerto carente de vida, en constante... olvidalo, solo... No he tenido tiempo para decorar.
—La guerra, mi príncipe, no es excusa para la desprolijidad —replicó Atrono, usando una gamuza para limpiar un rastro invisible de polvo en la mesa—. La proximidad de esas criaturas aladas parece haber filtrado una cierta... laxitud en su carácter. Los ángeles son vacuidad envuelta en luz; si no mantenemos la integridad de nuestra sombra, terminaremos pareciéndonos a esas estatuas parlantes que no saben si están volando o simplemente flotando en su propia importancia... Siempre creyendose superiores a los demás.
Pietro lo miró de reojo. Atrono era impecable. Sus insultos no eran gritos, eran dagas de plata envueltas en terciopelo.
—Esa ángel, la heredera —continuó Atrono, sin detener su labor—. Es una construcción fascinante del arte de lo mimado. Pero su acompañante... esa anomalía de cabello color carmín diluido... es un insulto a la estética misma de la creación. He visto gárgolas con más sentido del decoro. Debemos bajar al manantial hoy. No podemos permitir que piensen que su presencia nos intimida. Yo me encargaré de los intercambios verbales... Incluso hasta lo físico. Usted simplemente mantenga su pose real. No gaste su saliva en seres que no comprenden la sintaxis de la voluntad.
—Atrono, no quiero un incidente —advirtió Pietro, pensando desesperadamente en cómo enviarle una señal a Caelia.
—Un incidente es lo que sucede cuando un bruto pierde los estribos, señor —Atrono se ajustó el guantelete de obsidiana con elegancia—. Lo que yo planeo es una disección retórica de su supuesta superioridad. Vamos. El aire necesita ser purificado de tanto aroma a flores y autocomplacencia.
Pietro y Atrono llegaron primero. Atrono se quedó de pie, con las manos entrelazadas a la espalda, luciendo como un aristócrata esperando a que los sirvientes terminaran de limpiar. Pietro, a su lado, intentaba desesperadamente buscar la mirada de Caelia mientras las dos ángeles se acercaban.
Caelia caminaba con la cabeza baja, intentando ignorar a Helia, que venía dando zancadas, arrastrando su lanza por el suelo y haciendo un ruido infernal.
—¡Eh, ustedes! ¡Los de las cuevas! —gritó Helia en cuanto estuvieron a diez metros.
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Editado: 06.01.2026