El pacto de silencio en Xento no era una tregua, sino un acto de alta traición compartido. Las semanas siguientes a la confesión de Pietro y el beso de Caelia fueron un ejercicio de funambulismo emocional.
Para Pietro, el amor no era un concepto que se enseñara en las Tierras Bajas. Allí, los sentimientos eran herramientas o debilidades; se amaba el poder, se amaba la victoria, se amaba la lealtad de un soldado. Pero lo que sentía por Caelia no encajaba en ninguna categoría de los grimorios de su padre o de su gente.
Una noche, mientras Helia roncaba y Atrono se aseguraba de que ninguna "proyección" divina estuviera enfocando el sector del manantial, Pietro esperaba a Caelia. Estaba nervioso, una sensación que detestaba porque hacía que sus manos, acostumbradas a empuñar la lanza de obsidiana, temblaran ligeramente.
Había intentado preparar un regalo. En el Reino Infernal, los regalos eran trofeos: la cabeza de un enemigo, una gema arrancada de las entrañas de la tierra. Pero nada de eso servía para ella. Así que, usando su magia de sombras con una delicadeza que le resultaba agónica, había moldeado una pequeña rosa de cristal negro, enfriando la lava de las profundidades de Xento hasta que quedó traslúcida.
—Caelia —susurró cuando vio la silueta luminosa acercarse.
Ella llegó casi corriendo, tropezando con su propia túnica. Al verlo, se detuvo en seco y se llevó las manos a las mejillas, que ya estaban encendidas de un carmesí que rivalizaba con los ojos del príncipe.
—Pietro... yo... —Caelia se detuvo, recuperando el aliento—. Helia casi se despierta. Tuve que ponerle un montón de hojas de luz en las orejas para que no oyera mis pasos.
Pietro dio un paso al frente, sintiéndose como un bruto intentando no romper una delicada figura de cristal.
—Tengo algo para ti. Es... —se aclaró la garganta, sintiéndose ridículo—. Es una piedra. Bueno, es lava. Pero parece una flor. No es bonita como las de tu reino, pero no se marchita con mi toque.
Le extendió la rosa de cristal negro. Al tocarla, la luz natural de Caelia se reflejó en las facetas oscuras, creando un efecto de cielo estrellado dentro de la piedra.
Caelia la tomó con una reverencia.
—Es la piedra más hermosa que he visto, Pietro.
Ella, por su parte, sacó un pequeño frasco de cristal que contenía esencia de nubes matutinas, algo que había logrado "embotellar" usando un viejo truco de los coros celestiales.
—Yo... quería que tuvieras algo que no oliera a azufre. Para que cuando estés en tu cabaña, puedas recordar que el aire no siempre tiene que ser pesado.
Pietro tomó el frasco con dos dedos, como si fuera a estallar.
—Gracias, paloma —dijo, usando el apodo que ahora era su mayor tesoro.
Intentó acercarse para darle un beso, pero calculó mal la distancia debido a los nervios y sus frentes chocaron con un "clac" sordo.
—¡Ay! —exclamó Caelia, riendo a pesar del pequeño golpe.
—Lo siento, lo siento mucho —balbuceó Pietro rojo de vergüenza—. Mi percepción es... diferente bajo presión.
—No pasa nada —dijo ella, acercándose esta vez con cuidado y depositando un beso rápido y suave en la comisura de sus labios—. Estamos aprendiendo, ¿verdad?
Pietro sonrió, una sonrisa torpe y genuina que jamás habría mostrado en su reino. Estaban descubriendo que el amor no era un himno perfecto ni una conquista sangrienta; era ese pequeño desastre de choques de frentes y regalos extraños en medio de la nada.
Con Caelia, la relación con Pietro era como caminar por una cuerda floja sobre un abismo de fuego. En la Ciudad Plateada, todo era colectivo, armónico y predecible. El amor era una vibración universal que se sentía por toda la creación. Pero lo que sentía por Pietro era... específico. Era egoísta. Quería que esa luz fuera solo para él.
Sentada junto a él en la orilla del agua, Caelia se dio cuenta de que lo que más le gustaba no era su poder o su linaje, sino la forma en que él intentaba, desesperadamente, ser suave.
—Pietro —dijo ella, recostando su cabeza en el hombro de él, notando cómo el demonio se ponía rígido un segundo antes de relajarse—, ¿crees que alguna vez podremos dejar de fingir?
—No lo sé —respondió él, acariciando torpemente su mano—. Pero mientras estemos aquí, Xento es nuestro reino. Y Helia y Atrono... bueno, son los súbditos más extraños del universo.
Caelia soltó una risita.
—Atrono me da un poco de miedo cuando me mira así, como si fuera a diseccionarme con la mirada.
—Él es así —explicó Pietro—. Pero te respeta. Me dijo ayer que tu capacidad para aguantar a Helia sin perder la cordura es "una prueba de resistencia espiritual digna de estudio".
—Helia es... especial —suspiró Caelia—. Pero me quiere. Todo lo que hace, incluso sus groserías, es para protegerme. Cree que si me vuelvo "dura", nadie podrá hacerme daño. No entiende que mi fuerza ahora viene de otra parte.
Se quedaron allí, en silencio, disfrutando de la paz robada. Eran dos seres que no sabían cómo ser dulces, intentando inventar la ternura en un mundo que solo conocía el deber.
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Editado: 06.01.2026