El equilibrio en Xento siempre había sido precario, pero esa mañana el aire mismo se sentía como una cuerda de violín a punto de romperse. La "invitación" llegó de forma simultánea, aunque en envoltorios distintos. Para Helia, fue una vibración armónica que le hizo vibrar hasta los empastes de las muelas; para Atrono, fue una sombra fría que emergió de su propia túnica, un susurro que olía a ceniza y a autoridad absoluta.
Ambos guardianes sabían que este momento llegaría. No se puede mantener a un Príncipe y a una Heredera en un rincón del universo sin que los dueños del tablero pregunten cómo va la partida.
Helia fue transportada a la antecámara del Trono de Cristal, en la Ciudad Plateada. Era un lugar donde el suelo era de luz sólida y las paredes estaban hechas de cánticos congelados. Todo allí era tan blanco, tan puro y tan jodidamente limpio que a Helia le daban ganas de escupir solo para ver algo de color.
Se encontraba allí, de pie, con su lanza sucia y su cabello rosa desordenado, frente a una manifestación de la Voluntad Divina que no tenía forma humana, sino que era una esfera de energía geométrica que lo veía todo.
—Helia, protectora de la pureza —la voz de Dios no se oía con los oídos, se sentía en los huesos—. Informa sobre la situación en Xento. La vibración de la Heredera Caelia ha cambiado. Percibimos una... intensidad inusual. ¿Ella sigue su camino?
Helia tragó saliva. Sus manos sudaban sobre el metal de su arma.
"Mierda, mierda, mierda", pensó.
—¡Oh, gran... Padre! ¡Señor de las Nubes y de todo lo que brilla! —comenzó Helia, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor—. Pues mire, la cosa está... ¡Intensa! ¡Sí, esa es la palabra! Es un campo de batalla total, vamos. No se imagina usted lo que es eso.
—¿Se mantiene el conflicto con la oscuridad? —preguntó la Presencia, su luz pulsando con una curiosidad cósmica.
—¡A muerte! —gritó Helia, quizá demasiado alto—. El otro día, Caelia... ¡Bueno, ella le dio un golpe de luz que casi lo desintegra! ¡Pum! ¡En toda la cara de piedra que tiene el demonio ese! Y el príncipe, ¡uf!, ese tipo es un animal. No para de lanzarle sombras. Se pasan la noche... eh... enfrentándose. Un choque de energías que, vamos, hace que el suelo tiemble.
Helia gesticulaba salvajemente con las manos, tratando de distraer a la deidad con su energía caótica.
—Si la vibración de Caelia es distinta, es porque está... ¡En tensión constante! ¡Pura adrenalina de guerra! Usted sabe cómo es ella, tan perfeccionista. Está tan concentrada en "acabar" con el demonio que no duerme, no come, solo piensa en él... ¡En derrotarlo! ¡En borrarlo del mapa!
—Es encomiable su dedicación —murmuró la voz, aunque la esfera de luz pareció entrecerrarse ligeramente—. Sin embargo, detectamos una falta de desprecio en su aura. ¿Estás segura de que el odio sigue siendo el motor de su voluntad?
—¿Odio? ¡Señor, tiene usted que verla! —Helia se puso roja, pero siguió adelante—. Ayer mismo me dijo: "Helia, no puedo sacarme a ese demonio de la cabeza". ¡Fíjese qué obsesión tiene por destruirlo! ¡No piensa en otra cosa! Lo tiene "clavado" en el pecho, metafóricamente hablando, claro. Es un odio de esos que... que te queman por dentro.
La Presencia guardó silencio. Helia sentía que sus alas se entumecían.
"Si me pilla, soy paloma asada y seré degrada, espero que sea lo primero" pensó.
Pero Dios, en su infinita paciencia, parecía aceptar que la vulgaridad de Helia era una lente distorsionada que ocultaba la verdad.
—Continúa con tu vigilia, Helia. Asegúrate de que la luz no sea mancillada.
—¡A sus órdenes, Jefe! ¡Ni una mota de azufre tocará sus plumas mientras yo esté allí para... eh... vigilar!
Helia fue expulsada de la antecámara con un estallido de luz. Apareció en una nube cercana, temblando como un flan. Se secó el sudor de la frente con la manga.
—Eso fue fácil.
En las profundidades del Abismo, la atmósfera era radicalmente distinta. Siod, el Rey de las Tierras Bajas, no se manifestaba como una luz geométrica. Él estaba sentado en un trono hecho de metal y piedras preciosas, con una calabera de titanes en los apoyabrasos con obsidiana líquida. Siod era una figura imponente, envuelta en una armadura que parecía devorar la luz, y sus ojos eran dos pozos de inteligencia fría y maliciosa.
Atrono se arrodilló, su frente tocando el suelo frío. No tenía miedo de la violencia, pero tenía un respeto absoluto por la capacidad de su rey para detectar una mentira antes de que fuera pronunciada.
—Atrono, mi fiel arquitecto de la agonía, mi más leal caballero —la voz de Siod era como el crujido de la tierra al abrirse—. Mi hijo está demasiado silencioso. Xento es un desierto, y sin embargo, no huelo a sangre de ángel. ¿Acaso Pietro ha olvidado el sabor de la victoria?
Atrono se incorporó con una elegancia gélida.
—Mi señor —comenzó Atrono, su voz fluyendo como terciopelo—. El príncipe Pietro ha superado todas las expectativas. Ha penetrado en las defensas de la Heredera de una forma que ningún otro demonio ha logrado jamás.
Siod inclinó la cabeza, interesado.
—Interesante... Explícate.
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Editado: 06.01.2026