Para los cuatro habitantes de este valle muerto, el mundo se había reducido a la distancia que separaba el manantial de las colinas de vigilancia. Ya no había necesidad de desenvainar espadas cuando se encontraban en el centro del valle, ni de escupir veneno cada vez que una sombra rozaba un haz de luz. Al menos, no cuando estaban a solas.
En la cresta de la colina norte, Helia estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una roca plana. Tenía una pequeña montaña de raíces de luz a su lado y las masticaba con una energía que sugería que preferiría estar mordiendo el cuello de un demonio, pero su mirada ya no era de odio, sino de aburrimiento crónico.
A unos metros de ella, sentado en una silla de piedra que él mismo había moldeado con magia de tierra, Atrono leía un pergamino antiguo con una concentración imperturbable. Su túnica estaba impecable, como siempre, y sus manos enguantadas pasaban las páginas con una delicadeza que ponía nerviosa a la ángel.
—¿De verdad vas a pasar todo el día leyendo ese trapo viejo, estirado? —preguntó Helia, lanzando un trozo de raíz al aire y atrapándolo con la boca.
Atrono ni siquiera levantó la vista.
—Este "trapo viejo", como lo llamas con tu elocuencia habitual, es un tratado sobre la refracción de la esencia en planos neutros. Algo que deberías estudiar, considerando que tu propia aura brilla con la sutilidad de un incendio en un pajar.
Helia soltó una carcajada seca.
—Prefiero brillar como un incendio que ser una mancha de tinta aburrida como tú. Mira a esos dos —señaló con el pulgar hacia el manantial abajo en el valle—. Llevan tres horas mirando el agua. ¿Qué tanto se puede mirar el agua?
Atrono finalmente cerró el pergamino y suspiró, mirando hacia donde Pietro y Caelia compartían un momento de paz.
—No están mirando el agua, criatura tonta. Están intentando entender cómo existir en un mundo que no les permite estar juntos. Es un proceso analítico complejo, aunque admito que, desde aquí, parece una pérdida de tiempo considerablemente... empalagosa.
—Empalagosa es poco —gruñó Helia, aunque sus ojos se suavizaron—. Caelia nunca ha sido tan feliz. Ni siquiera cuando el coro principal le dedicó el himno de las siete esferas. Tiene esa cara de tonta que me da ganas de vomitar y de abrazarla al mismo tiempo.
—El príncipe también ha cambiado —añadió Atrono, ajustándose los lentes de lectura—. Ya no emite esas pulsaciones de ira descontrolada. Su magia de sombras se ha vuelto... estable. Casi melódica. Es fascinante desde un punto de vista taxonómico.
Helia lo miró de reojo.
—¿Sabes qué es lo más raro? Que ya no me dan ganas de clavarte la lanza en el pecho cada vez que hablas. Me refiero a que sigues siendo un presumido insoportable, pero... eres un presumido que sabe guardar un secreto... uno pequeño
Atrono hizo una "pequeña" inclinación de cabeza, un gesto de respeto que Helia nunca habría esperado.
—Acepto el cumplido, guerrera. Supongo que compartir la posibilidad de una ejecución inminente crea lazos que la diplomacia no pudo formar en mil años.
—Pues no te acostumbres —dijo Helia, ofreciéndole una raíz de luz—. ¿Quieres? Ayuda a la vista. Y a no ser tan amargado.
Atrono miró la raíz con desconfianza, luego miró a Helia, y finalmente tomó un pequeño trozo con dos dedos.
—Solo para evitar que sigas insistiendo.
Se quedaron allí, dos soldados de mundos en guerra, compartiendo un aperitivo mientras vigilaban que el amor de sus amigos no fuera descubierto por las potencias que gobernaban sus almas.
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Editado: 06.01.2026