Xento

Aire Dulce

La pareja estaba abajo, junto al manantial, el ambiente era muy distinto. Pietro estaba sentado en el suelo, con su espalda apoyada en un árbol de piedra muerta. Caelia estaba recostada contra él, sintiendo el calor inusual que emanaba de la armadura del príncipe.

—¿En qué piensas? —preguntó Caelia en un susurro, trazando con el dedo los grabados de la hombrera de Pietro.

El príncipe, que en el campo de batalla podía decapitar a un gigante sin parpadear, se sentía completamente desarmado. Tomó la mano de Caelia entre las suyas, maravillado por lo pequeña y cálida que se sentía comparada con sus garras.

—Pienso en que no sé cómo hacer esto —confesó Pietro con una honestidad que le dolía—. En mi mundo, si quieres algo, lo tomas. Si aprecias a alguien, le juras lealtad en sangre. Pero esto... este deseo de simplemente estar aquí, escuchándote respirar... no hay instrucciones para esto en las Tierras Bajas.

Caelia se giró un poco para mirarlo a los ojos. Sus ojos zafiro brillaban con una luz propia que suavizaba los rasgos duros del demonio.

—Tampoco los hay en mi hogar, Pietro. Allí todo es amor universal. Se ama a la creación, se ama al Creador, se ama la armonía. Pero quererte a ti es... es como descubrir un color que nadie más puede ver. Es un secreto que me quema, pero es el fuego más dulce que he sentido.

Pietro sonrió, una expresión que todavía se sentía extraña en su rostro.

—Soy un desastre en esto, paloma. El otro día intenté escribir algo para ti... una especie de poema. Atrono me dijo que mis metáforas sobre "volcanes de sangre" y "abismos de devoción" no eran precisamente románticas según los estándares angelicales... Era peor, trate de ser meloso, pero creo que nunca vi a mi amigo hacer esa cara del asco, me hizo gracia y me molestó

Caelia soltó una risita cristalina que pareció iluminar el aire gris.

—Me encantaría leerlo. Cualquier cosa que venga de ti es especial para mí. No necesito rimas perfectas, Pietro. Solo te necesito a ti.

Pietro metió la mano en un compartimento de su cinturón y sacó un pequeño objeto. No era una gema ni un arma. Era una pequeña figura tallada en madera de un color rojizo, una madera que solo crecía en las laderas más peligrosas del Infierno. Representaba un ala pequeña, pero los detalles eran tan finos que parecían plumas reales.

—La tallé mientras Helia... bueno era Helia, fue ayer —dijo él, un poco avergonzado—. No es perfecta, y mis herramientas son para afilar espadas, no para hacer arte, pero... quería que tuvieras algo que no fuera magia. Algo que se pueda tocar y que no desaparezca si nuestra concentración falla.

Caelia tomó el ala de madera, llevándosela al corazón. Sus ojos se humedecieron.

—Es hermosa, Pietro. Es lo más real que he tenido nunca.

Se quedaron en silencio un momento. Pietro, impulsado por una valentía que no venía de la guerra, se inclinó y besó la frente de Caelia. Fue un gesto torpe; su cuerno estuvo a punto de rozar la mejilla de ella y su respiración era pesada, pero para Caelia fue perfecto.

Ella se acurrucó más cerca, pasando sus brazos por la cintura de él.

—A veces tengo miedo de que esto sea solo un sueño de Xento —murmuró ella—. Que un día despertaré y estarás al otro lado del campo de batalla, y tendré que luchar contra ti de nuevo.

Pietro la apretó contra sí, con cuidado de no lastimarla con las placas de su armadura.

—Si ese día llega, Caelia, no levantaré mi lanza. Preferiría que tu luz me desintegrara a vivir un solo segundo en un mundo donde eres mi enemiga.

—No digas eso —le pidió ella, levantando la vista—. No quiero que mueras por mí. Quiero que vivamos por esto.

Pietro asintió, aunque ambos sabían que las sombras de sus padres eran alargadas y que el tiempo en Xento era una moneda que se les escapaba de las manos.

Para distraerse de la melancolía, Caelia se levantó y extendió su mano hacia Pietro.

—Muéstrame algo —dijo ella con una chispa de travesura—. Atrono dice que tu magia de sombras es puramente destructiva, pero yo no lo creo. He visto cómo moldeas ese cristal negro. Enséñame a ver la sombra como tú la ves.

Pietro se levantó, sintiéndose un poco ridículo.

—La sombra es... ausencia, Caelia. Es el vacío que queda cuando la luz se retira. No es algo que se "vea", es algo que se siente.

—Inténtalo —insistió ella.

Pietro cerró los ojos y concentró su energía. Normalmente, llamaría a las sombras para crear una cortina de oscuridad o un látigo de energía negativa. Pero esta vez, buscó algo diferente. Extendió la palma de su mano y una pequeña voluta de humo negro comenzó a danzar sobre ella. Con un esfuerzo mental inmenso, Pietro empezó a darle forma.

El humo se volvió sólido, convirtiéndose en la figura de un pequeño dragón de sombras que batía sus alas en silencio. No emitía calor ni frío; era como un trozo de noche capturado en el espacio.

Caelia dejó escapar un suspiro de asombro. —Es precioso... no da miedo en absoluto.

—Solo porque tú estás cerca —dijo Pietro suavemente—. Tu luz le da bordes. Sin ti, sería solo una mancha sin sentido.




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